—¿Donde? —preguntó en voz baja, con su voz grave. Con la mente en otro lugar, lo miré frunciendo el ceño. —¿Donde que? —¿Donde te puedo hacer mía sin que nos interrumpan? —mordióel lo ulo de mi oreja, como si estuviese despertando a la pequeña bestia en mi bajo vientre; la que deseaba dejarse llevar por la locura y sucumbir al dios griego que tenía frente a mi, como si fuese parte de un sacrificio. Mientras me hacía caricias para no dejarme desertar, estaba pensando donde mi hermano no nos escucharla y el único lugar, poco romántico y antihigiénico, era el sótano. —Me estás obligando a llevarte a la cocina y hacerte de todo en el mesón. No creo que a tu hermano le vaya a gustar el ruido —intercaló su mirada de mis ojos a mis labios, mostrándome que estaba sediento de cada parte de

