Esa última despedida me quebró por dentro. Lloré todo el camino hasta la parada de taxis, en el aeropuerto, en el avión y en el taxi de regreso al pent-house. Lloré como una desgraciada por un hombre que se convirtió en mi más grande imposible. Esa tarde subí el ascensor y dejé las maletas en la habitación. Samantha no estaba por ninguna parte, así que me lancé en la cama. Extraje el collar y lo apreté en mi palma derecha. Apreté la almohada en mi pecho y recordé cada segundo que estuvimos bajo la lluvia, las lágrimas resbalando por sus mejillas, esos ojitos entristecidos, el temblor en su labio inferior y el sabor de ese beso con aroma a asfalto mojado. Si cerraba los ojos podía sentir sus manos en mi espalda, sus dedos en mi mejilla, el roce de su nariz en la mía y ese aroma a la madera

