—Y ahora, ¿Te gustan más? ¿No te parece que están un poco caídas?
—De verdad cielo, dije ahogándome con mi propia baba, son perfectas.
Martina se probó de nuevo el polo, pero sin sujetador. Se adaptaba a sus formas perfectamente, y sin sujetador era una tentación, parecía que sus pezoncitos iban a traspasar la tela.
—¿Te imaginas que vaya así por la calle? Me dijo provocadora.
Apoyó su cuerpo contra mí y su culito se frotó contra mí ya crecida polla. Sacó más su pecho mientras nuestras miradas se clavaban a través del espejo. Mis manos bajo ese polo acariciaban su tripita, tenía una piel extremadamente suave y fueron subiendo hasta alcanzar esos dos globos perfectos de carne. Cerré mis ojos y oí gemir a Patricia.
—Ahhhhhhhhhh…siiiiiiiiiii mi amor…son tuyas.
Martina era pequeñita y menuda, pero con todo muy bien puesto. La alcé y la deje de pie en el asiento del probador. A esa altura sus perfectas tetas quedaban a la altura de mi boca. Le quité el polo y mis manos se aferraron a su culito, pequeño, infantil, delicioso. Mis manos abarcaban ambas nalgas y mis dedos se metían entre sus piernas sobando lascivamente por encima del pantalón su coñito, mientras mi boca succionaba sus pezones y mi lengua lamía sus tetas.
—Paraaaaa mi amor…paraaaaaa. Gemía muy bajito en mi oído Martina. No podemos seguir aquí, nos van a llamar la atención. Sal fuera y espérame.
Con cariño, pero con firmeza me separó de ella y me hizo salir. Me quedé mirando la puerta aturdido, lo que llevaba deseando hace meses desde que me fijé por primera vez en esa niña estaba ocurriendo.
No habían pasado más de treinta segundos cuando una dependienta apareció y me sonrió.
—¿Todo va bien? ¿No le gusta como le queda? Preguntó interesada.
—Bueno creo que le queda bien, pero no sabe por cual decidirse, ya sabe cómo son las adolescentes.
—¡TE ESTOY OYENDO! Dijo Patricia desde el interior.
La dependienta y yo nos echamos a reír y en ese momento apareció esa delicia de niña, roja como un tomate.
—Ufffff, que calor hace ahí dentro. Dijo saliendo del paso. Me gustan los dos, ¿Me los puedo llevar?
—Claro cariño, no hay problema.
—¡¡Ayyyy!! Gracias papiii.
No sé por qué ese "papiii" me resultó morboso a mas no poder. En ese momento es la imagen que dábamos, la de un padre y una hija que habían ido a comprar. La dependienta me sonrió y salimos de los probadores con Martina agarrada de mi brazo, me metió por uno de los pasillos y me paró, me miró enfebrecida y me besó con lujuria.
—¿Puedes hacer la compra mañana? Te juro que vengo a ayudarte, pero ahora llévame a tu casa.
Hasta dejé el carro con el euro metido dentro y las dos prendas que se había probado, la agarré de la mano y a la carrera bajamos al aparcamiento. Dentro del coche me volvió a besar con furia, su manita se fue directa a mi entrepierna, frotándome la polla, la mía siguió el mismo camino entre las piernas de Martina que me recibió con un gemido largo, estaba ardiendo y sus pantalones estaban húmedos.
—Vámonos, dijo excitada, vámonos que si no te voy a follar aquí mismo.
Nunca he corrido tanto como esta vez, hasta creo que me salté algún semáforo, pero me daba igual solo quería llegar a casa desnudar a esa náyade del deseo y hacerla mía. Martina me miraba como una loba enjaulada, se mordía el labio y jugaba con su manita entre sus piernas, era la viva imagen del deseo.
Cuando entramos en casa nos abrazamos mientras nuestras ropas volaban. Cuando tuve en mis manos su tanguita aspiré su aroma, olía a gel de baño y a hembra excitada. Nos quedamos completamente desnudos admirándonos. Martina era perfecta, hasta el mínimo detalle, pero cuando ella me vio desnudo a mí se maravilló.
