01 | Colisión.
9 de marzo, 2019.
Huir de la policía se estaba convirtiendo en un hábito.
En uno que me rehusaba a adoptar pero que sí T.J se negaba a dar su brazo a torcer, tarde o temprano terminaría por acostumbrarme.
Y es que desde el momento en el que Billie me reenvió el mensaje con la dirección del lugar al que debía presentarme esa noche, supe cómo terminaría todo.
Por supuesto, mi predicción no fue errada y cinco minutos después de la finalización de mi primera pelea de la noche, las sirenas familiares se hicieron presente en las afueras del local.
¿Y cómo no? Sí T.J había elegido el sótano de lo que sería muy pronto un nuevo edificio de oficinas y el cual, por ende, contaría con un buen sistema de seguridad.
Sistema de seguridad que alertó a las autoridades y que ahora me tenía corriendo por el laberinto de asfalto que eran las calles de la zona empresarial.
Llevaba más de cinco minutos en aquella labor y ya sentía como gotas de sudor perlaban mi frente y estaba segura de que debía verme como un desastre desaliñado, sin embargo eso no podría importarme menos en ese momento pues había hecho una buena cantidad de dinero esa noche y no tenía intención de perderlo pagando una fianza.
El hecho de haber traído una luchadora profesional por parte de T.J, fue una jugada maestra para las apuestas.
Todos los apostadores habían notado que no tenía competencia en cuanto a luchadoras amateur se refería, así que las ganancias habían empezado a descender.
Fue por eso que la necesidad de traer un oponente digno se hizo imperiosa y dio como resultado, el combate con Diane.
Las apuestas aumentaron considerablemente los días previos a la lucha y T.J me había autorizado para lucirme frente a la audiencia.
No dudé un solo segundo para hacerlo.
Había sido un combate duro, de cinco sets, pero finalmente había dado el último golpe que me valió todas las ganancias de esa noche. Ganancias que no pretendía perder a manos de un par de entrometidos policías.
Una redada como esa significaba que podría pasar la noche en prisión. Y eso sería una reincidencia, así que podría ir a un juicio y era lo último que necesitaba en mi historial.
Ajusté mi mochila en mi hombro rápidamente y miré por encima de mi hombro, sin dejar de correr, cerciorándome de que aún estaba en ventaja y no por primera vez agradecí mi menudo tamaño.
Gracias a este, había logrado escabullirme sin ser detectada y ganado una ventaja considerable con respecto a las sirenas.
A pesar de esto, éstas no dejaban de escucharse, por lo que más me valía no confiarme demasiado.
Fue debido a la distracción de mirar por encima de mi hombro que no me percaté de la persona que cruzó la esquina hasta que fue demasiado tarde.
Mi cuerpo se estrelló contra una muralla gigante de músculos y huesos y el impacto fue tan fuerte, que nos envió a ambos directamente al suelo.
Mi trasero chocó contra el pavimento en un golpe seco y fruncí el ceño de inmediato.
Mierda. Eso me dejaría un moretón.
—¿Estas bien? —una voz masculina preguntó mientras me tendía una mano grande de dedos largos y uñas perfectamente recortadas.
Había un caro reloj en su muñeca y cuando levanté mi mirada, me encontré con un par de ojos verdes que me observaban preocupados.
A juzgar por el costoso traje gris que traía, se trataba de uno de esos niños mimados de la clase alta de Chicago.
Ignoré su ayuda y me levanté de un salto, sacudiendo el polvo de pavimento de mis pantalones, a pesar de que no estaban demasiado sucios.
Mis manos fueron inmediatamente a mi pecho, palmeando el bulto en mi sujetador. Mi dinero estaba allí así que todo estaba bien.
Sin embargo, quería molestar un poco al chico rico.
—¡¿Acaso no ves por donde caminas?! —espeté, luchando muy duro conmigo misma para no sonreír divertida al verle sobresaltarse.
El chico dio un respingo ante mi ataque y frunció el ceño mirando a su alrededor, notando que estábamos solos en la carretera. Seguramente no estaba acostumbrado a ser gritado y mucho menos por una mujer que a duras penas podía alcanzar su mentón.
Pasó una mano por su cabello rubio pulcramente peinado y me miró con un aire confuso que me hizo querer terminar con la farsa de inmediato.
—Yo ¿lo lamento? No te vi venir —balbuceó tropezando un poco con sus palabras.
—Ya, claro —rodé los ojos y luego me tensé cuando volví a registrar el sonido de las sirenas
Demonios, estaban mucho más cerca esta vez.
