Pasaron los días, las semanas.
Amelia hubiese querido decir que, con todas las cosas que habían cambiado en su nueva vida, ya estaba olvidando la antigua, pero no era así, y menos, en cuanto a las tecnologías. El internet todavía era privilegio de universidades y casas de millonarios, los computadores a duras penas tenían el sistema Windows 95, con sus escasas herramientas y tan básicas. No estaba interesada en aprender a usar tecnologías que dentro de poco quedarían obsoletas para siempre, y extrañaba los teléfonos inteligentes, el wifi, la Wikipedia…
¡Era tan difícil y aburrido hacer los deberes a la manera antigua! Se perdía demasiado tiempo consultando en las enciclopedias, buscando el código de un libro entre filas y filas de estanterías. En las películas mostraban el romanticismo de buscar un libro de esta manera, pero ella siempre había sido demasiado digital.
Había algunas cosas positivas, claro, como excelentes bandas de música a las que aún se podía escuchar en vivo, prodigios del arte que seguían con vida, libros que todavía podían adquirirse por primera edición… Sin embargo, todavía era una menor de edad y sus padres no le permitían pasar la noche fuera, su disposición del dinero era muy escasa, y todavía gobernaban en lo que era su ropa, su cuerpo y su tiempo.
A pesar de su empleo, seguía teniendo tiempo libre, así que con su dinero compró agendas y libretas y empezó a escribir allí ideas de negocio, y conocimientos propios de su carrera y de la experiencia anteriormente adquirida para no olvidarlos. Fechas de acontecimientos importantes, presidentes y alcaldes que ganarían las elecciones, y hasta intentó ubicar a los amigos del futuro en la fecha actual.
Raphael Branagan debía tener sólo unos ocho o nueve años de edad, y Tess un par más. Joseph debía estar terminando también la escuela, o entrando apenas a la universidad… Branagan Enterprise estaba adquiriendo mucho poder. Richard Branagan no sonaba aún en ninguna parte, pero pronto lo haría, y sería una fuerza incontenible en las finanzas. Quería pronto subirse a su barco, seguro que esta vez tardaría menos en llegar a la cima.
Era frustrante que en la escuela insistieran en preguntarle cosas del pasado en vez de prepararla para los eventos del futuro. El internet estaba a punto de hacer boom, el motor de búsqueda de Google estaba a un año de ser creado, los portátiles y otros tipos de computadores estaban a punto de evolucionar para nunca volver atrás… y en su escuela todavía hablaban del papiro y la imprenta.
El futuro estaba a las puertas, y ella estaba muy ansiosa por verlo otra vez.
Sonreía al pensar que había amado tanto su carrera y su trabajo que estaba dispuesta a estudiar lo mismo e ir a trabajar al mismo lugar. Al menos en eso había elegido bien, pensó. Y ahora, con todas las ventajas que tenía, sería aún más genial. Ohhh, qué ansias.
La mentalidad que tenía ahora le ayudaba muchísimo en todas las áreas de su vida. Resolvía problemas con mucha más facilidad, se había vuelto una líder entre sus compañeros de estudios, incluso en la iglesia, y se atrevía a dar ideas hasta a gente más estudiada y experimentada que ella. Pero siempre funcionaban, y por eso la volvían a buscar.
Sin proponérselo, se había vuelto una chica popular. No podía importarle menos la notoriedad que sin querer estaba obteniendo, pero sí que la ayudaba a la hora de aspirar a una buena universidad. La directora de su escuela la llamó en una ocasión a su oficina y allí hablaron del tema. Ella le ayudaría a llegar a Berkeley, le prometió, y Amelia casi salta de la felicidad.
Cumplió sus diecisiete años. Una modesta celebración en casa, y una invitación a comer un helado por parte de Beverly. El regalo de Zack fue un casete con una recopilación de canciones, entre las cuales iba, obviamente, Time.
—Vi que te gustó mucho esa canción —le dijo, y ella sonrió.
—Sólo quieres que me vuelva otra fan de Queen.
—También —admitió él, y Amelia se echó a reír—. Ahí tienes —siguió Zack—, para que lo escuches cada vez que quieras —. Ella sólo sonrió y lo abrazó con fuerza. No quiso decirle que dentro de muy poco los casetes quedarían en el olvido para siempre.
Su amigo, su querido amigo del alma.
