CAPÍTULO VEINTIDÓS El Príncipe Ruperto miró alrededor de la pequeña sala de reuniones en la Asamblea de los Nobles, intentando no mostrar nada del desprecio que sentía al tener que convencer a la gente en lugar de simplemente darles órdenes, manteniendo las sonrisas y la jovialidad que parecían convencer a tanta gente para que hicieran las cosas que él quería. Hacía tiempo que había aprendido esa lección –que la gente era estúpida y no miraba más allá de la superficie de las cosas. Que si tenías buen aspecto, y sonreías, y fingías algún interés en sus patéticas vidas, ellos no solo obedecerían, sino que se apresurarían a hacerlo como si te estuvieran haciendo un gran servicio. —¿Estamos todos reunidos? —preguntó, comprobando quién estaba allí y quién no. Lord Birly, Sir Quentin Mires y

