47 El sol estaba claro como clara de huevo montada y se reflejaba en el agua del Naviglio creando esquirlas de calor dispersas como estelas de cometas. Como en un espejo, las persianas de las casas se asomaban y coloreaban de verde, rojo y amarillo la superficie apenas rizada. Poco viento, frío y desapacible, aire estratificado por el dióxido de carbono, mascarillas anudadas en torno a las bocas para intentar filtrar las partículas emitidas por los tubos de escape, pero también y sobre todo por las tres chimeneas de las incineradoras que se veían desde todos los puntos de la Ciudad. El horizonte terso y aquel cielo alto permitían vislumbrar algunas columnas de humo n***o, altas y densas: lejanas y, por tanto, no particularmente dignas de mención. El sábado por la mañana, el paseo por el b

