2 MESES DESPUÉS. JULIETA. Permanezco en el escritorio, con la mirada fija en las fotografías esparcidas frente a mí. Muertes sangrientas, brutales, un baño de sangre tan desmesurado que desafía cualquier intento de discreción. Cada imagen cuenta una historia de dolor meticulosamente infligido, una obra macabra imposible de ignorar. Sonrío de lado mientras sigo acomodándolas en orden cronológico. Cada imagen es una pieza de un rompecabezas retorcido, y no puedo evitar la diversión que me provoca ensamblarlo. La puerta se abre de golpe, y Sarmiento irrumpe con el ceño fruncido y una expresión de pocos amigos. —¿Te divierte mucho, Herrera? —gruñe con exasperación. —No —respondo con fingida inocencia, dejando escapar una risilla. Sarmiento no se molesta en disimular su frustración. Con

