El entrenamiento entre Elena y Aiden no fue una idea impulsiva. Surgió como surgen muchas cosas en ese nuevo equilibrio: como una sugerencia que nadie formuló en voz alta, pero que ambos entendieron al mismo tiempo. No había desafío ni competencia real, solo una necesidad silenciosa de reencontrarse en un espacio distinto al de las palabras. Eligieron una sala amplia, sin observadores. No porque tuvieran algo que ocultar, sino porque necesitaban un lugar donde no se esperara nada de ellos. Elena llegó primero, concentrada, con esa calma aprendida que aún no terminaba de sentirse propia. Aiden entró después, cerrando la puerta con cuidado. —Si no querés —dijo él—, lo dejamos para otro momento.—Elena negó suavemente. —No. Creo que lo necesitamos.—El entrenamiento comenzó sin rituales. Mov

