—Toma, princesa, no estés triste —dijo él con ternura, extendiéndole algo en la mano—. Regresaré antes de lo que canta un gallo. Guarda esto en tu bolsillo. Le entregó una tarjeta azul, de esas que se usaban para pagar llamadas telefónicas en los viejos teléfonos públicos. Ella la miró con curiosidad, sosteniéndola con delicadeza entre los dedos, como si se tratara de un secreto compartido. Luego alzó la vista y lo observó, sintiendo un nudo formarse en la garganta. No quería llorar. No frente a él. No cuando estaba vestido con su uniforme militar tan impecable, tan recto, tan él. A unos pasos, su madre ya tenía los ojos rojos de tanto contener las lágrimas. Ella, en cambio, apenas sabía qué hacer con ese peso extraño que se había instalado en su pecho. Nunca había llorado por un chico.

