Amaya —¿Qué demonios estás haciendo? —le pregunté molesta, aterrada por la situación que para mí era inaudita. —Te estoy haciendo una promesa —dijo con calma y cuando menos lo esperé, tomó mi mano y de un movimiento rápido la cortó y me hizo sangrar—. En mi familia, hacemos los tratos con sangre y la quemamos como símbolo de que se va a llevar a cabo. Sin pensarlo mucho, me hizo caminar hasta el otro lado de la biblioteca, ahí encendió una maldita vela y escribió el acuerdo, uno que era demasiado simple para ser verdad: Prometo respetar los deseos de mi esposa. A simple vista se podía tomar como algo lindo, hasta romántico, pero era una conducta inapropiada con la que estaba dudosa de lidiar por completo, para ser sincera, por no decir honesta de verdad. —Por favor, no hagas esto…