Zack adolescente le gustaba mucho. La última vez que lo había visto, con treinta y ocho años, le había parecido que esa alma luminosa y siempre alegre se había ensombrecido demasiado. Pero aquí estaba intacto, tal como ella. Oh, cuánto daría para que esa luz nunca se extinguiera.
—Ven, sentémonos aquí un rato —le pidió ella una tarde que regresaron juntos de la escuela, y él la había acompañado hasta su casa. Le señaló el porche, donde su padre, hacía tiempo, había instalado un banco columpio. Ella se sentó a él subiendo sus piernas y Zack la siguió, mirándola con una sonrisa.
Sus padres estaban dentro, y seguro que, si hacían mucho ruido, les pedirían que entraran para tenerla a ella más vigilada. Aunque Zack les gustaba, los Ferrer no se fiaban de nadie que tuviera pene y rondara a sus hijas.
No entendían el concepto de amistad, y mucho menos el de “confianza”.
A Zack aquello le causaba un poco de gracia, sobre todo, porque Amelia iba muy a su bola en lo que a todo esto se refería; tenía opiniones propias, y aunque era una chica bastante obediente a sus padres, por lo general terminaba saliéndose con la suya.
Le encantaba. Ella le encantaba con ese aire de fuerza e independencia. Le encantaba lo libre que era su espíritu. Estaba aprendiendo mucho de ella, era ese tipo de personas que convenía tener cerca, porque lo contagiaba con su positivismo. Hablaba del futuro como de un hecho ya realizado, no como lo incierto e hipotético que en verdad era.
—Pronto llegarán las vacaciones de verano —dijo ella mirando al jardín.
Sí, pensó él. En unas semanas me iré.
Tomó aire profundamente y estiró su brazo a lo largo del espaldar del banco. Ella no tuvo reparos en recostar allí su cabeza. A veces Amelia lo sorprendía por la forma tan natural que tenía de tocarse con él, de rozarlo, y aunque lo hacía de manera inocente, sus reacciones no lo eran. Era un hombre, por favor, uno con todas las hormonas en fiesta.
—¿Vas a llevar a alguien a la fiesta de graduación? —preguntó ella, distraída.
—Eh… sí.
—¿Sí? —preguntó ella con una sonrisa—. ¿De verdad? A quién.
—A ti, si aceptas ir —En los ojos de Amelia chispeó la alegría.
—Oh… yo encantada. ¡Sí! Tendré que conseguir un buen vestido —dijo de repente cambiando el tono de su voz—. Creo que el dinero me alcanza para ir a Sacramento y conseguir algo bueno.
—Vale —rio él.
—Es que no te volveré a ver en… ¿cuánto tiempo, Zack?
—Cinco años.
—Oh… Demasiado. Si tan sólo pudieras volver un verano de esos. ¿Por qué quisiste irte tan lejos? —él sonrió. ¿Qué pensaría ella de él si le dijera que, si se hubiese hecho su amiga desde antes, habría elegido algo cerca? No lo dejaría muy bien parado, así que tragó saliva y se quedó callado.
Amelia cerró sus ojos y respiró profundo. El aquí y el ahora estaban siendo demasiado reconfortantes, demasiado lindo. Así que atesoró el momento, se llenó de las sensaciones, de la luz de la tarde de fin de primavera y cielo despejado, del aroma de la tierra y del pino plantado por sus padres en el jardín cuando ella no había nacido siquiera.
Y el aroma de Zack, notó. El sonido de su respiración.
Abrió los ojos y lo encontró mirándola atentamente, como si la estudiara, como si le fascinaran las formas de su cara. Inevitablemente, ella bajó sus ojos a los labios de él.
Tenía labios bonitos, de un rosado pálido, y en su piel ya se veía la sombra de una barba. Él sería un hombre velludo, de barba gruesa y cerrada. Ya casi lo era.
Lo sabía porque lo había visto sin camisa en varias ocasiones que fueron juntos a algún lago, piscina, o el mar…
Qué bien olía, caray…
Cuando él movió su cabeza, más, y su boca estuvo a escasos milímetros de la suya, Amelia se dio cuenta de lo que estaban haciendo, de lo que estaba a punto de hacer, y lo alejó de un empujón y se levantó del banco donde había estado. Este empezó a mecerse algo violentamente, lo que desestabilizó un poco a Zack.
