**ALEXANDER** Me giré lentamente, y ahí estaba Alondra. Sentada en el sofá como una reina en su trono, con la botella de vino en la mano. Vacía. La luz tenue de la sala acariciaba su rostro, resaltando la sonrisa desbordada, esa expresión que parecía desafiar a todo el mundo, que parecía estar en un universo propio. —¿Qué…? ¿Carajos? —empecé a decir, mientras me acercaba con la urgencia de un padre que ve a su hijo jugar con el control remoto del satélite, intentando evitar que se pierda en un juego peligroso. Le quité la botella con delicadeza, pero ya era tarde. Ni una gota, ni una lágrima de uva, había quedado en ella. Solo el eco de una carcajada que aún resonaba en el aire, vibrando en las paredes, en mis oídos, en mi mente. —¡Este vino sí que pone profundo! —exclamó, señalando

