Capítulo 4: El santuario de la herrumbre y el frío de la traición

2382 Palabras
La autopista hacia el norte de la Ciudad de México era una herida de asfalto supurando luces de sodio y humo de diésel. Conducía el SUV blindado con una mano en el volante y la otra apretando la empuñadura de mis cuchillos de obsidiana. Por el retrovisor, la mancha de fuego en el horizonte marcaba el lugar donde solía estar nuestro búnker. Habían quemado nuestro pasado, y el aroma a caucho quemado y ozono que se filtraba por las rendijas del aire acondicionado era el perfume de nuestra nueva realidad. Unos metros por delante, la moto de Cristian cortaba el viento como un proyectil n***o. Ver a Naamah pegada a su espalda, con sus pechos enormes aplastados contra la musculatura tatuada de mi lobo, hacía que mi sangre se sintiera como nitrógeno líquido. No era solo celos; era una respuesta biológica. En el mundo de los depredadores, la intrusión en el espacio del compañero se paga con colmillos, y ver a esa súcubo de porcelana marcar territorio sobre el hombre que acababa de correrme dentro hacía que mis instintos de Valerius gritaran por una ejecución. —Concéntrate, Natalia —me dije a mí misma, apretando los dientes—. El hambre es una distracción. El deseo es una debilidad. La súcubo es solo una herramienta. Pero era difícil concentrarse cuando el paisaje se volvía una mancha de naves industriales grises y espectaculares oxidados. Tepotzotlán nos recibió con su aire denso y un silencio que olía a emboscada. Cristian desvió la moto hacia un camino de terracería que serpenteaba entre bodegas abandonadas y depósitos de chatarra. Detuve el SUV justo detrás de él, levantando una nube de polvo fino que se asentó sobre la carrocería como un sudario. Cristian bajó de la moto con una agilidad que siempre me sorprendía; a pesar de su tamaño, se movía con la ligura de una sombra. Se quitó el casco, dejando ver su cabello rizado empapado de sudor y su barba espesa, cargada de la electricidad de la noche. Naamah descendió con una gracia insultante, acomodándose el corsé blanco que apenas contenía su busto. —Estamos aquí —dijo Cristian, señalando una bodega de lámina galvanizada que parecía sostenerse solo por la inercia de la herrumbre—. Según los servidores de Aleksei, el cargamento de plasma grado "S" está en el contenedor 402, al fondo del pasillo central. —Huele a lobos —susurré, bajando del SUV. Mis sentidos captaron el aroma rancio de la Jauría, ese olor a perro mojado y hierro viejo que siempre precedía a la violencia—. Y no son de los tuyos, Cristian. Son los Colmillos de Hierro. —Aleksei no bromeaba —respondió él, sacando la escopeta recortada y revisando la recámara. Los tatuajes de sus brazos parecían vibrar bajo la luz de la luna—. Están protegiendo el cargamento para el Consejo. Es una operación conjunta. Naamah se acercó a nosotros, su perfume de jazmín y algo prohibido intentando enmascarar el olor a muerte del lugar. —Hay doce guardias adentro —anunció ella, cerrando sus ojos verde esmeralda por un segundo—. Seis licántropos en el nivel inferior y seis vampiros de bajo rango en las pasarelas superiores. Tienen rifles térmicos. Si intentamos entrar por la puerta principal, nos convertirán en picadillo antes de que podamos decir "abstinencia". —Yo me encargo de las pasarelas —dije, sintiendo cómo mis colmillos presionaban mi labio inferior—. Necesito alimentarme, y la sangre de esos traidores de bajo nivel me servirá de aperitivo. —Yo iré por el suelo —sentenció Cristian—. Necesito hablar con esos "Colmillos" en el único lenguaje que entienden: el de las costillas rotas. —¿Y yo? —preguntó Naamah con una sonrisa coqueta—. ¿Me quedo aquí a retocarme el labial? —Tú mantén la distracción psíquica —ordenó Cristian, tomándola del brazo con una fuerza que la hizo jadear—. Si alguno de ellos logra dar la alarma antes de que estemos en posición, te dejaré aquí para que los lobos se diviertan contigo. Y créeme, no son tan caballerosos como yo. Entramos por un conducto de ventilación lateral. El interior de la bodega era un laberinto de contenedores metálicos y sombras alargadas. El aire estaba frío, pero no era el frío limpio de mi naturaleza, sino un frío metálico, estancado. Me deslicé por las vigas del techo con una velocidad que desafiaba la gravedad. Mis manos, pálidas y firmes, se aferraban al acero mientras observaba a los guardias del Consejo. Eran vampiros jóvenes, reclutados en los bajos fondos, con ojos inyectados en una mezcla de hambre y drogas