Haciendo un esfuerzo, ella enfrenta la cabeza de la almohada. - ¿A qué hora quieres que nos levantemos? - Me gustaría salir temprano. - ¿Cómo de temprano? —Preguntó ella, mirando su reloj. Sólo eran las una vez de la noche, pero le parecían las tres de la mañana. - Querría estar en la carretera a las siete. - ¿A las siete de la mañana? Dante tardó una carcajada. La risa del hombre era tan masculina que Helena tuvo un escalofrío. - Puedo subirte un café para que te despierte. - Un litro, por favor —murmuró ella, dejando caer la cabeza sobre la almohada de nuevo—. Sólo y sin azúcar. - Sí, señora afectados él, volviéndose hacia la puerta—. Buenas noches, Helena. - Buenas noches. - Cierra la puerta antes de que te quedes dormida. - Sí, mi capitán. Pensó que lo había oído reír de

