Eduardo se removió en la cama con pereza, sintiendo el aroma cálido y familiar del desayuno impregnando el aire. Su estómago rugió al instante, despertando con más rapidez de lo habitual.
Abrió los ojos con una pequeña sonrisa. Luana siempre había sido excelente cocinando, y después de la noche anterior, probar su desayuno era justo lo que necesitaba para empezar el día con mejor ánimo.
Se estiró y se levantó con lentitud, caminando hacia la cocina con confianza. Sin embargo, al doblar la esquina, su sonrisa se congeló.
Luana estaba de espaldas, sirviéndose café en su taza, y en la mesa solo había un plato con comida. Uno solo.
—¿No hiciste para mí? —preguntó con incredulidad, frunciendo el ceño.
Luana, sin inmutarse, tomó asiento y comenzó a desayunar con tranquilidad.
—No —respondió simplemente, sin siquiera mirarlo.
Eduardo sintió una punzada de irritación, pero respiró hondo para calmarse. Se sentó frente a ella, observándola con detenimiento mientras tomaba su café sin apuro. Había algo distinto en su actitud, algo que no le gustaba.
—¿Sigues molesta por lo de la fiesta? —preguntó con un tono entre cansado y exasperado.
Luana no respondió de inmediato. Le dio otro sorbo a su café antes de mirarlo por primera vez.
—No estoy molesta —dijo con serenidad.
Eduardo sintió una punzada de incomodidad ante esas palabras. Algo en su tono lo inquietó, pero decidió ignorarlo.
—Bien, como sea —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Pero hay algo más importante. ¿No piensas disculparte por la bofetada?
Luana dejó su taza en el platillo con calma, y por un momento, Eduardo casi pensó que sonreiría, pero no lo hizo. En su lugar, lo miró directamente a los ojos con una expresión imperturbable.
—No.
El silencio que siguió hizo que Eduardo se removiera incómodo en su asiento. No le gustaba esta nueva actitud de Luana. Extrañaba cuando ella se preocupaba por todo, cuando no dejaba de hablarle y de lanzarle esas indirectas que solían hacerlo reír o, al menos, entretenerlo. Ahora, en cambio, sentía como si hablara con una desconocida.
Intentó romper la tensión.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó con una sonrisa forzada, buscando cualquier vestigio de la Luana de antes.
—Bien —respondió ella sin emoción.
Eduardo carraspeó y trató de insistir.
—¿Y el trabajo? ¿Sigues con lo mismo de siempre?
—Sí.
Cada palabra era un muro. Eduardo sintió una punzada de frustración. Se inclinó ligeramente hacia adelante, tratando de captar su mirada.
—Vamos, Luana, ¿vas a estar así todo el tiempo?
Luana se encogió de hombros y continuó comiendo con tranquilidad, como si su presencia no significara nada.
Eduardo apretó la mandíbula. Algo en su interior le dijo que este vacío que sentía no era temporal… y eso lo inquietó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Con la intención de recuperar algo de lo que tenían antes, intentó otro enfoque.
—Tal vez podríamos salir hoy… No sé, al cine, a algún lugar —sugirió con una sonrisa que intentó parecer despreocupada.
Luana levantó la mirada por un momento. Lo estudió con frialdad, como si intentara comprender por qué, después de tantas veces en las que él había rechazado sus invitaciones, ahora de repente quería salir con ella.
—No —respondió con la misma calma.
Eduardo sintió un nudo en el estómago. Luana solía insistir en esas cosas, solía emocionarse con los planes, con cualquier excusa para compartir tiempo juntos. Pero ahora ni siquiera mostró molestia o decepción, solo indiferencia.
—¿Por qué no? —insistió, frunciendo el ceño.
Luana bajó la vista a su café y lo removió con tranquilidad.
—Porque no quiero.
Eduardo apretó los dientes, negándose a dejarlo pasar.
—Vamos, Luana, no tienes que actuar así. Solo te estoy invitando a salir, como antes.
Luana lo miró fijamente, su expresión inmutable.
—No quiero hacerte perder tu tiempo.
Eduardo abrió la boca para responder, pero justo en ese momento su teléfono vibró sobre la mesa. Miró la pantalla y vio el nombre de Isabel iluminando la notificación. Su cuerpo se tensó por un instante y, sin pensarlo demasiado, desbloqueo la pantalla para leer el mensaje.
—Es un asunto de la empresa —dijo con rapidez, levantándose de la mesa—. Tengo que irme, hay un problema urgente.
Luana, sin cambiar su expresión, tomó otro sorbo de café y lo observó con una calma impenetrable.
—Miente mejor, Eduardo —dijo en voz baja—. Es domingo.
Se levantó de su asiento, dejando su taza en el fregadero sin apuro. Sin más, caminó hacia su habitación, ignorando por completo la presencia de Eduardo, quien la vio alejarse sin saber qué responder.