El Paciente De La Celda

2625 Palabras
Siete treinta del la mañana siguiente, mi jornada laboral ya había terminado, regresé a mi casa, pero no me podía sacar de la cabeza que aquel muchacho que estaba en aquella habitación bajo tierra por su alto nivel de peligrosidad no tuviera nada escrito en su expediente médico. Llegué a casa, tomé un baño y me preparé una taza de té caliente. Estaba extremadamente cansada así que me quedé dormida en mi sillón. Al día siguiente cuando llegué al hospital fui al vestuario de las enfermeras a dejar mis cosas. Tomé los medicamentos de cada uno de mis pacientes y empecé a dárselos, primero fue Álvaro, llegué a su habitación, abrí la puerta y el estaba acostado en la cama pero despierto, cuando me vió se sentó en la cama y con una agradable voz me dijo: - ¿Tu también me pegarás? - No, para nada, solo vengo a darte tus medicamentos y a curar esas heridas. Tomé sus pastillas y las puse en su boca y se las tragó. - Eso es , buen chico Tomé del carrito donde traía los medicamentos un paño blanco, lo mojé en un pequeño balde de agua caliente que estaba fijado en el carrito. Me senté a su lado, tomé su cara por sus mandíbula suavemente y empecé a limpiar la herida de su rostro. El chico temblaba de miedo, volví a mojar el paño, lo escurrí un poco y tomé con mis manos sus manos heridas y con delicadeza comencé a limpiar sus heridas, el se quejaba un poco del dolor. - Me duele, me duele Me decía con lágrimas cayendo por su rostro. - Tranquilo, ya casi acabo. Tomé una venda y tapé sus heridas con ella. Me puse de pie, y me marché de esa habitación hacia la de la señora Estela. Cuando llegué ahí estaba aquella señora sentada en un asiento frente a la ventana, acariciando el cabello de la muñeca de trapo mientras le decía. - No te preocupes, ahora las dos somos lindas y eso ningún hombre lo podrá negar. Me acerqué a ella por su espalda y le dije. - Señora Estela, le traje su medicación, debe tómarsela. Ella se volteó hacia mí y extendió su mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía la muñeca. Ella tomó sus pastillas y se las echó en la boca. - Haber, abra la boca Ella abrió su boca en cuanto se lo pedí. Y ya había tragado su medicamento. - Eso, muy bien. Me di la vuelta para salir de la habitación y ella tocó mi hombro. - ¿Y las de Lola? - No, a ella no les tocan ahora. Le dije un poco asustada, ella en realidad creía que esa muñeca era una persona. Salí de la habitación y mientras caminaba hasta el final del pasillo, donde estaban las escaleras que conducían a la habitación de aquel chico aterrador, mis manos empezaron a sudar frío. Cuando llegué que abría las gran puerta de hierro, ahí estaba él en el mismo sitio de ayer. - Edward , aquí tienes tus medicamentos Le decía aterrorizada de miedo. El se levantó y se acercó moviendo su cabeza con gestos raros. - Eres muy linda - Gracias, por favor toma tus pastillas, tengo más cosas que hacer. - Las voces me dicen que no eres igual a las demás enfermeras, dicen que eres buena. Me decía mientras seguía haciendo gestos raros con su cabeza y manos. El finalmente extendió su mano y se tragó sus pastillas. - Muy bien, eso es, ahora debo irme. - ¡No! Me dijo con un gran grito. Mi corazón se detuvo del miedo que sentí. - Las voces dicen que eres buena. ¿Quieres hablar?. En ese instante sentí que era el momento indicado para poder averiguar, quien era realmente ese chico y por qué estaba su expediente en blanco. - Bueno, pero solo un poco. ¿Valentino puedes decirme por qué estás aquí? - Es una historia muy desagradable, no creo que a ninguna mujer le gustaría escucharla. - Sí , por favor - Está bien. Todo sucedió hace 8 años atrás, cuando tenía 15 años en 1938. Yo era un simple chico, tenía una familia, amigos y hasta una novia que amaba. Una tarde estaba sentado en mi casa sin hacer nada y quise ir a la casa de mi mejor amigo, cuando llegue abrí la puerta y su madre no estaba, subí a su habitación y estaba mi mejor amigo con mi novia en la cama, la ira me cegó y tomé un bate de béisbol que había a mi derecha, me acerqué a él mientras me decía por favor no lo hagas, te puedo explicar, y empecé a golpear su cabeza hasta que quedó totalmente deforme mientras mi novia gritaba y en mi rostro salpicaba sangre. Me voltié hacia ella y le di un golpe fuerte con el bate en su garganta, la veía ahogarse y la volví a golpear aún más fuerte hasta que cayó muerta. Salí corriendo y cuando llegué a casa estaban mis padres en la sala de la casa y me preguntaron que había pasado, así que les conté. Ellos son Duques, tienen dinero, por