IIFederales
Esta historia no es más que una simple teoría, y no debe ser confundida con la realidad, pues sólo intenta explicar una de las tantas razones para luchar durante la Guerra Civil que encarnizó a las Provincias Unidas del Sud.
González Rivadavia fue prácticamente obligado en abandonar su puesto como presidente. Las provincias unidas quedaron separadas en dos ideales de gobierno: Federales y Unitarios.
(Combate)
El sargento Sánchez despertó con los primeros rayos solares, salió de su tienda ordenando a sus 30 soldados unitarios, asegurar el perímetro y relevar a los 30 soldados que custodiaron durante toda la noche. Los soldados unitarios cabalgaron al sitio de relevo, mas sólo hallaron 30 cuerpos destrozados que servían de alimento a los caranchos.
Cuando los mismos soldados regresaron, narraron lo visto al sargento quien dijo: “Monten guardia de a cinco hombres y preparen un relevo cada media hora, los quiero bien despiertos".
La noche embravecía los corazones al obscurecerlo todo; mientras en el campamento unitario encendieron una fogata intentando combatir al brutal frío y la desesperación de las sombras que engañaban la vista haciendo creer que los enemigos acechaban.
El sargento no lograba pegar los ojos, sabiendo que él y sus treinta hombres no tendrían oportunidad en un enfrentamiento. No lograba evitar pensar, así que halló el consuelo escribiendo estas líneas en un pedazo de papel, hundió la pluma en la tinta, comenzando:
“Soy el sargento Norberto Marcelino Sánchez de los ideales unitarios. Escribo estas líneas, intentando hallar el consuelo interior, ya que puedo asegurar que no podremos ver la luz de otro día. El solo hecho de pensarlo me provoca una gran desesperación, mas soy un militar y no debo demostrarlo. Afuera mis hombres creen que lograré encontrar una solución a este laberinto sin salida. Sólo puedo estar seguro de algo, moriré con honor enfrentando mi destino".
Dejó la pluma en el tintero, colocó su sable en su cinto y tomó su pistola.
(Afuera)
De entre las sombras atacaron el campamento 50 soldados federales. Mientras la dura y desigual batalla se alzaría; dos soldados federales se abrieron paso llegando a la tienda del sargento unitario, quien les disparó desperdiciando su única bala ya que falló, desenvainó su sable diciéndoles: “Federales, no son más que bárbaros y salvajes".
Uno de los soldados le contestó: “Habla de barbarie, hace años antes de la guerra, usted asesinó a nuestro hermano mayor Horacio Celpic, ¿No lo recuerda?. Mi nombre es Francisco y será un honor asesinarlo".
El segundo soldado añadió: “Yo soy Omar, el destino nos trajo aquí para matarlo".
Los dos hermanos federales se enfrentaron con furia al sargento unitario. Pero el duelo culminó, cuando los dos hermanos traspasaron simultáneamente el estómago del sargento, dejándole sus sables incrustados, mientras el sargento cayó arrodillado y de su boca brotaba sangre en un intento desesperado por respirar, cayendo al fin sin ningún ápice de vida.
Como era de esperar, los federales arrasaron con los 30 soldados unitarios.
Los hermanos Celpic admiraban el cadáver ensangrentado de aquel sargento. Los dos cayeron de rodillas en torno al cuerpo de aquel oficial y tomando de sus cinturones los puñales, con sus ojos llenos de furia desmembraron al muerto guiados por el calor del sentimiento ya que sus mentes permanecían en blanco.
Los dos hermanos salieron de la tienda de campaña con sangre en sus uniformes, y empuñando sus puñales. Los federales les permitieron el paso en señal de respeto por haber acabado con el lider de aquel campamento unitario. Luego los federales tomaron pólvora, municiones así como también objetos personales de los cuerpos como botín de guerra.
De regreso en el campamento federal, al cual tardaron día y medio en regresar, llegando cuando el sol caía. El teniente Máximo Rosales felicitó con fervor a los soldados por la hazaña cumplida, junto con los cuarenta guardias; los hermanos Celpic regresaron a sus tiendas, sin hablar con nadie.
Se lavaron las manos y el rostro, encendieron una fogata, alejados de los demás soldados, dedicándose a limpiar sus sables llenos de sangre y sus puñales. Mientras los afilaban el teniente se acercó, ellos ignoraron su presencia mas éste de todos modos hablaría: “Los soldados me confesaron que ustedes acabaron con el oficial unitario. Debo felicitarlos".
Omar continuaba con su tarea, afilar su puñal: “Era algo personal. No tiene porque felicitarnos".