—Mierda, mierda, mierda —mascullé cuando una de las patrullas dobló en la esquina, cada vez más cerca de nosotros.
Necesitaba hacer algo, antes de que me vieran.
Tenía dos advertencias y una noche en comisaría.
Lo último que necesitaba era una noche allí. Otra vez.
Perdería el dinero que gané esta noche y no podía permitirlo.
Una idea–peligrosa, pero que podría funcionar–centelleó en mi mente, haciendo que actuara en lugar de pensar.
Empujé al desconocido contra la pared de ladrillos del callejón y antes de siquiera darle tiempo a reaccionar, había enganchado mis piernas alrededor de sus caderas y presionado mis labios contra los suyos en un beso tosco.
Eso debía funcionar.
Sí la patrulla pasaba lo suficientemente cerca para vernos, todo lo que vería, sería a una pareja intercambiando un beso apasionado.
Al chico rubio le duró muy poco la sorpresa, porqué lo siguiente que supe era que estaba besándome de vuelta.
Como, un beso real.
Giró su cuerpo lo suficiente para apresar el mío entre este y la pared y me presionó contra el ladrillo, mientras sus labios asaltaban los míos de manera codiciosa.
Esto empezaba a ser peligroso.
Y un tanto excitante.
Besaba tan bien, que por un momento olvidé porque lo estaba haciendo.
Por lo menos lo hice, hasta que la desagradable y conocida voz del jefe de policía Bobby llenó el silencio de la noche.
—¡Disculpen jóvenes, pero deben dejar de hacer eso en la vía pública! —dijo en tono de reproche y ambos nos tensamos de inmediato.
El desconocido se apartó de mi boca y apoyó su frente en mi hombro, bañando mi cuello con su respiración irregular, tratando de calmar un poco está antes de responder.
El beso lo había afectado tanto como a mí.
Cuando finalmente pareció estar conforme con su compostura, levantó la mirada de su escondite en mi hombro y sentí como trató de poner un poco más de espacio entre nosotros, incapaz de hacer contacto visual conmigo.
Adorable.
—¿Jóvenes? —insistió el policía, haciendo que ambos saliéramos de nuestro trance.
Aclaré mi garganta y eso pareció ser suficiente para darle valor y volver a encontrar mi mirada. Cabeceé en dirección a la patrulla y él pareció entender mi mensaje.
Suspiró y apretó mis muslos, antes de soltar mis piernas, las cuales aún continuaban envueltas alrededor de sus caderas, dándome un último beso en los labios.
Si que era atrevido.
—Lo siento, oficial. Supongo que nos dejamos llevar un poco —respondió el niño rico mientras yo ocultaba mi rostro de la mirada que seguramente era inquisitiva del policía, apoyando mi frente contra el pecho del chico rubio.
Su aroma a limpio y colonia costosa inundó mis fosas nasales de inmediato. Olía bien. Rocé mi nariz casi de manera imperceptible contra la tela de su camiseta para captar un poco más de su esencia.
—No hay problema, joven. Solo, hagan sus cosas en un lugar más privado—ninguno de los dos se perdió la advertencia en sus palabras y ambos sabíamos que nos habíamos salvado de una multa por indecencia pública por pura suerte—. Buenas noches.
Oculta donde estaba, gracias al chico, escuché como la patrulla se alejaba de nosotros lo suficiente para darme un margen de tiempo y huir del lugar.
Lo cuál no tardé en hacer.
Me separé del chico y empecé a correr de nuevo, sin molestarme en cruzar palabra de nuevo con él, demasiado avergonzada para siquiera darle la cara.
—Oh, ¿en que estabas pensando, Mackenzie? —me reprendí en un murmullo, negando levemente mientras giraba en una esquina.
Sentía mis piernas pesadas y algo débiles debido al esfuerzo—y al intenso beso compartido con el extraño antes—y mi rostro se sentía caliente con lo que seguramente, era un muy obvio sonrojo cubriendo mis mejillas.
Traté de engañarme a mí misma atribuyéndole esto a la agitación de la carrera, pero sabía perfectamente que era una mentira.
Todo se debía a ese estúpido beso.
Tenía veintidós años, por Dios, se suponía que aquellas sensaciones se quedaban en la adolescencia.
—¡Oye! ¡Espera un segundo! —el chico de antes me llamó y antes de que pudiera tomar mi brazo, mis reflejos actuaron de manera automática y giré se brazo de tal forma que lo tenía sometido en cuestión de segundos.
