Epílogo Ivette Adara aparca el auto afuera de la mansión donde crecí con mis padres, cambiaron el aspecto de la vivienda convirtiéndola más lujosa de lo que ya era, no les bastó con tenerla, sino que la mejoraron. Salgo primero del vehículo, Adara continúa dentro observando con una expresión extraña, no logro descifrarla. —¿No vienes?— pregunto rompiendo su estado de trance. —Si necesitas ayuda puedo entrar… —Descuida, no la necesito— debe ser difícil para ella—, ¿me prestas tu arma? Me la da sin mirarme, aprieta el volante con los ojos fijos en la calle mientras yo me adentro al lugar donde crecí y viví por años, aún se encuentra el agujero que conecta con el sótano, solía escapar por allí, es por ello que nadie lo encontró hasta ahora. Las luces de la mansión están apagada
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