—No, no, no —dijo ella tan rápido como pudo y adelantando sus manos como si quisiera detener a un horrible monstruo que se le acercaba—. Oh, Zack. Lo siento. No. Tú y yo sólo somos… amigos. ¿Lo entiendes? Amigos. Eres mi mejor amigo en el mundo. Siento si… Oh, Dios. Siento si te di a entender otra cosa—. Él la estaba mirando sorprendido, desconcertado. Los ojos de Amelia se humedecieron—. No quiero que se dañe esta amistad. Vale demasiado para mí. Por favor… —lo vio tragar saliva, y su nuez de Adán subió y bajó. Él entreabrió los labios como si quisiera preguntar algo, pero ella se le adelantó—. No puedo permitir que se confundan las cosas. Somos unos niños aún, no podemos fiarnos de nuestro corazón. Somos amigos, Zack, y es lo que siempre seremos. Las cosas son mejores así, créeme, por favor.
—Vale, vale —dijo él al fin, poniéndose en pie—. Ya lo has dicho.
—No quiero hacerte daño.
—No soy de papel…
—No quiero arruinarlo, y se arruinaría, terriblemente. Y, en todo caso… ¿por qué echar a perder algo sólo por un impulso del momento? —él la miró con gravedad, como si tuviera mucho que decir al respecto, pero no lo dejó—. Las cosas como son y donde deben estar. No puedo permitir desviarme de mi camino, y esto sería terrible, el peor error que cometería jamás. ¿Me entiendes?
—Lo estás dejando muy claro.
—Zack, no te enfades conmigo —le rogó ella acercándose unos pasos y sintiendo sus ojos húmedos por las lágrimas—, por favor. Dime que todo sigue igual, dime que seguimos siendo los mismos. ¡Dímelo! —él tomó aire, dio unos pasos y salió del porche.
—Todo sigue igual —dijo, pero al tiempo que lo decía, se alejaba de ella—. Fue una tontería, no pretendía asustarte tanto.
—No… no estoy asustada.
—Estás aterrada, Amelia. Como si en vez de un beso, yo te fuera a meter una bala en el cuerpo.
—Una bala no habría sido tan dañina —él se echó a reír.
—Qué linda eres.
—Zack, no lo entiendes…
—Sí, sí lo entiendo. Mi amistad vale mucho, bla, bla, bla… No quieres arruinarlo, bla, bla, bla… No te preocupes. Fue un impulso, tal como lo dijiste. No significa nada. Los hombres siempre queremos besar, y tu boca estaba muy cerca—. Al oír eso, ella cerró sus ojos con fuerza.
—Lo siento —dijo, y una lágrima rodó al fin por su mejilla.
—Habría reaccionado igual con la boca de otra chica —insistió él, y Amelia sintió otro apretón, más duro y más fuerte, en su corazón.
—Me alivia… —él apretó sus dientes, sacudió su cabeza alborotando un poco sus rizos pelirrojos—. Seguimos siendo amigos —lo atajó ella tomando su camisa para detenerlo, y cuando él se giró, Amelia casi vio ira en ellos—, ¿no?
—Claro que sí.
—¿Sigo siendo tu invitada para el baile? —él volvió a reír, y a Amelia le dolió en el corazón ver lo linda que era esa sonrisa, aunque parecía más bien rasgada por la decepción.
—Si tú aún quieres.
—Te quiero, Zack —dijo ella, acercándose más—. No te imaginas cuánto te quiero.
—Como amigo —aclaró él.
—Sí, por supuesto. No… no podría ser de otro modo.
—Por supuesto. Entonces, no hay nada que decir. Vendré por ti la noche de la fiesta—. Amelia sonrió al fin, y él, sin añadir nada más, dio la espalda y se alejó.
A Amelia le temblaba el cuerpo. Pero, por Dios, ¿qué había estado a punto de suceder? ¿Por qué rayos se dejó llevar tanto? De sus ojos rodaron más lágrimas casi empapándole el rostro, y se sentó en el escalón del porche secándoselas inmediatamente. Había estado a punto de arruinar lo único bello, constante y verdadero que había tenido en la vida. Ya había cometido demasiados errores antes, ¿cómo era posible que su cuerpo la traicionara tanto?
Enterró la cabeza entre sus rodillas y lloró. Todo su cuerpo seguía en tensión, como si lo hubiesen sacado de un estado de confort y placer demasiado abruptamente.
