Leila Raúl y yo llevábamos más de quince minutos viendo a Dylan acostado en el sofá de la sala de descanso, inconsciente. No sabíamos qué hacer, entre mis poderes y los suyos no estaba traer a personas inconscientes y por la vía natural tampoco respondía. —Miremos el lado positivo, —menciona Raúl —. Dejo de sangrar. Eso era cierto, su epistaxis había cesado, pero no mi preocupación. —No lo entiendo, ¿por qué no reacciona? —No sé cómo se maneja los de su clase, quizás está cansado de transportar almas. —¡Raúl, sé serio! Estoy en una crisis de nervios aquí. —Creo que le estás dando muchas vueltas, empezando porque ya lo examinaste de pie a cabeza, y lo único que encontramos son hematomas y una herida, que ahora que lo pienso es igual a la tuya. ¿No es eso raro? ¿Qué no lo es en esta

