25 La voz a su espalda lo detuvo y, sólo porque los dos tenían en verdad algo que ocultar, los hizo detenerse al instante. «¡Eh, chico! Pero, ¿de verdad no quieres despedirte de tu perro? Me había parecido que lo querías mucho». Iac tardó un poco en contestar, pensó que podía ser una excusa y, mientras que esa vez Lira habría preferido apretar el paso, decidió, en cambio, volverse. En la total obscuridad, el camino sólo estaba iluminado por las luces de los grupos electrógenos y los faros. Vio una sombra baja y, sin estar seguro, pensó con toda su voluntad que era Nero. El hombre estaba a contraluz y, por un extraño juego de refracciones, devolvía el resplandor de los faros-piloto cosidos en su uniforme. Estaba agachado y ayudando al animal a sostenerse, pero éste no lo conseguía. La c