«De acuerdo, la táctica militar fue creada por ustedes, -añadiendo el teniente- tranquilamente podría ascenderlos ahora mismo»
«Somos soldados -propinó Francisco- y seguiremos siéndolo»
«Procuren descansar» -dijo el teniente-
Los hermanos prepararon sus bayonetas, apagaron la fogata, pero antes de ponerse en pie para retirarse a sus respectivas tiendas comenzaron una charla.
«¿Qué sentido tiene continuar en esta guerra? -inició Omar- Ya acabamos con el asesino de nuestro hermano. Eso era lo único que nos motivaba. No nos alcanzó con matarlo, lo desmembramos»
«Si quisiéramos podríamos desertar y que nos fusilen. A ninguno de los dos nos importa quién gane esta guerra. ¿Quieres saber por qué continuaremos luchando? Porque la sangre se ha vuelto una adicción para nosotros»
«Tienes razón, somos lo que elegimos ser. Somos asesinos y en esta guerra podemos desahogar la furia que reina en nosotros»
(Una semana después)
El campamento fue mudado uniéndose con dos tropas federales, estableciendo su nuevo campamento. Dos días más tarde un ejército de unitarios atacó por sorpresa al campamento federal, detrás de sus tropas unitarias montados en caballos pintos aguardaban cuatro oficiales, dos tenientes, un coronel y un cabo.
Los hermanos Celpic tomaron sus bayonetas blandiéndolas como extenciones de sus brazos, luchando codo a codo, abriéndose paso hasta los oficiales.
Omar levantó su bayoneta, efectuándole un disparo en el pecho del cabo unitario, luego corrió tomando de las riendas al caballo de este montándolo, dirigiéndose a todo galope sobre el coronel, al cual le lanzó su bayoneta traspasándole el estómago.
Francisco intentó dispararle a uno de los tenientes, pero su disparo fue entorpecido por el golpe de un soldado unitario, luego de asesinar a éste se dio cuenta que su disparo hirió en un hombro al teniente. El teniente cabalgó para atacar a Francisco, quien giró para tomar impulso desenvainando su sable cortando a la mitad al teniente unitario, Francisco se apropió del caballo de éste, cabalgando junto a su hermano hasta que juntos alcanzaron al teniente restante que intentaba escapar. Los tres lucharon sobre sus corceles utilizando sus sables, mas el teniente unitario se descuidó intentando detener el ataque de Omar, Francisco le arrancó la cabeza al teniente de un solo tajo.
Varios federales fueron asesinados, pero los unitarios se vieron obligados a retroceder tras la muerte de sus oficiales.
El campo de batalla, no era más que un reguero de sangre sobre el pasto seco del invierno y los cuerpos yacían uno cerca del otro en un campo extenso. ¿Cuál sería el sentido de una batalla? Si al final se fallece al lado de la persona que más se odia. Federales y Unitarios, los cuerpos de los caídos mezclados, su sangre roja derramada, recordando a los sobrevivientes que son hermanos de una misma Nación, luchando entre ellos. Todo eso pensaron los hermanos Celpic, mientras cabalgaban de regreso al campamento, observando con mirada perdida al campo de batalla.
Caía la noche y en su tienda el teniente Máximo Rosales era asistido por el médico, mientras ardía en fiebre en su cama, debido a un disparo que recibió en el pecho. A pesar de que el médico logró sacar la bala, estaba seguro que el teniente no sobreviviría después de esa noche.
El teniente exigió la presencia de los hermanos Celpic, en cuanto ellos llegaron a la tienda el teniente pidió que los dejaran solos, y una vez cumplida su orden él mirando a los hermanos: “Siéntense a mi lado".
Los hermanos se alcanzaron dos taburetes, posicionándose cerca de la cama del teniente quien hablaría: “Tranquilamente... podrían ser generales. Sean francos ¿Por qué no lo desean?".
«En toda guerra, en esta, en las que fueron y en las que vendrán, -diría Omar- más allá del cargo militar los que en verdad importan, los que juegan la vida en cada batalla son los soldados. El mandar no nos importa, solamente luchar, aunque en cada batalla nos acerquemos a la locura»
«Jamás..... en toda mi vida, tuve una respuesta tan franca. Nadie jamás supo de esto y sólo ustedes lo sabrán, yo fui y soy un “Dragón de Oro", un emisario en tareas especiales que responde directamente a Juan Manuel De Rosas. Fui el primero y el único, hasta que los conocí a ustedes -señalando su mesa- abran el cajón»
Francisco se encargó sacando un paquete con los nombres de su hermano y de él, se volvió a sentar y al abrirlo halló dos medallones de oro con forma de dragón.
