—Buenas noches, cariño—, dije. Al levantarme, mi m*****o erecto sobresalía desnudo del hueco que había delante de mi bata, donde el cinturón se había aflojado y casi desatado. Katie, tumbada en la cama, miraba hipnóticamente hacia arriba, a mi polla que se balanceaba en el aire a pocos centímetros de su cara. Me quedé allí un momento, sonriéndole y animándola sin decir palabra a que contemplara el m*****o y una pequeña gota de líquido preseminal en la punta. Luego me incliné ligeramente, acercando la cabeza de mi pene a los labios de mi hija. Ella captó la indirecta y lamió con reverencia el líquido preseminal y besó la punta, luego se lamió los labios y me sonrió, esperando mi aprobación. —Dulces sueños, cariño—, dije. Y me fui. Unos segundos después, entré primero en mi habitación y lue

