—¡LEON! ¡Oh, Dios! —La mano de Annika fue hacia mi muñeca, pero no le permití detenerme. Quería que estuviera satisfecha y superé su resolución de detener mi mano palpitante—. ¡Oh, mierda! —gritó mientras sus entrañas apretaban mis dedos, su clímax se apoderaba de ella, haciéndola retorcerse en la cama. No pude evitar sonreír cuando vi su rostro volverse de ese familiar tono carmesí, y su pecho subía y bajaba rítmicamente mientras intentaba recuperar el aliento. —¿Necesitas un descanso? —le pregunté con sinceridad. Un gran orgasmo era suficiente para dejar fuera de combate a una mujer, pero ya le había dado seis en el lapso de unos veinte minutos. —Solo… necesito… recuperar… el… aliento —respondió Annika, jadeando por aire. Le acaricié el muslo interno con mi otra mano mientras mis dedos