Él soltó un quejido y de inmediato lo solté, sintiendo remordimiento por haberlo lastimado.
En mi defensa, había entrenado a mi cuerpo para reaccionar de esa forma, sí me sentía amenazada.
Pero eso no quitaba la culpa de haberlo herido cuando todo lo que había hecho, era ayudarme de pasar una noche en prisión que posiblemente derivaría en un juicio por las actividades ilegales que T.J organizaba.
—Lo siento —me disculpé, levantando mi mano izquierda para palmear su brazo lastimado y me sentí realmente mal cuando retrocedió un poco al ver mi mano levantada, como sí temiera que lo maltratara de nuevo.
Sin embargo, se relajó visiblemente cuando descubrió que no planeaba hacerle daño.
—Se supone que las chicas que lucen tan frágiles y delicadas como tú, no deberían poseer tal fuerza —se quejó infantilmente, con una sonrisa dibujada en sus labios y me hizo reír un poco.
¿Había perdido su mente acaso?
¿Qué persona en su sano juicio se ríe luego de ser casi golpeado?
Por lo menos yo no lo haría. Estoy segura que estaría tomando represalias para esas alturas.
—Estás demente, ¿lo sabías? —dije negando, mientras guardaba mis manos en los bolsillos de mi sudadera.
Había un poco de viento, pero no demasiado para congelarme. No obstante, mis dedos se habían enfriado un poco.
—¿Qué yo estoy demente? ¿Qué me dices de ti? Chocaste conmigo, me gritaste, luego me besaste por lo que presumo, fue un movimiento para huir de la policía, para después casi romper mi brazo al tratar de detenerte para obtener una explicación —enumeró levantando una ceja, desafiándome a corregirlo.
Era un poco adorable de cierta forma, sin embargo no tenía tiempo para continuar con su charla.
—Lo que sea, debo irme. Fue un placer conocerte —me despedí, haciendo un saludo militar con solo dos de mis dedos y comencé a caminar de nuevo, esta vez sin apresurarme, porque tenía la sensación de que me seguiría de nuevo.
Y lo hizo. Claro que lo hizo.
—¿Quieres fracture alguno de tus huesos?—pregunté de manera retórica, empezando a sentirme un poco irritada por su comportamiento.
Dio un pequeño salto por mi amenaza, pero se mantuvo caminando a mi lado.
Le daría puntos por valentía.
—Solo quiero acompañarte a tu auto. Esta calle es peligrosa para que una chica ande sola a estas horas —respondió, sin detener su andar calmado.
Era mucho más alto que yo. A duras penas podía decir que mi cabeza rozaba su mentón, pero aún así podría derribarlo en un parpadeo si hiciera algún movimiento fuera de lugar, así que su preocupación no tenía fundamento.
Aunque sí lo miraba desde su perspectiva, tenía sentido. Era una chica menuda y muchas veces eso hacía que los idiotas pensaran que era débil y trataban de obtener ventaja, así que era evidente que para un chico bueno como él lucía, era su deber cuidar de la damisela.
Sonreí sin poder evitarlo ante el rumbo que mis pensamientos habían tomado y detuve mi andar, haciendo que él me imitara mirándome con una mezcla entre confusión, temor y fascinación.
—No sé que parte es más graciosa de lo que acabas de decir, sí el hecho de que en verdad creas que tengo un auto o que pienses que no puedo defenderme por mí misma —me burlé y su expresión cambió.
Sus ojos me escudriñaban, tratando de descubrir sí bromeaba o no, mientras ladeaba su cabeza en señal de confusión.
Tal vez en su mente, no cabía la posibilidad de que alguien no tuviera un auto.
Los niños ricos como él no debían hablar con lo más bajo de las clases sociales sí querían evitar situaciones como esta.
—¿No tienes un auto? —se animó a preguntar finalmente.
Rodé los ojos y volví a andar, ignorándolo, y dejé que mi silencio fuera una respuesta suficiente a su obvia pregunta.
Pero aunque traté muy duro de ignorarlo, no pude. Emanaba una confianza y amabilidad imposibles de ignorar, que me tenían robando miradas de soslayo de su perfil.
Podía decir con seguridad, que él también estaba haciendo lo mismo.
—Te llevo a donde quiera que vayas —ofreció mientras esperábamos a que la luz del semáforo peatonal cambiara a verde y lo miré como si no pudiera darle crédito a sus palabras.
¿De verdad pensaba que iba a dejar que un completo desconocido me llevara a casa?
Podía ser impulsiva a veces, pero no tanto.
La luz cambió y volví a andar sin emitir palabra alguna.
