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746 Palabras
Eduardo cerró la puerta del salón privado con un golpe seco. Su expresión era una mezcla de furia y frustración, su mirada oscura como una tormenta contenida. Frente a él, Bianca cruzaba los brazos con actitud desafiante, mientras Luana se mantenía en completo silencio, sin interés en la confrontación. —¡¿En qué estabas pensando, Bianca?! —bramó Eduardo, su rostro rojo de furia—. ¿Cómo te atreviste a arruinar la noche de Isabel de esa manera? —¿Arruinar? —Bianca soltó una carcajada incrédula—. ¿De verdad me llamaste aquí para esto? ¿Para defender a esa mujer después de lo que hizo? —¡No tienes idea del desastre que causaste! —Eduardo pasó una mano por su cabello con frustración—. ¿Tienes idea de cómo se ve esto? Ahora todos están hablando de lo que hiciste en vez de la celebración. ¡La expusiste frente a todos! Bianca arqueó una ceja, cruzando los brazos. —¿Cómo se ve esto? —repitió con burla—. ¿Te importa más cómo quedó Isabel frente a los demás que lo que realmente pasó? ¿O prefieres hacerte el ciego, como siempre, y fingir que ella no humilló públicamente a mi cuñada? —¡Eso no justifica la escena que armaste! —gruñó Eduardo—. No debiste reaccionar así. Se podía manejar de otra manera. —¿Ah, sí? —Bianca inclinó la cabeza, retándolo—. ¿Y qué sugerías? ¿Que nos quedáramos calladas? ¿Que Luana agachara la cabeza mientras Isabel la pisoteaba frente a todos? No, Eduardo, no iba a permitir eso. Alguien tenía que ponerle un alto. Eduardo apretó la mandíbula, su paciencia desmoronándose. —No es tu lugar hacerlo —soltó con dureza—. No tienes derecho a decidir cómo se deben manejar las cosas. —¡Claro que lo tengo cuando se trata de mi amiga! —espetó Bianca—. Porque mientras tú te arrastras detrás de Isabel como un perro faldero, alguien tenía que estar del lado correcto. Eduardo la fulminó con la mirada. —Se disculparán —espetó, su tono autoritario cargado de frustración—. No voy a permitir que esto pase desapercibido. Ambas hicieron el ridículo esta noche y no pienso tolerarlo. Bianca soltó una carcajada sarcástica, sin inmutarse. —¿Disculparme? —repitió con burla—. No me hagas reír, Eduardo. Si ella quiere una disculpa, que la busque en otro lado. Yo no voy a rebajarme ante alguien como ella, y mucho menos porque tú lo ordenes. Luana no pronunció una sola palabra. No era necesario. Solo observaba, con una calma inquietante, mientras Eduardo continuaba exigiendo lo imposible. Con cada frase que salía de su boca, con cada intento de justificar lo injustificable, lo veía derrumbarse ante sus propios ojos. El cariño que alguna vez le tuvo se disolvía lentamente, y seguiría así hasta convertirse en nada. No había ira en ella, ni tristeza. Solo vacío, solo la certeza de que Eduardo nunca había sido el hombre que ella creyó conocer. Eduardo sintió que su control sobre la situación se resquebrajaba. —No pueden seguir con esto… —murmuró, pero ya no sonaba tan seguro de sí mismo. Eduardo respiró hondo, pero su furia aún no se disipaba. De repente, dio un paso hacia Bianca y la agarró del brazo con fuerza. —¡Te obligaré a disculparte! —rugió, su tono dejando en claro que no aceptaría más desafíos. El sonido seco de una bofetada resonó en la habitación. Eduardo quedó paralizado, su rostro girado por la fuerza del golpe. Luana había reaccionado, su palma aún en el aire tras impactar contra la mejilla de Eduardo. —No vuelvas a tocar a tu hermana así —dijo con frialdad, su mirada clavada en él con una dureza que nunca antes había mostrado. Bianca se soltó del agarre de Eduardo con un tirón brusco, llevándose la mano al brazo donde la había sujetado. Su expresión reflejaba más decepción que sorpresa. El silencio que se instaló en la habitación fue más denso que antes. Sin mirarlo, Luana tomó a Bianca del brazo y la guió hacia la salida. Ninguna de las dos dijo una sola palabra. No era necesario. Su indiferencia hablaba más fuerte que cualquier enfrentamiento. Eduardo las vio marcharse, sintiendo un vacío inexplicable en el pecho. Esta vez, entendió que había cruzado un límite del que no habría regreso.
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