—Joder Samuel, me encanta, pareces un adonis…y ¡¡DIOOOS QUE POLLA!! Exclamó agarrándola con sus manitas, ¡¡ESTO NO ME VA A CABER, ES ENORME!! Dijo asustada.
◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇◇
—Veras como te entra entera cielo, confía en mí.
Le agarré de su perfecto culo y la levanté, ella me abrazó con sus piernas mientras sus brazos se aferraban a mi cuello nos besamos con pasión hasta quedarnos sin aire mientras iba camino de mi dormitorio. Cuando la tumbé en la cama ella retrepó hasta quedarse en medio y abriéndose de piernas me llamó con sus brazos extendidos para que me tumbase encima de ella e hiciésemos un misionero. El coñito de Martina era una preciosidad como lo era todo en ella. Lampiño, cerradito, pequeño, rosadito, brillante de la excitación que la embargaba en esos momentos. Por mi me hubiese amorrado a ese coñito, y me hubiese bebido todo lo que salía de él. Martina me miraba casi rogándome que la follara. Me puse de rodillas entre sus piernas y pasé mis dedos por esa rajita que despedía fuego. Martina arqueó su espalda y ya me lo suplico.
—FOLLAME POR LO QUE MAS QUIERAS…FOLLAMEEEE.
Pensé que le iba a hacer daño. Veía el tamaño de mi polla y su v****a que parecía de juguete, muy cerrada, pero fue poner mi glande sobre su rajita y se abrió como una flor. Hice algo de presión y mi polla empezó a entrar en ella sin ningún tipo de impedimento, poco a poco, abriéndola, notando como su sexo se aferraba a mi polla, pero permitiéndome entrar sin problema. Veía las expresiones de la carita de Martina, eran de placer, de un placer extremo hasta que estalló.
—Sigueee…no pareeees…sigueeeee…sigueeeeeee…joder…joder me corro, me corrooooooh
Martina temblaba como una hoja mientras se corría como una gata herida. Notaba las contracciones de los músculos de su v****a impidiéndome avanzar, todavía quedaba un buen trozo de polla fuera, pero según se relajó enroscó sus piernas en mi cintura y con sus pies me conminaba a llegar hasta el final. Un golpe de caderas y mis pelotas rebotaron en su perfecto culo. Mi cuerpo estaba encima de ella y me tenía muy abrazado, abrió mucho sus ojos y volvió a correrse.
—Diooooos…que gustoooooooh…siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
Martina buscó mi boca y nos besamos como dementes. Su coñito apretaba mi polla de una manera que me costaba concentrarme para no correrme, me quemaba, me abrasaba en su interior, mientras sus caderas se movían frenéticamente. Empecé un lento bombeo haciendo algo de presión en su punto G al meterla, eso la volvió loca, volvió a correrse otra vez y otra y otra más, mi niña gemía herida de placer, llevábamos cerca de una hora y ya se había corrido un montón de veces y mi aguante empezaba a traicionarme.
—Para…paraaa…no puedo más, estoy rota, déjame…déjame descansar. Decía fatigada.
Me incorporé y saqué mi polla de su interior. Con la excitación del momento ni me había puesto un preservativo, lo estábamos haciendo a pelo. Me tumbé a su lado, ella se giró y se hizo un ovillito pegada a mí, la abracé con cariño y casi se quedó dormida en el acto. No os voy a mentir, eso me jodió soberanamente, tenía mi polla a punto de explotar y mis huevos llenos de leche y cuando estaba a punto de correrme va y se duerme, pero tampoco voy a negar que me encantó tenerla desnuda y poder follármela a placer. El sopor me pudo y yo también me traspuse.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando noté algo muy placentero en mi polla y mis huevos, mire el reloj de la mesilla y todavía eran las siete y media. Martina jugaba con su manita y me tenía la polla como el asta de una bandera mientras la masturbaba con lentitud. Bese su cabecita y ella me miró risueña.