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751 Palabras
Luana empujó suavemente la puerta del departamento, sintiendo cómo el eco del silencio la recibía. Eduardo había llegado unas horas antes, exhausto, apenas intercambiaron palabras antes de que élla vaya a su encuentro con Santiago. Sin embargo, cuando ella llegó, ya no estaba. Pero esta vez, no le importó. Caminó por la sala con una expresión serena, observando cada detalle con una mirada distinta. Antes, este espacio había sido su refugio, el lugar donde intentó construir una vida basada en mentiras que ya no le pesaban. Ahora, solo era un sitio de paso, un recuerdo que estaba a punto de borrar. Se detuvo frente al espejo de la entrada, su reflejo devolviéndole la imagen de una mujer diferente. Una que ya no pertenecía a este lugar. Exhaló lentamente y giró sobre sus talones. No iba a llevarse nada. Sus cosas, los pequeños recuerdos acumulados con los años, no tenían ningún significado para la persona en la que estaba a punto de convertirse. Lo donaría todo. Con esa decisión clara en su mente, se arremangó la blusa y comenzó a trabajar. La madrugada la encontró en la habitación, separando ropa, empaquetando libros y dejando en bolsas aquellos objetos que alguna vez creyó indispensables. No lo eran. Nada de esto lo era. Cada prenda que doblaba era una despedida silenciosa. Cada caja cerrada, un paso más lejos de lo que alguna vez fue. No sentía nostalgia. No sentía apego. Solo una determinación ardiendo en su interior. Cuando el reloj marcó las cuatro de la mañana, el departamento se veía diferente. Más vacío, más ligero. Como si su presencia nunca hubiera estado allí. Se sentó en el borde de la cama, observando su trabajo con satisfacción. Su mirada vagó por la habitación hasta detenerse en las escasas fotos que aún colgaban en la pared. Apenas unas cuantas, porque Eduardo nunca fue amante de las fotografías. En las pocas imágenes que quedaban, ella sonreía con una alegría genuina, mientras que Eduardo apenas mostraba emoción, su expresión siempre distante, como si cada foto hubiera sido una obligación más que un recuerdo. Se levantó con calma, repasando en su mente cuántas veces Eduardo había esquivado la cámara, cuántas veces ella había insistido en capturar momentos que para él nunca fueron importantes. Se quedó de pie en el mismo lugar, observando las fotos sin tocarlas. No necesitaba arrancarlas de la pared ni destruirlas; su indiferencia hablaba por sí sola. Cerró los ojos por un momento, dejando que la imagen de aquellas memorias quedara en su mente por última vez, antes de exhalar y girarse, ignorándolas por completo. Quedaban pocos días antes de marcharse definitivamente. En otro punto de la ciudad, Eduardo llegó a su oficina arrastrando los pies, con la camisa ligeramente arrugada y el rostro marcado por el cansancio. Se dejó caer en su silla y pasó una mano por su cabello, intentando ordenar sus pensamientos. Había pasado la noche siguiendo a Isabela, observando cada uno de sus movimientos, incapaz de alejarse de ella. Pero lo que había visto lo carcomía por dentro. Había presenciado cómo un hombre se acercaba a ella en el bar de un exclusivo hotel, demasiado confiado, demasiado insistente. Y aunque Isabela había jugado con la situación con su usual coquetería, Eduardo no pudo contenerse. Antes de darse cuenta, se encontró encarando al hombre, con el enojo ardiendo en su interior. La discusión subió de tono hasta que los guardias del lugar intervinieron, obligándolo a marcharse para evitar un escándalo mayor. Ahora, sentado en su oficina, la adrenalina se había disipado, pero el vacío en su pecho permanecía. Había peleado por ella, había demostrado una vez más que estaba dispuesto a todo, pero Isabela solo había sonreído con su típica indiferencia. Y aún así, él no podía dejarla ir. El sonido de su teléfono vibrando sobre el escritorio lo sacó de sus pensamientos. Tomó el dispositivo con manos cansadas y entrecerró los ojos al ver el nombre en la pantalla: Isabela. Abrió el mensaje con rapidez, su corazón latiendo con fuerza, pero su expresión se tensó al leerlo. "Eduardo, quiero una fiesta de bienvenida. Algo elegante. Invita a todos mis amigas y asegúrate de que todo sea impecable. No me hagas esperar demasiado." Apretó la mandíbula. No había un "por favor", ni un "te extraño". Solo una orden disfrazada de exigencia. Pero en lugar de molestarse, sintió un extraño alivio. Isabela lo necesitaba, aunque fuera para organizarle un evento. Y eso, en su mente, era suficiente razón para seguir detrás de ella.
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