sintéticas. Abajo, vi a Cristian moverse. Era una danza de brutalidad controlada. Se acercó al primer licántropo por la espalda, lo tomó de la mandíbula y, con un giro seco, le rompió el cuello antes de que el pobre bastardo pudiera soltar un aullido. El sonido de los huesos quebrándose resonó en el silencio de la bodega como un disparo. —¡Intrusos! —gritó uno de los vampiros en la pasarela, apuntando su rifle hacia las sombras de abajo. No le di tiempo. Salté desde la viga, cayendo sobre él con todo el peso de mis piernas. Mis muslos lo atraparon por el cuello en una pinza mortal mientras mis cuchillos de obsidiana se hundían en sus clavículas. El sabor de su sangre, amarga y cargada de adrenalina, inundó mis sentidos mientras le desgarraba la yugular. No era plasma grado "S", pero era real. Era vida robada. La bodega estalló en un caos de disparos y gruñidos. Cristian ya no se escondía. Había soltado la escopeta después de vaciarla sobre dos lobos y ahora estaba en su forma de combate: un híbrido de hombre y bestia, con los ojos amarillos encendidos y los colmillos fuera. Repartía golpes que abollaban el metal de los contenedores. Cada puñetazo suyo era una sentencia de muerte; vi cómo le hundía el pecho a un licántropo de un solo impacto, lanzándolo contra una estiba de madera que se hizo astillas. —¡Natalia, el contenedor! —rugió Cristian, mientras esquivaba un tajo de un guardia del Consejo. Me deshice del último vampiro de la pasarela, lanzando su cuerpo sin vida hacia el suelo, y salté hacia el fondo de la bodega. El contenedor 402 estaba allí, cerrado con un candado electrónico de alta seguridad. —Naamah, ¡ahora! —grité. La súcubo apareció de la nada, caminando tranquilamente entre los cadáveres y los disparos que parecían curvarse a su alrededor. Puso su mano sobre el panel electrónico. Por un momento, las luces de la bodega parpadearon y un gemido inhumano salió del dispositivo. El candado cedió con un chasquido metálico. Abrimos las puertas pesadas. Dentro, filas de refrigeradores contenían las bolsas de plasma sintético grado "S". Era un color carmesí tan puro que parecía emitir su propia luz. Me acerqué a una de las bolsas, sintiendo cómo mi hambre se convertía en una obsesión física. —Esto es —susurró Naamah, tomando una bolsa y observándola con fascinación—. La sangre de los dioses destilada para los parias. Cristian entró en el contenedor, cubierto de sangre ajena y con la respiración pesada. Sus músculos tatuados estaban hinchados por el esfuerzo, y el vello de su pecho brillaba con el sudor de la batalla. Se acercó a mí, me tomó por la nuca y me besó con una violencia que sabía a hierro y a victoria. —Lo tenemos, Nati —dijo, su voz volviendo a ser ese susurro gutural que me hacía vibrar las entrañas—. Ahora, bebamos. Necesitamos estar fuertes para lo que viene. Rompí el sello de una de las bolsas y dejé que el plasma inundara mi garganta. Fue como tragar fuego líquido. Mi visión se volvió nítida, mi fuerza se multiplicó y sentí cómo cada fibra de mi cuerpo se regeneraba. Pero el plasma no solo alimentaba mi cuerpo; alimentaba mi deseo. La adrenalina de la pelea, el sabor del poder y la presencia de Cristian, salvaje y victorioso, crearon una tormenta química en mi interior. Miré a Cristian. Él también estaba bebiendo, su mirada amarilla fija en la mía. Naamah nos observaba desde un rincón, lamiéndose los labios con una lengua bífida que apenas se notaba, alimentándose de la energía s****l que emanaba de nosotros. —La bodega es segura por ahora —dijo Naamah, su voz cargada de un erotismo sibilante—. Pero los refuerzos de la Jauría llegarán en treinta minutos. Si van a celebrar su victoria, sugiero que lo hagan rápido. Cristian no necesitó que se lo dijera dos veces. Me tomó de la cintura y me estampó contra la pared de metal del contenedor, rodeada de bolsas de sangre fría. —Necesito sacarme esta rabia, Natalia —gruñó él, sus manos bajando con urgencia hacia mis pantalones de cuero—. El plasma me está quemando por dentro. —Entonces úsame, Cristian —respondí, abriendo mis piernas gruesas para rodear su cintura—. Hazme sentir que todavía somos los dueños de nuestra propia carne. No hubo espacio para el romance. Él me arrancó los pantalones con una fuerza que hizo saltar los botones. Mi lencería negra de encaje desapareció en un segundo. Me quedé desnuda en ese santuario de herrumbre, con mis nalgas masivas apretadas contra el frío del refrigerador y mi concha ya empapada, buscando el calor de su v***a. Cristian