Después de un silencio abrumador el hombre caminó hasta ella con esa sonrisa aborrecible que tenía. —Voy a liberarte amor, no sé porque estos estúpidos te encadenaron. Tabbee no abrió la boca sólo lo miró cohibida sin embargo no se removió en absoluto. El hombre hizo lo prometido y al estar libre Tabbee masajeó sus muñecas sin apartar la mirada de él. —Estás muy callada —dijo con sorna—, cuéntame lo que pasó en L’enfer.— ¡Yo no quise entrar ahí papá lo sabes, nunca lo haría, me llevaron dormida! La sonrisa siniestra no abandonó la cara de su progenitor causándole un feroz estremecimiento de miedo. —Lo sé, sin embargo tu hermana se ha quedado en ese lugar ¿Por qué? —Ellos la han engañado padre, esos monstruos dicen ser pacíficos y ella le contó una estúpida historia con la cual la en