«Cada cosa.... que hacían -prosiguió el teniente- me convencía acerca de que ustedes deberían ser parte. Le escribí una carta a Rosas hablándole acerca de ustedes y hace una semana me envió este paquete, utilícenlos y ocultenlos debajo de sus uniformes -los hermanos lo hicieron- también hay una carta dentro del paquete, leanla luego y jamás le cuenten a nadie de esto»
«¿Por qué confiar en nosotros? -preguntó Francisco- No nos conoció más allá de nuestras luchas en combate»
«Con eso bastó.... Para mí. No existe persona perfecta, más allá que el oro y aún así pierde su valor cuando se lo posee y conoce. Lo perfecto es lo que no se puede tener y produce envidia y admiración ante los demás. Ustedes son los indicados»
Sintiendo la muerte cerca el teniente miró a un costado de la cama: “He aquí, el final de mis días".
Falleciendo, manteniendo la mirada fija hacia el costado de la cama.
Francisco le cerró los ojos, tomaron la carta del interior del paquete y depositaron el paquete vacío en el cajón de la mesa. Abandonaron la tienda, dando la noticia del fallecimiento del teniente.
Francisco y Omar se retiraron a sus tiendas las cuales estaban alejadas del resto del campamento federal. Encendieron una fogata y a su calor se dedicaron a leer la carta en silencio y entre los dos. Al abrir el sobre lacrado leyeron:
“Los informes del teniente Rosales sobre ustedes señores Francisco y Omar Celpic, me ha hecho tomar la decisión de que sean mis dos nuevos Dragones de Oro. Con ustedes son cinco y no serán adheridos más. El primero fue y es Rosales, los otros dos son dos soldados de nombres: Horacio Laville y Luis Miraldi. A su debido tiempo se conocerán".
Juan Manuel De Rosas
Cuando acabaron la lectura arrojaron la carta a la fogata. Y mientras contemplaba el fuego Omar habló: “Tenemos que descansar".
«Descansa tú, yo apagaré la fogata»
(Seis noches transcurrieron)
El campamento unitario descansaba y sus guardias merodeaban sin descanso, fue entonces cuando un ejército de federales atacó por sorpresa, montando caballos veloces, acabando con todo unitario que se encontrase en este campamento.
Dos días después en el campamento federal, donde se encontraban los hermanos Celpic, llegó un ejército de federales para unírseles dándoles la noticia que en su paso acabaron con un grupo de unitarios.
Los hermanos Celpic se encontraban en sus tiendas, cuando un soldado les avisó acerca de dos soldados que vinieron en el nuevo ejército y deseaban conocerlos. Ellos salieron de sus tiendas preguntándole al soldado, como se llamaban aquellos soldados y éste respondería: “Horacio Laville y Luis Miraldi".
El soldado los presentó y los dejó para que hablaran. Los hermanos Celpic les exigieron marchar al lugar donde situaban sus tiendas. Estando fuera del alcance de los oídos ajenos. Una vez allí Laville: “¿Tienen algo para garantizarnos, que son a quienes buscamos?".
«Depende, -diría Francisco- si ustedes poseen algo que deban enseñarnos»
Los cuatro comprendieron enseñándose sus medallones y ocultándolos de prisa sin que nadie más los viera. Entonces Omar: “¿Cómo supieron encontrarnos?".
«Recibimos cinco días atrás un sobre lacrado, que nos informaba acerca de dos nuevos soldados que formaban parte de esto -admitiría Miraldi- allí nos daban sus nombres y su apellido ubicándolos en el nuevo campamento federal, al cual nos uniríamos, supuestamente los encontraríamos junto con el quinto “dragón", el teniente Máximo Rosales»
«Lamentablemente, -respondería Francisco- el teniente falleció hace nueve días. Esta última noticia ya debe haber llegado a oídos de quien ya saben; así que ahora debemos aguardar»
Los meses transcurrieron, mientras los gobernantes se sucedían incansablemente el control de las provincias un guerra, las cuales nadie quería gobernar.
En un campo abierto se libró una enorme batalla aflorando los chillidos penetrantes del acero y los disparos penetrando en los cuerpos de hermanos de una misma Nación.
En esa batalla se encontraban los hermanos Francisco y Omar Celpic junto a Horacio Laville y Luis Miraldi. Los cuatro luchaban codo a codo blandiendo sus bayonetas, disparando a oficiales, para desenvainar sus sables, separándose por la interminable lucha de caracteres duales, pues era ardiente como fuego y a la vez fría como la sangre derramada.
Omar tuvo su oportunidad, divisando un general montado en su caballo luchando como fiera embravecida. Omar envainó su sable, tomando una bayoneta situada al lado del cuerpo sin vida de su anterior dueño; apuntó con firmeza, efectuando su disparo al corcel, provocando que el general unitario cayese de éste. En cuanto el unitario se levantó, Omar corrió tomando impulso lanzándole la bayoneta con furia, traspasándole el cuello a tal oficial.
