2. Al mal pagador, hasta con piedras.
Hace un año, para no perder dos dedos de la mano mi padre me entregó a Carmelo, el hombre para el que trabaja, que viene a ser el jefe de una de esas bandas que trafican con lo que le caiga en las manos, o lo que esté de moda en el mercado n***o.
Nunca olvidaré sus últimas palabras.
'Esto lo causarte tu. Y ahora tu lo pagarás"
¿Quién iba a pensar que el paquete que traía esa noche era un encargo para Carmelo? A pesar de que ya se lo estaba consumiendo mucho antes de que fuera a parar al suelo, pero eso no lo tomó en cuenta y me echó toda la culpa a mi.
Mi mamá no llegó en toda la noche y parecía que él no la echaba de menos. Eso sí. Tenía una cara de terror cuando recibió una llamada.
Pensé que era sobre mi mamá.
Luego me dijo:
"Ponte la mejor ropa que tengas. Vamos a salir"
Supuse que la llamada era de mamá. No había otra explicación.
Me puse el único vestido nuevo que tenía, me llegaba hasta las rodillas. Mi mamá me lo había comprado en una rebaja de fin de año a la mitad de la mitad de precio en un mercado ambulante. Y salimos.
Tomamos un bus que nos llevó hasta el mercado central. En ese lado del barrio solo hay una posta médica y supuse que ahí estaba internanada mamá.
Pero estaba lejos de la realidad. Atravesamos el mercado, pasamos por cientos de puestos de verdura, carne y ropa de dudosa procedencia. Estaba lleno, quizá por la hora, la última vez que había venido con mamá era hace un año, y esa vez había poca gente.
Mi papá avanzaba sin distracciones, y yo trataba simplemente de mantener su paso.
Entramos a un restaurante donde vendían comida criolla. Yo pensé "será que quiere comer antes" pero mi papá rara vez se alimenta en la calle. Siempre protestaba por la comida. Nunca se acostumbró a los sabores picantes. Él prefería unas buenas hamburguesas o pizzas.
En el local el olor a grasa era fuerte, y no había mesas disponibles, pasamos hasta el fondo, cruzamos la cocina en donde una mujer mayor y con canas se encargaba de cocinar alitas fritas. Una mezcla de olores me invadieron la nariz, nos cruzamos con unos tipos que lo conocían y que me miraban las piernas y los pechos.
—¿Qué pasó gringo? —le dijo uno de ellos.
—Busco al jefe.
—Pos, ya sabes dónde anda —el tipo le señaló con la mirada la puerta cerrada.
Entramos.
Detrás de un escritorio viejo, un tipo gordo con la melena crecida y la frente llena de grasa alzó la vista.
—¿Dónde está mi paquete, gringo?
—Carmelo, ha, ha, pa, pasado un accidente con tu paquete... —mi papá tartamudeaba delante de ese hombre. Casi no mo reconocía. Él no se comportaba así en casa.
—No me des excusas gringo de mierda, porque yo soy el rey de las excusas. Pregúntale a mi ex mujer si no me crees —el gordo Carmelo me miró de pies a cabeza— ¿Trajiste a tu cría para que ruegue por tu vida? ¿Es eso, gringo de mierda?
—Puedes quedarte con ella. A modo de pago —le dijo mi papá. Recuerdo que en ese momento me dije por dentro: ¿Quedarse conmigo?
—Vamos a entendernos bien gringo drogadicto de mierda —le dijo el que era su jefe—. Me debes mucha lana... ¿y me traes a tu cría? ¿Me viste cara de burro o qué? ¿Para qué yo quiero una escuincla?
Mi papá tragó saliva.
—Tiene veinte años. Solo tiene cara de menos edad, eso es todo jefe, puede usarla como se te de la gana...
—Así que me vienes a entregar a tu cría —replicó pensativo—. Siempre pensé que eras de lo peor, una chusma blanca, y no me equivoqué. Estás mal de la cabeza gringo de mierda, mira que traerme a tu propia cría para saldar tus deudas conmigo, eso está mal. Tengo mis principios, ¿o crees que porque soy quien soy, no tengo principios?
—Esta no es mi hija jefe...
Me chocó que mi papá dijera algo así, pero supuse que era parte de un plan maestro, en ese momento aun no entendía lo que me estaba a punto de hacer, el que yo creía que era mi padre.
Carmelo, su jefe, abrió los ojos y cambió de expresión.
—¿Cómo no me lo dijiste antes, gringo de mierda? —me mira de nuevo el cuerpo. Estaba muy confundida, ya no entendía lo que estaba pasando en ese lugar.
—¿Tienes veinte años como dice?
Era mentira, obviamente.
Miré a mi papá buscando entender por qué quería que dijera algo así.
—Responde, Luhana —me insistió, y entonces comprendí que debía hacerlo.
—Sí, tengo veinte, señor —le aseguré, sin saber que en el futuro lo lamentaría.
—Tiene buen cuerpo y todo, pero me gustan las blanquitas, las rubias de ojos claros. No las morochas de pelo oscuro.
Pero mi papá insistía:
—Puede tenerla de sirvienta... Sabe limpiar la casa. Hace todo lo que le pidan, es muy obediente.
Eso también era otra mentira, la que hacía todo en casa era mamá. Ella jamás dejó que yo la ayudara en nada. No sabía ni barrer el piso, y sobre ser obediente, me temía que tampoco era del todo cierto.
Pero mi papá sonaba completamente convencido y hasta yo me lo creí.
Parecía que Carmelo se lo estaba pensando.
—En mi pueblo hay un refrán que dice: “Al mal pagador, hasta con piedras" está bien, gringo, me la quedo a modo de pago. Quedas libre de deudas conmigo. Puedes irte en paz.
Mi papá abrió la puerta, y yo traté de irme con él.
—Tu te quedas aquí. ¿Está bien? Has todo lo que el jefe te ordene. No hagas quedar mal a tu madre.
—Papá...
—¿No me escuchaste? No soy tu padre, deja de llamarme así.
—Papá...
Carmelo llama a sus hombres.
—Lleven adentro a mi nueva adquisición. Vamos a ver para qué me sirve la morocha.