No quiso analizar las exigencias que su piel le estaba haciendo en ese momento. Lo decepcionados que estaban sus propios labios por haberles impedido aquel beso, lo adolorida que estaba su alma sedienta de este vaso de agua fría que le había arrebatado cuando ya casi lo tenía en las manos.
No, no, no.
Era un error, estaba mal. Todo lo que ella tocaba en el sentido romántico lo destruía. No podía tocar a Zack así. No debía pensarlo, siquiera. Además, que deshacerse de Damien con todo lo que eso implicaba estaba demasiado reciente para ella, Zack era su hermano. Era el hombre más prohibido sobre la tierra. Aunque ahora fuera un adolescente, aunque ahora fueran niños.
Ya le había pasado demasiadas veces, y tenía que poner la amistad de Zack a salvo, era demasiado valiosa como para arriesgarla tanto, porque, estaba segurísima, ella lo arruinaría luego con sus celos y su falta de confianza.
Aunque se tratara de Zack… aunque se tratara del único hombre honesto que ella había conocido en su vida.
Pasaron varios días sin ver a Zack, y sin dejar de sentir ese miedo que le advertía que todo saldría mal si no hacía las cosas como debía, marcó el número de su casa y llamó. La primera vez contestó Damien, así que tuvo que colgar.
Dejó pasar las horas, y volvió a llamar. Al fin fue Catherine la que atendió la llamada, y a ella sí pudo pedirle que le pasara a Zack.
—Hola… —titubeó ella cuando escuchó al fin su voz. Ahora sentía el estómago revuelto—. Quería preguntarte… ¿está todo bien?
—Todo bien —contestó él, conciso.
—Ah, bueno…
—¿Y tú? —Amelia dejó salir el aire. Que él le devolviera la pregunta era la mejor señal de paz.
—No tan bien.
—¿Y eso?
—Pues… No tengo con quien ir a Sacramento a buscar mi vestido —rio un poco tonta. Había tenido que decir lo primero que le vino a la mente.
—Casualmente, mamá y Catherine irán en estos días en el coche. Si quieres, les digo que te hagan un lugar.
—Oh, ¿de verdad? Yo estaría encantada—. Escuchó a Zack hablarles del tema a su madre y su hermana, y el asunto estuvo resuelto de inmediato. Amelia le agradeció, y al fin se sintió lo suficientemente tranquila como para hablar de otras cosas con él. Era lo suficientemente maduro como para pasar por alto una metida de pata y se lo agradecía enormemente.
—¿Un vestido nuevo? —le preguntó Mary cuando le comentó a ella y a su padre que necesitaba ir a Sacramento—. ¿Para qué? Tienes varios que te pueden servir para la fiesta.
—No para esta… Esos vestidos son aptos para… la iglesia, los domingos.
—No tengo dinero —dijo de inmediato Elvis, como si con eso quisiera desanimar a su hija, pero ella sonrió.
—Yo ya lo tengo.
—¿De dónde lo conseguiste?
—De mi trabajo.
—Entonces habla con la señorita Davies—. Amelia hizo una mueca. Si le mandaba hacer un vestido a esa mujer, sería como fotocopiar cualquiera de los que ya tenía. La señorita Davies sólo conocía un estilo de vestido.
Iba a ir del brazo de Zack. No quería avergonzarlo. Recordaba que antes sus padres no la habían dejado asistir sino a su propia fiesta de promoción. A ella no le había importado mucho, pero ahora se trataba de su amigo.
Fue difícil hacerles entender la necesidad de un nuevo vestido, pero al fin cedieron, y junto a Catherine y Denise fueron a Sacramento a buscarlo. Tampoco allí había demasiada variedad, pero sin duda sí que había más opciones que en Paradise.
Como estaba muy delgada, y ya había alcanzado su máxima estatura de un metro con sesenta y nueve, la mayoría de los vestidos le quedaban muy bien, y Amelia tuvo que esforzarse en no dejarse llevar y elegir uno con toda la espalda descubierta.
Pero no sirvió de mucho elegir el más recatado, que dejaba los hombros al descubierto y parte de la espalda. La noche de la fiesta, cuando su padre la vio con su cabello recogido, maquillada y lista para salir, se opuso rotundamente a que saliera de casa así vestida. Zack llegó por ella y Elvis seguía diciendo que no iría a ninguna parte, de ninguna manera.
