JULIETA.
Había olvidado la sensación de cruzar la puerta de mi propia casa. Un mes lejos, y el golpe de realidad me deja sin aire. Un nudo se instala en mi estómago, apretando con cada segundo hasta casi arrancarme la respiración. Sé exactamente por qué he venido, y esa única certeza es lo que me mantiene en pie.
Avanzo entre el caos que inunda cada rincón. Platos tirados, comida abandonada a medio comer, libros y ropa desperdigados por el suelo. Este lugar siempre ha sido un desastre, pero hoy... hoy la desolación parece haberse apoderado de todo.
-¿Mamá?- mi voz se pierde entre el silencio, buscando señales de vida. -¿Jessi? ¿Madison? ¿Emily?
Un sollozo, apenas audible, llega desde la habitación de mi hermana menor.
-Emi...- mi pecho se contrae al verla acurrucada en el armario, temblando. Las lágrimas me queman los ojos, pero me obligo a tragarlas, a mantenerme firme. Emily tiene solo seis años. No debería cargar con este peso. Cada llanto suyo me destroza un poco más.
-…Papá vino... golpeó a mamá otra vez. Dice que esta es su casa y que nadie lo sacará de ella.
-¿Dónde está mamá? ¿Te hizo algo?
-No… no me hizo nada… alcancé a esconderme. Mamá está en su habitación, ni siquiera puede levantarse de la cama. No quiero que regrese… tengo miedo.
Se lanza a mis brazos, y la aprieto contra mi pecho, intentando transmitirle la seguridad que necesita con desesperación.
- ¿Jessi y Madison?
-Están en la escuela. No estaban cuando él vino.
Tomo su mano y juntas nos dirigimos a la habitación de nuestra madre. La rabia me hierve al entrar al cuarto de mamá y ver su cuerpo maltrecho, su rostro marcado por los golpes. Siento un impulso visceral, una necesidad brutal de arrancarle a mi padrastro todo lo que le pertenece con mis propias manos.
-¿Julieta?- mamá intenta incorporarse, pero la detengo antes de que pueda moverse.
-Quiero que hagas una maleta y te lleves a mis hermanas de aquí.
La miro, conteniendo las lágrimas que amenazan con salir.
-No tengo dinero, Jul… Sabes que desde que tu papá murió estamos en la ruina. A duras penas tenemos para comer una vez al día, y agradezco que al menos tus hermanas tengan lo que necesitan en el colegio.
Cada mención de ese malnacido de mi padre me revuelve las entrañas, como siempre.
Vivir en la ignorancia es un lujo, un escudo que te protege de la podredumbre que se oculta en cada sombra. Mamá nunca lo supo. Nunca supo el daño que mi propio padre me infligió, él y sus despreciables amigos. Todavía lo venera como si fuera un santo, pero la verdad es que entre él y mi padrastro no hay gran diferencia. Soy la única hija de Arturo Herrera. Mis tres hermanas —Jessi, de doce; Madison, de ocho; y Emily, de seis— son hijas de Julian, mi padrastro. Una alimaña repugnante cuya única misión ha sido multiplicar las desgracias en la vida de mi madre.
-Traeré el dinero, mamá. Ten la maleta lista. Te irás a casa de la abuela. Sé que a ella no le agradará la idea de recibirte, pero te daré suficiente para cubrir tu estadía.- Me levanto con decisión, dejando un beso en la frente de mi hermana antes de salir.
Me dirijo al banco más cercano, con la esperanza de que al fin todo se solucione. Pero al llegar, la encargada me informa que el cheque ha rebotado. La ira me consume, más intensa que nunca, mientras recuerdo la amenaza velada que soltó el maldito de Esquivel antes de irse. Quiere verme arrastrándome, humillada, suplicando ante él, pero ignora que esto solo aviva mi determinación.
-¡Maldito hijo de puta!- grito, lanzando el lapicero con fuerza. Salgo del banco, la frustración golpeando cada fibra de mi ser, mientras busco una manera de conseguir el dinero.
De repente, surge una idea. Esta vez podría resolver dos problemas de un solo golpe. Julian me lo debe por atreverse a tocar a mi madre, y sé que nunca anda sin dinero. Es el momento perfecto para conseguir lo que necesito.
No necesito adivinar dónde se encuentra; sé que está en la taberna del pueblo, pavoneándose como siempre, tratando de mostrarse como el macho alfa mientras coquetea con mujeres de dudosa reputación.
Mi corazón late con fuerza, resonando en mi pecho. Cada golpe que me dio retumba en mi memoria. La ira, la frustración y todo el odio que he acumulado durante años se condensan en un solo impulso cuando lo veo: su espalda ancha y su panza abultada, presumiendo frente a una prostituta barata. Sin dudarlo, tomo una botella que encuentro en el camino y, al acercarme, la estrello contra su cabeza con toda la rabia contenida.
El estallido del vidrio llena el aire y los fragmentos se esparcen por todas partes. Él cae al suelo con un golpe seco, noqueado, mientras el caos se apodera del lugar. Aprovecho la confusión y vacío sus bolsillos, recogiendo todo el dinero que puedo, sintiendo la adrenalina recorrer cada fibra de mi cuerpo. La luz tenue me permite moverme en las sombras, invisible ante los ojos de los presentes.
-¡Hija de puta!- uno de sus compañeros me arranca del cabello y me lanza un bofetón que me llena la boca de sangre.
He conseguido lo que vine a buscar, pero ahora debo enfrentar a estos miserables, alimañas igual que él, que no piensan dejarme marchar tan fácilmente.
