CAPÍTULO 31:¿Quieres sentirte bien, nena?

910 Palabras
ISABEL Duke me deja con la palabra en la boca y dice: —Voy a hacer que te corras y lo voy a hacer tan bien, que vas a anhelar mi toque cada noche, nena. Al escuchar esa frase mi cuerpo reacciona estremeciéndose. Mi cuerpo habla solo. Las palabras se me atoran el la garganta al sentir una presión gestándose en mi vientre bajo. Esto me gusta. Por un instante pienso en negarme y largarme del despacho, pero hacerlo sería rendirme y darle la victoria, dejándole ver que sus acciones me afectan. Y… otra parte de mí quiere comprobar si realmente es capaz de hacer que me corr*. Maldita sea, en el fondo me siento miserable cuando pienso en mis relaciones pasadas, en cómo permití que los hombres solo usaran mi cuerpo sin preocuparse jamás por darme placer a mí. Detiene el movimiento de la mano que sostiene la tarjeta y, con la otra, me toma de la barbilla, obligándome a mirarlo con un gesto firme y exigente. Su mano es tan grande que cubre casi toda mi cara. —Contesta —ordena, con un tono autoritario que no admite dudas. —Sí… —respondo apenas, casi en un susurro. Una sonrisa arrogante se dibuja en sus labios. El muy c*****o está convencidísimo de sí mismo. Suelta mi rostro y agarra mis caderas para darnos la vuelta. Se apoya ligeramente en el escritorio y me levanta hasta dejar mis caderas prácticamente montadas sobre su pierna. Me aprieta el trasero con ambas manos, estrujándolo con fuerza. Lo miro, esperando que retome el roce de la tarjeta contra mi centro… o, mejor aún, contra sus dedos. Pero no lo hace. La decepción me golpea de inmediato, mezclada con una vergüenza que me arde en la piel. Él observa la cercanía de nuestros cuerpos y deja escapar una risa condescendiente. —Antes dudabas de mí, pero lo único que veo aquí… —me recorre de arriba abajo con la mirada haciendo una pausa— …es una putita desesperada por mi toque. Vamos, dímelo… quiero oírte decirlo. ¿Quieres sentirte bien, nena? Su mirada se aferra a la mía con una intensidad que me quema por dentro; el calor me sube a las mejillas sin control y, atrapada en ese fuego, es mi propio cuerpo el que responde, buscándolo, restregándose contra él. El calor y la humedad me delatan; necesito fricción, necesito sus manos, necesito que me toque. Deseo tanto que me toque. Se echa el pelo hacia atrás en un gesto de desesperación y me pellizca el clítoris con una posesividad que me arranca un jadeo ahogado. —Así,…calladita. Una descarga de placer atraviesa todo mi cuerpo, y cuando vuelve a presionar la tarjeta contra mi centro, frotándome con alevosía a través de la tela, un gemido escapa de mis labios. Es apenas el primero de muchos, porque enseguida comienza a moverla una y otra vez sobre el punto exacto, mientras yo me froto contra su pierna en perfecta sincronía, perdida en la fricción. Apoya la mano libre sobre mi trasero y aprieta un cachete con tal fuerza que seguro dejará marca. Se relame los labios y, aunque estoy absorta en mi propio placer, no puedo evitar sentir su mirada fija en mí, como si no quisiera perderse ni un solo instante de mis reacciones. Siento mis propios fluidos descender por mis muslos, empapando la tela de mis leggings deportivos. La vergüenza y el deseo se mezclan, encendiendo aún más cada nervio de mi piel. Me aferro a sus hombros para no perder el equilibrio y acelero mis movimientos, arrastrada por esa necesidad que crece con fuerza en mi vientre bajo. Echo la cabeza hacia atrás, cierro los ojos y me abandono a la sensación, concentrándome solo en el torrente de placer que me consume. —¿Te encanta esto, verdad? —murmura en mi oído con la voz ronca—Te gusta la idea de que alguno de mis hombres entre al despacho en cualquier momento y vea como te deshaces entre mis brazos, mia moglie. Nunca un hombre me había hecho sentir así. Con los ojos medio entornados observo como Duke entrecierra los ojos…¿Le está gustando esto a él también? Vibro de necesidad ante sus palabras y, justo en ese momento, empiezo a sentir que el final se acerca. Él también lo nota; su lenguaje corporal lo delata mientras sigue frotándome con movimientos uniformes y un ritmo constante. —Estás a punto, putita… —susurra—. Venga, dámelo, y mientras te corres, di mi nombre… No tengo fuerzas para responder; justo entonces, mi deseo explota y me deshago en sus brazos cuando llega el éxtasis. Aunque intento contenerme, no puedo evitar gemir varias veces mientras siento las descargas de placer. Minutos después, el placer comienza a disiparse. —A partir de ahora, todo lo que uses será comprado con mi tarjeta. ¿Me has entendido? Lo fulmino con la mirada. Lo único que sabe decir después de hacer que me corr* es una maldita orden. Me bajo de él e intento recomponerme y ponerme la ropa en su sitio. Él hace lo mismo, aunque intenta disimularlo se que está duro. Mira mi entrepierna de reojo; y dice con una sonrisa burlona: —No te preocupes… con mi dinero puedes comprarte otros leggings como esos... Sin mirarlo a la cara, me giro y salgo de su despacho, con el cuerpo relajado pero la mente corriendo a mil por hora.
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