Theo Desde mi cama del hospital, el tiempo empezó a sentirse distinto. Ya no era ese enemigo silencioso que se arrastra lento entre el dolor y la incertidumbre, ahora los días tenían forma, rutina… y un nombre Adriana Ferrer. Cada mañana despertaba con su presencia antes incluso de abrir los ojos, su voz baja hablando con las enfermeras, el roce de sus dedos acomodando la sábana, el beso suave que me dejaba en la frente creyendo que seguía dormido. Yo fingía que lo estaba, porque nada me daba más paz que saber que ella estaba ahi. Verla caminar por la habitación con esa nueva luz en los ojos —esa mezcla de fortaleza y fragilidad que solo ella tenía— me hacía entender de golpe la magnitud de todo. No solo había estado a punto de perderla… ahora también estaba a punto de ganar algo q