—Pero papá…
—Te he dicho que no. Pareces una… una…
—¿Una qué? —se exasperó Amelia—. No estoy mostrando nada, ni siquiera tengo escote…
—Pero muestras mucha piel.
—sólo en los hombros…
—No vas a ir así. Y menos con esa pintura en la cara.
—Sólo es un poco de brillo en los labios.
—No pareces tú. No pareces mi hija—. Amelia empuñó sus manos y cerró sus ojos. No recordaba que su padre fuera tan testarudo e intransigente.
Piensa, se dijo. Esta discusión eres capaz de ganarla sin herir sus sentimientos ni quedar como una desobediente. ¡Diablos! La fiesta en sí ni siquiera le importaba, pero no iba a dejar plantado a Zack.
—¿En serio quieres que deje plantada a mi pareja, me vaya a mi habitación a llorar toda la noche, y de aquí en adelante, recuerde este momento como el día en que más te odié? —le preguntó sin mirarlo. Las miradas fijas se podían traducir en agresión.
—¿Qué? —preguntó Elvis, asombrado.
—Eso es lo que haré. Irme a llorar, y a odiarte, no porque no fui a una tonta fiesta, sino porque mi padre no confía en mí —añadió, imprimiéndole más fuerza a sus últimas palabras—. piensas que un vestido me cambia por dentro, que un poco de maquillaje cambia mi cerebro. ¿No crees en tu propia enseñanza? Ya me enseñaste qué es lo bueno y qué es lo malo. Toda la vida me has guiado por el camino correcto. Un vestido, un poco de maquillaje, no hará ninguna diferencia en mí. Soy la misma niña a la que una y otra vez le has dicho que el diablo es malo y acecha a los buenos. ¡Ten un poco de confianza en las cosas que me has inculcado! Tengo diecisiete años, pronto me iré a la universidad, si no me das un poco de libertad, sólo empezaré a sentirme asfixiada ¡y créeme, que oportunidades para hacer las cosas a escondidas las hay por montones!
—Pero cómo…
—¡No soy tan tonta como para tirar por la borda mi futuro! —volvió a hablar Amelia, y esta vez sí lo miró a los ojos—. No hay un hombre sobre la tierra que me haga tambalear en mis propósitos. ¡Sólo confía un poco en tu propia hija, por favor! —Elvis la miró en silencio, admirado, tal vez, por la autoridad con que hablaba esta chiquilla de sólo diecisiete años, aunque ante sus ojos, todavía gateaba y llevaba pañales.
El incómodo silencio fue interrumpido por el carraspear de Zack, que, vestido con su traje, esperaba a Amelia en la entrada. Elvis, con toda su corpulencia, se giró a él y lo miró como al mismísimo Satanás.
—A las once de vuelta en casa —imperó, y Zack sólo hizo un asentimiento con la cabeza.
—Sí, señor.
—Intacta, o iré a tu casa y te las verás conmigo.
—No lo pondré en duda, señor—. Elvis siguió con la mirada clavada en el muchacho, que se sonrojaba e incomodaba, y Amelia se arrojó a su padre y le dio un beso en la mejilla.
—Eres el mejor —le dijo.
—No hagas que me arrepienta.
—Tengo planeado ser el orgullo de la familia —le sonrió Amelia con encanto—, no te preocupes; esta vez, no pienso equivocarme.
—¿Esta vez? —preguntó Elvis, confundido, pero entonces Zack puso delante una pequeña caja que contenía una flor. Amelia sonrió sin contestarle a su padre y extendió su mano para que Zack la pusiera en su muñeca, se colgó de su brazo y salieron al fin de la casa. Mary, que había escuchado toda la discusión sin decir una palabra, se ubicó al lado de su esposo.
—Esa niña a veces me asusta —admitió, pero Elvis sólo soltó un gruñido, dio la media vuelta y se fue a su habitación.
Amelia entró en el auto y dejó salir el aire ruidosamente. Parecía que viniera de pelear la guerra contra el mismísimo Goliat ella sola. Zack se echó a reír.
—Eres impresionante —le dijo, y Amelia lo miró de reojo.
—¿Eso es un cumplido?
—¿Qué, si no?
—No lo sé. Me has visto manipular a mi padre.
—¿Lo estabas manipulando?
