Al parecer Aidan no había cambiado con lo de hacer su cumplir su palabra. Pasaron tres días sin recibir información de él. No me buscó o me llamó o escribió. Tuve que tomar la iniciativa porque el yo quedarme o irme dependía ya de un hilo. La otra semana los trillizos retornarían al jardín de niños, y aunque trabajaba desde mi computadora a distancia, tenía otros lazos a Sevilla como el apartamento que seguía pagando en estas vacaciones. Tenía que decirle al arrendatario qué haría con mi vida. Estaba metiéndome presión por renovar el contrato. Por eso tuve que llamar a Aidan. Vergonzoso, pero era solo el inicio de esta cadena de momentos vergonzosos que protagonizaría para hacer lo correcto. Tuve que llamarlo tres veces, me iba a rendir cuando me contestó. —¿Elle eres tú? —Lo soy. ¿C