lo tanto pueden hacerlo todo, mi padre compró a la policía para que yo no fuera a prisión y la investigación se diera inconclusa. Mi madre me hacía terapia todos los días para hacerme creer que no era culpable del asesinato. Luego me empezé a marginarme de la sociedad y cada vez que tenía problemas con alguien lo acababa asesinando, hasta que no veía que paraba de respirar las voces no me decían que me detuviera. Hasta que un día escuché a mi padres decirle a mi madre que ya había cometido once asesinatos y que no podía seguir porque los familiares de las víctimas estaban pidiendo justicia y que si se descubría podía arruinar el apellido de la familia, mi madre lloraba recostada del hombro de mi padre y él le seguía diciendo —Tranquila le diremos a la sociedad y a nuestros amigos que lo mandamos a estudiar a Suiza y al cabo de los años diremos que murió en un accidente. Una mañana me dejaron aquí, solo era un niño, con una maleta y vestido con pantalón marrón un abrigo de piel y unos zapatos negros. Las voces me empezaron a decir que no me dejara encadenar y golpié a muchos enfermeros y pacientes, maté a un enfermero con una jeringa, el quería sedarme y se la quité, y empezé a pinchar sus ojos junto con su cara y cabeza hasta que se desangró, así que me encerraron en esta celda por peligrosidad. Recuerdo que amaba jugar en la lluvia y salpicar en los charcos de lodo, hace ocho años no veo el sol, y tampoco he podido volver a bañarme en la lluvia y sentir la sensación tan buena del agua cayendo en mi cara. Esa historia me había parado los pelos de punta. Doce asesinatos eran demasiados, así que hize mi propio diagnóstico en mi mente y lo diagnostiqué con esquizofrenia. Cerré la puerta y justo cuando me di la vuelta para salir. Me dijo detrás de aquella gran puerta de hierro. - ¿Volverás mañana verdad? - Sí. De algo estaba convencida y era que había conectado con ése paciente tan perturbado. Subí las escaleras y me encontré en el pasillo con una enfermera que me estaba buscando. - ¡Oh! Hasta que te encontré, la Dra.Cármen quiere verte. - ¿Hice algo malo o sucedió algo? - No lo sé, eso fue todo lo que la doctora me dijo. Sígueme, por aquí por favor. Caminamos hasta la oficina de la Dra.Cármen y frente a la puerta de la oficina la enfermera me dijo: - Espera aquí Ella abrió la puerta y dijo: - Doctora - Si, puedes pasar - Aquí está la enfermera Isabel como mandó a llamar. - Hazla pasar - Si doctora. Puedes pasar ahora. Entré ahí con un poco de temor porque no sabía que había sucedido para que ella me llamara a su oficina. Me quedé de pie y ella dijo: - Puedes sentarte Halé la silla hacia atrás y me senté - ¿Hice algo malo? - ¡No!, solo quiero conocerte mejor. ¿Tú eres creyente? - Si señora - Que bueno porque lo vas a necesitar en un sitio como este. Todos nuestros pacientes son atormentados por demonios enviados por el maligno. Me dijo con gran desprecio. - Gracias, lo tendré en cuenta Le dije con voz temblorosa y rostro pálido. - No quiero que ninguno de mis empleados tengan sentimientos hacia ningún paciente. Tolerancia cero. Ahora que todo está aclarado puedes irte. Me levanté y salí de esa oficina. Ya me había dado cuenta de que la doctora tenía métodos de tratamiento hacia los pacientes muy pocos ortodoxos, los trataba como seres despreciables. Supongo que ella tampoco los entiende. Mientras caminaba hacia el lobby escuché unos gritos de que venían de una habitación cercana a donde estaba, abrí rápidamente la puerta y estaba un paciente intentando ahorcar con sus manos a una enfermera, tomé una silla de hierro que había en la habitación y la golpié contra su cabeza. Él cayó al suelo me acerqué a la chica y le pregunté: - ¿Estás bien? Ella me dijo respirando con gran desesperación. - Si, sólo necesito respirar un poco. Estoy bien gracias. - Ven, siéntate Le dije señalando la cama del paciente. Ella se sentó y yo a su lado - ¿Te sientes mejor? - Si, de verdad gracias, si no hubiera sido por tí estuviera muerta. ¿Él está bien? Me levante y tomé su pulso en el cuello. - Si, sólo está inconsciente. Ayúdame a acostarlo en la cama. Lo levantamos juntas y lo acostamos en su cama. - Gracias otra vez, por cierto soy Ana. - Isabel Le dije estrechando mi mano. - ¿Quieres ir a por un café? - Sí por favor. Pero antes tendremos que pasar por la oficina de la doctora para reportar el incidente. Caminamos hasta la oficina, cuando llegamos Ana tocó la puerta y la doctora dijo: - Adelante Entramos y ella dijo: - ¿Isabel, otra vez aquí,sucedió algo? - Si, verá doctora, es que Rodrigo uno de los pacientes que yo