—Por favor, Zack… Si yo me empeñara, a pesar de todas las enseñanzas de mis padres, a pesar de la iglesia, y a pesar de Dios mismo, yo podría ir con el primer estúpido que me engañara, me acostaría con él, me casaría a escondidas con él, y mi papá jamás en la vida se enteraría—. Zack la miró un poco ceñudo. No le gustaba esa manera de hablar de sí misma y de la vida.
—¿Y qué es lo que te detiene entonces de hacer cosas como esa? —le preguntó al tiempo que ponía el auto en marcha. Amelia suspiró—. ¿No es por obediencia?
—Obedecer por obedecer es algo muy vacío, creo yo. Vas como una máquina diciendo y haciendo lo que te digan sin comprender el propósito de tus acciones. Pero… cuando eres consciente de que se trata de tu vida, que esto no es un juego y que… todo lo que hagas traerá una consecuencia con la que no serás capaz de lidiar luego… decides que es mejor hacer las cosas de la manera correcta, conducirte por el lado “iluminado” de la vida.
—Estás hablando como una anciana muy experimentada—. Amelia guardó silencio por un momento, luego del cual, suspiró.
—Tal vez lo soy —dijo, mirando fijamente la carretera, y Zack sólo sonrió.
Llegaron a un restaurante de comida rápida y parrilla, y Amelia se emocionó un poco. Le estaba dando hambre.
—Perdona que no te haya llevado al más exclusivo de Paradise —se disculpó él al tiempo que le daba la mano para que se sentara en uno de los reservados, y Amelia recordó entonces las noches de pizza en pijama en el apartamento de alguno de los dos. Zack nunca había necesitado llevarla a sitios exclusivos para hacerla sentir bien.
—Cuando seas un empresario rico y famoso, no te lo perdonaré. Por ahora… estamos bien —él se echó a reír.
—¿Rico y famoso?
—¿No tienes pensado serlo? Tú podrías. Montar tu propia empresa de software, de telecomunicaciones, de aplicaciones de red, etc. Serías un pionero y acumularías un montón de riqueza. ¿No sabes que San Francisco será el epicentro de la revolución tecnológica a nivel mundial?
—¿Dónde viste eso? —preguntó él, entre interesado y divertido. Amelia dejó salir el aire.
—En mi bola de cristal.
—Ya lo creo —rio él. Pero Amelia se puso seria y le tomó la mano sobre la mesa.
—Aunque lo que estudies no tenga nada que ver con las telecomunicaciones, cualquier inversión que hagas en esa área en los próximos diez años, te hará inmensamente rico.
—Suenas tan segura. Por el contrario, he oído que el negocio de los computadores ha tenido varios reveses en las últimas temporadas.
—No será así por siempre. Los jóvenes somos muy dados a insistir en aquello en lo que los viejos fracasaron. Y créeme, serán los jóvenes con mente abierta y sin miedo al cambio los que obtendrán el éxito.
—Y dime, señora de la bola de cristal —siguió él con su sonrisa luego de que una mesera les tomó el pedido—. ¿Qué harás tú? —Amelia suspiró.
—Si tuviera tan sólo un poco de dinero… me adueñaría del mundo.
—No lo dudo —rio él.
—Pero como Dios se negó a darme siquiera mil dólares para empezar, tendré que trabajar duro para conseguirlo—. Ella lo miró fijamente. Si daba demasiados detalles, él se intrigaría, y empezaría a hacer preguntas incómodas.
Saber tantas cosas y no poder compartirlo le hacía sentir un poco solitaria. Privilegiada, pero solitaria. Si pudiera contarle a Zack…
—No te lo había dicho, pero estás muy guapa —dijo él interrumpiendo sus pensamientos, y Amelia sonrió y toda ella se iluminó con ese cumplido.
—Gracias… Yo espero que éstas crezcan otro poco —dijo, poniendo sus manos sobre sus senos, lo que provocó la tos de Zack—. Tú… tú también estás muy guapo… Dios, no tienes brackets —él se echó a reír.
—Sí. Ya acabó el tratamiento. Esta mañana estuve con el odontólogo, así que acabaron de quitármelos.
—Ahora sonríes lindo —él enseñó todos sus dientes como dándole una pequeña muestra, y Amelia no pudo evitar echarse a reír.
Siguieron hablando. De cosas serias y de tonterías.
Y Amelia empezó a preguntarse entonces qué habría pasado si ella hubiese recibido ese beso ese día en su porche.
La respuesta la aterraba, así que ni siquiera se dejaba llevar por ese pensamiento.