se deshizo de sus jeans con una rapidez animal. Su v***a estaba fuera, roja, pulsante y cargada de una fiebre que solo el plasma y la genética de lobo podían generar. Se la sacó y, sin preámbulos, se hundió en mí de un solo tajo. El impacto hizo que las bolsas de plasma tintinearan en sus soportes. Solté un alarido de éxtasis puro, clavando mis uñas en sus hombros tatuados, marcando su piel con hilos de sangre que Naamah se apresuró a lamer desde las sombras. —¡Eso es! ¡Cógeme como la bestia que eres! —gritaba yo, moviendo mis caderas de forma frenética contra las suyas. Empezamos a coger con un ritmo asesino. El sonido de nuestras nalgas chocando contra el metal del contenedor era como una percusión industrial. Cada embestida de Cristian era profunda, rítmica, buscando mi alma a través de mi sexo. Yo lo recibía con una humedad que parecía fuego, mis paredes vaginales apretándolo en espasmos que lo hacían gruñir de placer y dolor. —¡Eres mía, Natalia! ¡Ni del Consejo, ni de los Valerius! ¡Solo mía! —rugía él, mientras me daba nalgadas sonoras que dejaban la marca de su mano en mi piel canela. La intensidad subió a niveles insoportables. Me puso de espaldas contra la pila de cajas de plasma. Tomó una de las bolsas, la rasgó con los dientes y vertió el plasma frío sobre mis tetas. El líquido carmesí resbaló por mis pezones tiesos, bajando por mi vientre hasta mezclarse con nuestra lubricación natural. Cristian se agachó y empezó a lamer el plasma de mi piel con una desesperación de náufrago, su lengua áspera y caliente contrastando con el frío del líquido. —¡Dios, Cristian! ¡Sí! —gemía yo, agarrándome de su cabello rizado, obligándolo a subir de nuevo para besarlo. Nuestras lenguas se entrelazaron en un sabor a sangre y deseo. Me dio la vuelta, empinándome contra el borde de un estante metálico. Mis nalgas quedaron expuestas, brillando por el plasma y el sudor. Me penetró por detrás con una furia que me hizo ver estrellas. Cada vez que su pelvis chocaba contra mi culo, sentía que el mundo entero se desmoronaba y solo quedábamos nosotros dos en este rincón olvidado de la tierra. Naamah se acercó, su presencia siendo una sombra erótica que no podíamos ignorar. Empezó a acariciar mis muslos con sus manos frías mientras Cristian me embestía. Sus dedos buscaban mi clítoris, dándome un placer adicional que me hizo perder la razón. —Son hermosos —susurró Naamah al oído de Cristian, mientras él seguía cogiendo conmigo—. Tan llenos de odio y de hambre. —¡Cállate y mira! —le espetó Cristian, aunque no apartó su mano. El clímax nos alcanzó como una explosión nuclear. Me corrí con una fuerza que me hizo arquear la espalda hasta casi romperme, mientras Cristian vaciaba su esencia caliente dentro de mí, un flujo que se mezclaba con el plasma sintético en una alquimia de vida y muerte. Nos quedamos abrazados, jadeando, rodeados de bolsas vacías y el olor a sexo crudo. El silencio volvió a la bodega, roto solo por el goteo del plasma sobrante. —Tenemos que movernos —dijo Cristian después de unos minutos, recuperando el aliento—. Aleksei no tardará en enviar a la caballería pesada. —¿A dónde iremos? —pregunté, recomponiéndome la ropa con manos temblorosas—. Ya no tenemos casa. Naamah se alejó hacia la puerta del contenedor, mirándonos con una sonrisa que ya no era coqueta, sino estratégica. —A la Gala Carmesí —sentenció ella—. Pero no como invitados. Vamos a entrar como los verdugos. Natalia tiene el plasma, Cristian tiene la rabia, y yo tengo la llave para que el Consejo arda desde adentro. Me puse de pie, sintiendo el poder del plasma recorriendo mis venas. Miré a Cristian. Estaba desnudo, imponente, con los tatuajes cubiertos de sangre y plasma, luciendo como un dios de la guerra antiguo. —Prepárate, Cristian —dije, ajustándome las botas—. Si quieren una gala, vamos a darles la función más sangrienta de su existencia eterna. Salimos de la bodega cargando varias cajas del plasma grado "S". El sol empezaba a amenazar en el horizonte, pero ya no teníamos miedo. Teníamos una misión, teníamos el fuego del lobo y el hambre de la vampira, y teníamos a una súcubo que nos guiaba hacia el corazón del enemigo. La obsesión ya no era solo por el otro. Ahora, la obsesión era por la justicia que solo los monstruos pueden impartir. El camino hacia la Gala Carmesí estaba abierto, y por cada gota de chocolate que perdimos en el búnker, íbamos a cobrar un galón de sangre real en el palacio de los Valerius.
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