»Es en serio. Es tarde y yo debería estar en otro lugar —insistió, haciendo que suspirara.
—Sí debes estar en otro lugar, ¿Entonces porqué estás siguiéndome? —espeté en un gruñido.
Estábamos cerca de la avenida, así que podía fácilmente tomar un taxi hasta mi lugar y olvidarme por completo del extraño que se mantenía caminando a mi lado, pero al parecer él no tenía intención alguna de dejar de seguirme.
—Lo hago, porque quiero asegurarme que llegues a salvo —respondió encogiéndose de hombros.
—¿A salvo? Me acabas de conocer. Estaré bien por mi cuenta.
—Soy un caballero y esto es lo que se supone que debo hacer.
Por lo visto no iba a dejarlo pasar, así que suspiré resignada y giré a verlo.
—Esta bien, caballero. Llévame a mi preciosa casa —dije con todo el sarcasmo que tenía.
Al parecer era inmune a el o no lo entendía, porque una sonrisa infantil se extendió en su rostro. Casi me hizo sonreír de nuevo.
Casi.
—Mi nombre es Trevor Collins —dijo extendiendo su mano a modo de saludo.
Trevor Collins.
Probé su nombre en mi mente, mirándolo con detenimiento para finalmente decidir que el nombre le sentaba perfectamente bien.
Estreché su mano sin ofrecerle mi nombre a cambio y la solté rápidamente, antes de volver a andar, hasta que recordé que no sabía donde estaba su auto.
Esperé a que me alcanzara.
Y lo hizo.
—¿Siempre estás huyendo? —indagó curioso, pero de nuevo solo recibió silencio en respuesta.
»Y de pocas palabras. Eso es exasperante.
—No creo que sea exasperante. Solo sé cuando hablar y cuando no, a diferencia de otras personas.
—¿Me estás diciendo hablador? —preguntó jocosamente, sabiendo mi respuesta de antemano.
—Sí el guante te calza.
Una varonil carcajada escapó de sus labios por mis palabras y pasó el resto del camino de regreso hasta el lugar donde su auto estaba estacionado, luchando por recuperar la compostura.
Finalmente nos detuvimos frente a un edificio de oficinas moderno y el señaló un auto deportivo n***o que lucía bastante costoso—al igual que su dueño—, estacionado frente a este.
—¿Vas a decirme tu nombre? —inquirió, abriendo la puerta del auto para mí de manera automática.
De verdad había sido educado para ser un caballero, se notaba en sus gestos.
—Soy Kenzie —le ofrecí el sobrenombre por el que la mayoría de personas que me conocían fuera del mundo de las muchas me llamaban.
—¿Kenzie? ¿Es un diminutivo de Mackenzie? —adivinó y yo asentí, mientras tomaba asiento en el lugar del copiloto y ajustaba mi cinturón de seguridad.
Esperé a que él subiera a su lugar e imitara mi acción, antes de relajarme un poco en el asiento.
Era bastante cómodo a decir verdad.
Trevor encendió el motor del auto y el suave ronroneo de este me hizo sonreír.
Tendría un agradable paseo en un auto que costaba más que todo lo que poseía. Cameron no me creería en absoluto cuando se lo contara.
—¡Una sonrisa! —dijo como sí fuera lo más extraordinario que había visto en su vida.
La suprimí de inmediato.
—Vete a la mierda —dije a la defensiva y miré por la ventana sintiéndome como sí hubiera sido atrapada en una posición nada favorecedora.
—Exclamó la dulce princesa —contestó riendo.
No pude evitarlo y comencé a reír como sí no hubiera un mañana. Él se unió a mí y reímos como niños hasta que las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.
No sabía de donde había venido eso, pero se sintió bien, así que no me quejaría.
—No quiero interrumpir este pequeño momento, pero realmente necesito saber a donde vamos —habló en jadeos, mientras trataba de recuperar el aliento.
Le dicté la dirección del viejo edificio de apartamentos en el que vivía y él la añadió al gps, empezando a conducir siguiendo las direcciones que este le indicaba.
El resto del camino condujo en silencio y con una expresión de concentración en su rostro que me sorprendió, ya que ese chico parecía no tener botón de apagado cuando se trataba de hablar.
Yo por mi parte, me dediqué a mirar por la ventana, ansiosa por llegar s casa, ya que un mal presentimiento había empezado a formarse en la boca de mi estómago.
Algo me decía que las cosas no estaban nada bien en casa.
Y como siempre, mi instinto no me falló en absoluto.
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