atiendo me agredió y si no hubiera sido porque la enfermera Isabel entró y golpió la cabeza de Rodrigo, no estuviera aquí. Le decía con temor al hablar. La doctora bajó sus lentes y me preguntó: - ¿Es eso cierto? - Sí señora -Hiciste bien. Además veo que te tomaste mi consejo. Ahora por favor salgan tengo mucho trabajo. Salimos y de camino por el pasillo hacia el comedor le dije a Ana. - Yo nunca le haría daño a ningún paciente, ellos son diferentes pero especiales y tenemos que entenderlos. - Yo tampoco le haría daño a ninguno. Ella tomó mi mano y sonriendo me dijo. - Es bueno ver que al menos por ahora no soy la única que piensa así, porque aquí todos son unas bestias con los pacientes. Entramos al comedor, pedimos los café y nos sentamos en una mesa a beberlo. Ana señaló disimuladamente con su mirada a un hombre que había detrás de ella y me dijo: - Mira aquel hombre gordo, calvo y con barba que está en el mostrador, le gusta violar a las pacientes, pero nunca le sucede nada. Me viré disimuladamente y lo vi, se veía realmente desagradable con sus manos peludas como las patas de un oso. - ¿Por que? -¡Oh!, es que es muy amigo de la doctora. Ya lo han denunciado varias veces algunas enfermeras y siempre son despedidas y luego agredidas misteriosamente en la calle, pero es mejor no hablar de eso para no tener problemas. ¡Yo no te he dicho nada! ¿Está bien? - Si, tranquila - Deberíamos irnos y llevarle la comida a los pacientes. - ¡Oh! Es cierto. Oye - Si dime - ¿Cuántos años llevas trabajando aquí? - Empezé cuando tenía veinte, y ahora treinta y cinco. Así que unos quince años. - Necesito que me digas ¿por qué el expediente de Edward Westerly está en blanco? Ella me miró borrando de su rostro cualquier gesto de felicidad. - Ten mucho cuidado con ese tipo, no se que le sucedió pero lo trajeron desde Inglaterra y lo dejaron aquí, es muy agresivo y lo que se que te puede decir es que es hijo de unos marqueses y que asesinó a su mejor amigo. - Está bien gracias. Ahora debo irme a trabajar. Fui a buscar los alimentos para llevárselos a los pacientes, se los llevé a Álvaro, Estela y luego a Edward. Una vez más estaba con él en aquella habitación que en realidad parecía más una celda. - Volviste - Tengo que hacerlo cada día El me arrebato la bandeja de la comida con gran ansiedad y se sentó en el suelo a comer. - Dime Edward,¿desde cuando no comés? - Sólo me dan comida una vez al día. Así lo ordenó la maldita Dra.Carmen, dice que estoy poseido por demonios. - ¿También te ha lastimado? - Cuando llegue aquí ella hacía que me metieran en una bañera de hierro con agua caliente a más de cincuenta grados mientras me hacían rezar, según ella eso es un método muy eficaz para la salud mental y la liberación de los demonios. Me agaché frente de él y puse mi mano en la suya y le dije. - Yo no soy como ella y estoy en contra de todos sus métodos. Él sonrió con su boca llena y me dijo haciendo esos gestos raros con su cabeza - Las voces nunca se equivocan. Le sonreí y me puse de pie para salir - Enfermera Me di la vuelta hacia él - Dime - ¿Cuál es tu nombre? - Isabel Le dije con una leve sonrisa - Valentino, me llamo Edward - Si, ya lo vi sabía - Isabel - ¿Sí ? - Hace mucho tiempo que no veo la lluvia, ¿creés que me puedas sacar un día lluvioso? - Edward yo no puedo hacer eso y tú lo sabes Le dije con rostro afligido - ¿Por qué? Me dijo con un fuerte grito - De hacerlo me expulsarían Salí de allí con un poco de angustia por no poderlo complacer. Mi jornada de trabajo ya había terminado y estaba extremadamente cansada. Llegué a mi casa, tomé un baño y cuando caminaba hacía mi tan anhelada cama tocan la puerta, la abro y es mi casera - Tu auto está estacionado en mal lugar así que será mejor que lo quites — me decía con sus manos cruzadas sobre su torso masticando goma de mascar. - ¡Oh! si, es que llegué demasiado cansada y... — No me dejó terminar la frase - No me interesan tus explicaciones, me interesa que quites tu auto del camino - Pero para pedir algo no es necesario ser grosera ni ordinaria — le dije con voz firme y audaz, trago seco - Haber niña, no creo que te interese que te expulse y que duermas en la calle, ¡así que quita tu auto del medio ya! — se dió la vuelta y caminó hacía la recepción del la pensión Que les pasaba a todos en esta ciudad, eran tan desagradables y siempre estaban como molestos e irritados. Caminé hacia mi auto y lo estacioné a unos pocos metros de la escalera que subía a mi casa. Entré a casa y caí profundamente dormida en mi cama.
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