*Editado
No podía creer que esa chica sintiera lo mismo que yo, para mí los libros habían sido un escape de la realidad, aún lo son, los libros eran mi refugio cuando las cosas no estaban bien, desde pequeño, la biblioteca que crearon mis bisabuelos fue el bunker en el que me ocultaba de todo lo que me hacía mal. Y aun lo era, cuando las cosas se ponían difíciles, mi escape era encerrarme dentro de estas paredes. El olor a libro era mi aliciente, y cuando no quería que mis padres supieran lo que estaba haciendo, me escondía entre los estantes, me sentía protegido y comprendido por los personajes de los libros que tan fervientemente leía.
Hay muchas cosas que mis padres no saben de mí o tal vez si, pero no quieren aceptarlo, la gente comenta muchas cosas en las calles, me señalan por cosas que piensan que he hecho, y por desgracia esas algunas de esas historias son ciertas, no me siento orgulloso de ser lo que soy, ni de mi pasado. Lastimosamente, había tenido que ocultar muchas situaciones a ellos para protegerlos o para no hacerlos sufrir, a ellos que me lo habían dado todo. Pero ser quien soy no es motivo de felicidad. Mi pasado y mi presente están totalmente manchados, estoy sucio, podrido por dentro. Soy un malnacido, alguien que no merece vivir, y si decidí seguir existiendo es por no causarles más dolor a ellos, no porque quiera hacerlo. Aunque, a la larga, va a ser la solución a todos sus problemas. Dejarán de tener un hijo al que todos le tienen miedo, de quien nadie quiere saber y con quien nadie quiere tener problemas. Muchos dicen que soy un monstruo, y tal vez tengan razón. Estos pensamientos me atormentan cada vez que llegan a mí, me castigan, me vuelven polvo.
Sofía, otra vez ella, sería bueno despejar la mente un rato, una buena cogida y listo. Los hombres del pueblo dicen que es buena en la cama, nunca lo he hecho con ella; debería aprovechar, la vieja me tiene ganas prácticamente desde que llegó al pueblo, según lo que se rumora por ahí, fue una prostituta desde muy joven, cuando logró escapar llegó al pueblo, ha durado cinco años, la pobre tiene veintitrés, no ha conseguido trabajo donde no se haya acostado con su jefe o compañeros, y ahora resulta que voy a ser uno más de su lista. No es que me importe, pero me parece asqueroso acostarme con una mujer con sus antecedentes, aunque las ganas y la necesidad eran mayores en ese momento.
Dejé de pensar y pasé a la acción, la tomé en mis brazos y sentí sus senos, grandes y firmes, puse mis manos en su culo, se sentía tan bien, por más que ella quisiera no dejé que me besara, no permitía que ninguna de las mujeres con las que me acostaba me besara, era una forma de castigarlas, de hacerles saber que yo no era de su propiedad. Comencé a tocar su cuerpo, ella gemía y se restregaba contra mi cuerpo, tuve que empujarla a los baños por el ruido tan obsceno que hacía, alguien podría escuchar y venir a ver qué estaba pasando o peor, decirle a mi padre, puse seguro y la toqué, la toqué como un desesperado, pero solo tenía unos ojos en mente, una sonrisa, ¡NO!, aparte a Sofía de un empujón, no podía, ella estaba allí, esa mujer, la última mujer con la que estuve, ¡no, no, no, no! ¡Sal ahora mismo de mi cabeza! Sofía me miraba confundida, pero no podía decirle nada, juré nunca decir nada.
Era un recuerdo que me atormentaba, que jugaba sucio cada que quería estar con una mujer. La veía, su cuerpo, su sonrisa, sus ojos. Sus malditos ojos que me llevaban a la locura. Llevaba meses sin poder sentir el cuerpo de una mujer, sin poder recorrerla. No pensé que ese suceso tan asqueroso generara traumas en mí. Pero la primera vez que quise estar con alguien más después de eso, no sacaba su voz y su mirada miel de mi cabeza. ¿Qué me había hecho esa mujer? Quisiera saber si alguna vez podría dejar de pensar en ella, podría dejar de verla. Me generaba repulsión solo imaginarla. Sofía estaba alisando su ropa y solo fruncía el ceño, me miraba recelosa, esperaba una respuesta de mi negativa a estar con ella. Pero no la tendría.
Sofía se acercó despacio y puso sus manos en mi pecho
-¿Qué sucede amor? ¿Te da miedo que alguien nos descubra?- Pasaba sus sucias manos por mi pecho, arriba y abajo, tocaba mi cabello e intentaba rozar sus labios con los míos. Jamás dejaría que esa maldita zorra me besara, había pasado por todos mis amigos, conocidos y borrachos del pueblo. Por unas míseras monedas era capaz de lo que fuera.
-Mira Sofía, sinceramente tu reputación me genera asco, me da náuseas pensar en que pongas tus labios sobre los míos, me da escalofríos que alguien se entere de que tu y yo tuvimos algo. Dejémoslo hasta acá. No me jodas más la vida-. Sofía solo abrió sus ojos sorprendida de mis palabras. Luego de esto, solo pude sentir un golpe en mi mejilla y como abría la puerta y la azotaba fuertemente. Sí, lo sé, soy un hijo de puta. Pero ese recuerdo me enloquece, además no quiero arruinar mi reputación. Acostarme con la puta del pueblo solo haría que los demás se burlaran. Tanto que me había negado y por fin había caído en las garras de esa pequeña brincona.
Por un momento la imagen de Victoria llegó a mi mente, sus ojos, sus pecas, su sonrisa, sus hoyuelos. ¡Dios! ¿Cómo alguien podía ser tan tierno y tan sexy a la vez? Era imposible comparar su belleza con algo más, era inexplicable. Y esos sentimientos que se veían tan puros cuando recorríamos la biblioteca. Su mirada impresionada de todo cuanto la rodeaba, sus labios curvados en perfecta armonía con su rostro. Me estaba enloqueciendo pensar en ella, pero no podía dejar de hacerlo. Era perfecta en todo el sentido de la palabra. Aunque cuando hablamos de los libros, pude notar un dejo de tristeza en sus cafés iris. Hubiera preferido que se quedara conmigo en vez de que hubiera llegado Sofía. Pero ya era tarde.