La mañana siguiente fue un nudo tenso en el estómago de Marcus. No durmió. No pudo. Desde el momento en que vio a Amelia llevársela, supo que la única persona con suficiente influencia y poder para salvarla era William. Pero también sabía que eso significaba enfrentarse a un dilema que ambos habían evitado durante años. Llegó a la mansión con el rostro endurecido y el paso firme. William lo recibió en su despacho, aún procesando el caos que había dejado la caída de Edward. Cuando vio entrar a su amigo, supo que no era solo una visita de cortesía. —Quiero que la saques de ahí —dijo Marcus, sin rodeos. William no preguntó a quién se refería. Ya lo sabía. —No —respondió con frialdad—. No lo haré. —William… —Ella fue su cómplice. No importa si lo hizo por amor, por miedo o por estupidez.

