Con Maximiliano Hartnett siendo un hombre perseguido por la justicia tras la muerte de tres personas inocente, se posó sobre mis manos la responsabilidad de mantener los lujos a los que estaba acostumbrado. La noche del robo, cuando llegué a casa y Clarice dormía, él me llamó por la línea segura y atestó la bocina de insultos sobre mis pocas bolas. Reiteró una y otra vez, que si no hacía lo que él demandaba, no volvería a ver a mi novia, sin mencionar que me delataría con la Interpol. —No puedes hacerme eso —refuté con ira en mis palabras—. Si tú abres la boca para delatarme, yo también tengo muchas cosas que decir sobre ti. —Ya maté a varias personas Leonard. ¿Crees que me intimidas? —Si yo abro la boca, jamás volverás a ver a tu hijo y Andrea se irá de tus manos, tal como quieres —ame

