Lucinda se quedó observando el rostro de don Eusebio, se veía muy angustiado, sus ojos reflejaban desesperación, por un momento sintió lástima por él, no obstante, al recordar el dolor que le hizo pasar a Cristal, desistió de compadecerse, porque después de todo, se lo tenía bien merecido por haberse comportado de manera déspota y cruel con la chica. —No tengo la certeza, aunque sí mis sospechas, pero no estaríamos ante esta situación, si no es por culpa suya, debió escuchar primero, no dejarse arrastrar por el enojo —cuestionó la mujer, sus palabras provocaron que los hombros del hombre cayeran como clara expresión de derrota. —Por favor señora Lucinda, no siga arrojando más sal a mi herida, suficiente tengo con mi propia conciencia, la cual me aguijonea día y noche por mi comportamient