La batalla concluyó en un simpar de vidas y cuerpos ensangrentados en el campo. ¿Quién ganó esta batalla? Si vidas se perdieron de ambos bandos. Esto pensaban inconscientemente los hermanos Celpic, sintiendo que ya nada poseía sentido y sus corduras se iban entorpeciendo con cada gota de sangre derramada por sus enemigos.
Treinta y seis días después en el nuevo campamento federal llegó una carta lacrado, dirigido a los hermanos Celpic, Miraldi y Laville.
Los cuatro se reunieron alejados del resto del campamento, al abrirlo hallaron una nota junto con una orden oficial para presentar a su oficial superior y retirarse al pelotón de fusileros de Buenos Aires donde formarían parte de estos. La nota por otro lado decía:
“Ahora que sólo poseo cuatro de mis cinco hombres de confianza, deberán cumplir una orden única. Ustedes, mis Dragones de Oro, serán los encargados de garantizar el orden; es tiempo de que yo gobierne. Presenten esta orden ante su oficial y a caballos marcharán hacia Barranco Yaco, poseen ocho días de ventaja, su misión es acabar con el Brigadier General Juan Facundo Quiroga. Es transportado en un carruaje. Una vez cumplida su misión nos encontraremos en la Estancia San Genaro cerca de Azul".
Juan Manuel De Rosas
Ellos destruyeron la carta, presentando la orden que los autorizaba a abandonar el campamento federal.
A lomos de caballos veloces se dirigieron a su objetivo, con proviciones y armas, sin dejar de vestir jamás sus uniformes.
Ocho días después en Barranco Yaco, un carruaje cruzaba el camino, cuando unos disparos asesinaron al cochero y los postillones. El carruaje se detuvo lentamente, tras lo que dos jinetes se interpusieran a su paso y otros dos por detrás, siendo estos: Miraldi, Laville y los hermanos Celpic. Quienes desmontaron tomando sus pistolas acercándose al carruaje. Gritando a vivas voces Omar propinó: “General Quiroga, salga. No tiene escapatoria".
Dentro del carruaje, Quiroga cargaba con nerviosismo su pistola, pensando en las dos personas que viajaban con él.
Quiroga sacó la mitad del cuerpo por la ventana del carruaje, intentando efectuar su único disparo, pero Omar le tomó el brazo provocando que su disparo se efectuara al aire, mientras que Francisco le disparó asesinándolo de un disparo en un ojo.
Laville abrió la puerta del carruaje encontrándose con un niño aterrorizado y al secretario de Quiroga, quien les dijo: “Son Federales y aun así asesinaron a un lider federal. ¿Por qué?".
«Porque sólo uno podrá mandar» -diría Laville-
«¿Quienes son?»
«Dragones de Oro»
Tras esto Laville disparó al secretario en el pecho. Miraldi le disparó al niño alegando ante sus compañeros: “¡Él nos vio y era un testigo!".
Los cuatro sin sentir ninguna culpa recolectaron sus armas utilizadas y montaron, cabalgando lejos de allí.
(Tiempo después)
Al encontrarse personalmente con Juan Manuel De Rosas, quien luego de ofrecerles su hospitalidad les dijo lo siguiente: “Han hecho un enorme bien a la patria, bajo mi gobernación las Provincias Unidas resurgirán".
«¿Quién pagará por el atentado al General Quiroga?» -preguntó Omar-
«Está arreglado, escribí una carta hace algunos días dirigida al capitán Santos Pérez, pidiéndole que él, cuatro oficiales y 28 soldados marchen a Barranco Yaco, por lógica llegarían casi seis horas después de que ustedes se marchasen. Soborné a un correo y un ordenanza que viajaban rezagados de la caravana para que atestiguaran que esta tropa fue la encargada de asesinar a Quiroga»
(Un tiempo después)
Los hermanos Reinafe, el capitán Santos Pérez, los cuatro oficiales y tres soldados de entre toda la partida fueron condenados a muerte.
Juan Manuel De Rosas, asumió el cargo de gobernador de Buenos Aires, convirtiéndose en el único lider federal absoluto.
Laville, Miraldi y los hermanos Celpic formaron parte del batallón de fusileros en la provincia de Buenos Aires.
¿Qué es lo que siente un soldado al cumplir una orden? ¿Qué los motiva a hacer estas cosas? Solamente es la locura desatada por la sangre, el odio y la muerte de seres amados, tras una guerra que ellos no elijen y sólo benefician a los superiores que se regocijan con el poder y la gloria alcanzada por los verdaderos valientes, aunque se equivoquen, siempre los que se juegan la vida en cada batalla serán los soldados. Todo esto fue lo que pensó una noche de verano Omar Celpic, teniendo presentes las pesadillas que los acompañarían el resto de su vida.