A la mañana siguiente, Joel partió antes del amanecer. No hizo ruido al irse, solo dejó una nota breve sobre la mesa: “Negocios urgentes. Vuelvo en unos días. Cuídate, Joel.” Karen despertó sola. Lavó su rostro frente al espejo, encendió la luz del baño y se colocó un poco de maquillaje para ocultar los rastros del llanto que la había acompañado durante la madrugada. Pero aún con las puertas abiertas, escuchó un eco familiar desde el porche. —¡Hola! ¿Hay alguien ahí? —la voz retumbó—. ¿Doña Zulma? ¿Karen? Karen salió descalza y con el rostro aún húmedo. Allí, parado con los brazos abiertos, estaba Homero. Aquel hombre de mediana estatura, piel clara, algo rellenito, con esa sonrisa que siempre la hacía sentir en casa. —¡Homero! —exclamó con una mezcla de sorpresa y ternura. —¡Cancán!