Saco la navaja del bolsillo y, con un movimiento preciso, lanzo un corte. La hoja lo hiere al instante, obligándolo a soltarme.
-Ahora sí vean. ¿Se creen muy machos golpeando a una mujer?- mi navaja brilla mientras la apunto hacia él. La multitud que se ha reunido observa como si fuéramos un espectáculo grotesco. Los amigos de Julian, paralizados, no se atreven a acercarse mientras él permanece tendido en el suelo.
El sonido de la sirena de la patrulla me da la oportunidad que necesito. Volteo una mesa, creando un caos suficiente para abrirme paso hacia la puerta trasera. Corro con todas mis fuerzas, las piernas moviéndose al ritmo del miedo y la adrenalina. Al llegar a casa, Jessi y Madison ya están allí. Sus sonrisas me saludan, pero no hay tiempo para demoras; después de los abrazos, tomo la maleta y, con ellas a mi lado, corro hacia el taxi que las llevará lejos de todo.
-No iré con ustedes.- mi madre me observa con ojos suplicantes, lágrimas brotando mientras le entrego el dinero. No es mucho, pero alcanzará para unos días.
-Mira cómo te golpearon, Jul. ¿Qué hiciste?- su mano toca mi labio con delicadeza, la voz apenas un susurro, rota por el dolor que refleja en cada línea de su rostro.
-Hice lo que debía, mamá. Ahora ustedes deben irse. No quiero que ese malnacido sepa que se fueron ni adónde.- la abrazo con toda la fuerza que me queda antes de verla subir al taxi. Lanzo un beso al aire hacia mis hermanas, sintiendo cómo mi alma se fragmenta en millones de pedazos mientras las observo alejarse, dejándome sola en un mar de incertidumbre.
-Iré a verte, mamá. Lo juro. Te enviaré todo el dinero que necesiten.- grito con la voz quebrada, y ella asiente, soltando un sollozo que la hace parecer nuevamente una niña vulnerable, incapaz de contener el dolor que la consume.
Me quedo observando cómo el taxi desaparece, hasta que dobla la esquina y se esfuma de mi vista. Me limpio el rostro con el antebrazo, borrando las huellas de mis lágrimas, y me recargo contra la pared, preparando mi mente para enfrentar al magnate arrogante y caprichoso que aún me debe una última lección.
Llamo a mi contacto en la policía y, tras prometerle un encuentro bastante “divertido” el próximo fin de semana, consigo finalmente lo que necesito: la dirección de ese hijo de perra.
Al caer la tarde, llego a su mansión y me sorprende lo ostentosa que es. Parece desierta, así que decido esperar pacientemente, lista para enfrentarme a él cara a cara. Samuel Esquivel cree tenerme bajo su control, pero no comprende que eso es solo una ilusión que disfruto tejiendo.
Cuando la noche finalmente cae, me he permitido estudiar cada rincón, analizar cada detalle. Salidas posibles, puntos débiles… pienso en lo fácil que sería golpearlo y arrebatarle todo: su dinero, su orgullo, su falsa seguridad.
Tras un rato de incertidumbre, me decido a tocar la puerta. Él la abre, impasible como siempre, aunque no puede evitar que una ligera sonrisa de diversión se dibuje en su rostro. Para él, todo esto es un maldito juego.
-¿Tan desesperado estabas porque viniera a buscarte que tuviste que anular el maldito cheque?- mi cuerpo vibra con anticipación, mientras su calma inquebrantable y arrogancia me enervan aún más.
-¿Y tú tan desesperada que vienes a mi casa a esta hora solo para reclamarme? —responde con una burla palpable—. Pensé que el dinero no te importaba. Lo guardaste como si fuera un trámite sin relevancia, ¿no?
Cruzo los brazos, sintiendo el fuego de la rabia quemándome en el pecho.
—Me importa cuando me quitan lo que es mio por derecho. Así que deja de hacerte el idiota y dime qué maldito juego estás tramando ahora.
Samuel avanza hacia mí con esa calma controlada que me exaspera hasta los huesos.
—No es un juego, Julieta. Solo estaba esperando a que vinieras a buscarme.
Sus palabras me provocan un escalofrío que me niego a admitir. No soporto la forma en que me mira, como si hubiera ganado algo sin mover un dedo.
—¿Y qué? ¿Ahora quieres que te suplique? —mi voz se afila—. No voy a arrastrarme por lo que es mío. Así que si no quieres que esto termine peor para ti, soluciona esto ahora mismo.
Samuel se detiene frente a mí, demasiado cerca.
—¿Peor para mí? —sonríe de lado, pero en sus ojos hay un destello de peligro—. No me hagas reír, pequeña. Si de verdad lo necesitaras, habrías venido con otra actitud.
Aprieto los dientes. Lo detesto. Cada fibra de mi ser grita contra él. Pero, más allá del odio, hay un maldito cosquilleo que empieza a recorrerme cada vez que me acorrala así, como si todo lo que provoca en mí fuera algo más que simple ira.
—Dame mi dinero, Esquivel —gruño—. O te prometo que haré de tu vida un infierno.
Me observa un instante, evaluando silenciosamente hasta dónde estoy dispuesta a llegar. Luego, con esa calma irritante que me hace hervir la sangre, suelta:
—¿Y qué me das a cambio?
Mi estómago se tensa, no porque no entienda a qué se refiere, sino porque, en el fondo, la idea tiene un extraño efecto que no debería tener. Esa sensación no me hace dudar, pero deja claro que estoy jugando con fuego… y, por primera vez, no me importa tanto quemarme.