ISABEL
En el coche reina un silencio tenso.
Enzo duerme a mi lado, acurrucado en el asiento trasero, ajeno a todo mientras que Duke, sentado en el asiento del copiloto, habla de dinero con Sebas mientras que se fuma un cigarro.
Delante de ese hombre, nunca puedo relajarme pero la conversación es tan aburrida que se me van cerrando los ojos poco a poco.
Justo cuando mis párpados comienzan a cerrarse, un volantazo brutal sacude el coche. El cinturón se tensa con un tirón seco contra mi pecho.
El cuerpo de Enzo se balancea hacia mí y el corazón se me dispara.
—¡Mierda! —escupe Sebas desde el volante.
—¿¡Qué pasa!? —grito en español, el pánico haciéndome olvidar que nadie aquí me entiende.
Mis ojos se mueven de un lado a otro con desesperación.
—¿Qué está pasando? —pregunto otra vez en inglés.
Giro mi cabeza para ver por la ventanilla y observo a dos personas motorizadas prácticamente abalanzándose contra mi lado del coche.
—Cálmate.
‘¿Que me calme? ¡Pero si nos están atacando!’
Empiezo a sudar. La boca se me seca como si hubiese tragado polvo. Siento un nudo en el pecho que me impide respirar del todo.
—¡Agachaos! ¡Ya! —ladra Duke mientras se lanza hacia el salpicadero y saca una pistola. El metal reluce bajo las luces intermitentes que parpadean a través del cristal.
Enzo no duda ni un segundo. Para ser un niño, mantiene una expresión inquietantemente serena, como si estar bajo ataque fuera parte de la rutina.
Supongo que, para ellos, que intenten matarte —o Dios sabe qué otra cosa— es lo más normal del mundo. Las balas chocan con el coche creando una sinfonía de peligro que retumba en mis oídos.
A pesar de la maestría de Sebas conduciendo, vamos tan rápido que siento una presión en el pecho.
De pronto, oigo el zumbido de una ventanilla bajándose.
Duke no pierde ni un segundo: encaja el arma en el borde de la ventana y dispara con precisión quirúrgica.
El disparo retumba en mis oídos y la bala impacta en el hombro de uno de los motoristas, haciendo que su cuerpo se tambalee violentamente.
Pierde el control y sale despedido de la moto, estrellándose contra el asfalto.
El segundo motorista, demasiado cerca, intenta esquivarlo, pero no lo consigue y derrapa bruscamente. La rueda trasera se eleva y él también acaba cayendo, rebotando contra el pavimento mientras su moto gira sin control.
Miro a Duke con los ojos muy abiertos mientras que el hombre sigue disparando impasiblemente a los motoristas que osan acercarse demasiado.
Al cabo de unos minutos escucho un sonido estridente y noto que el coche se desnivela, el sonido de la goma sobre el asfalto me alerta que han acertado a darle a una rueda.
Sebas pierde el control del coche por un instante, pero da un volantazo certero justo a tiempo para evitar que nos estampemos contra un árbol en la acera.
Me asomo a la ventana y descubro que nos hemos adentrado en una zona más silenciosa, casi desierta, de la ciudad.
No sé qué hacer.
Estoy bloqueada, atrapada entre el miedo y la incertidumbre.
—Enzo, ya sabes lo que tienes que hacer —dice Duke, mientras recarga otra pistola con manos firmes y rápidas.
—Sí, padre —responde Enzo con voz tranquila, pero noto que su atención se desvía rápidamente; empieza a buscar un móvil entre los asientos, como si intentara mandar un mensaje. Quizás para pedir refuerzos.
Enzo me mira con calma y dice:
—No te preocupes. Padre se encargará.
Trago saliva, y aunque no sé por qué, esas palabras me infunden una inesperada tranquilidad.
Miro a Duke, luego a Sebas. No consigo descifrar sus rostros; quizás sea una mezcla tensa de rabia y concentración contenida.
Vuelvo la mirada hacia la ventana y abro los ojos de par en par al ver cómo seis hombres se bajan de sus motos, acercándose con paso firme.
Me paso el pelo nerviosamente alrededor de la oreja una y otra vez, tratando de calmarme, mientras Enzo intenta manejar el móvil.
Un pensamiento se clava con fuerza en mi mente: tengo que escapar.
Antes tenía dudas, pero tal vez esta sea la única oportunidad que voy a tener para escapar.
Debo avisar a mi familia… a Betty.
Con el dinero del seguro, podríamos desaparecer, irnos a México y escondernos allí por un tiempo. Empezar de cero.
No lo pienso más.
Actúo.
Con cuidado, abro la puerta del lado opuesto al alboroto que estalló afuera. Enzo me dice algo —no sé qué, no lo escucho—, pero ya es tarde.
Corro.
Corro sin rumbo, desesperada, con la respiración entrecortada y la garganta ardiendo.
No tengo idea de dónde estoy, me duelen los pies por los tacones y no hay ni una sola persona a la vista.
‘Necesito a alguien para pedirle un teléfono, llamar a la policia…No, la policia está comprada por esta gente...’
Observo el entorno desolado; ni casas, ni personas, solo kilómetros de árboles y la autovía.
Cuando estoy a punto de rendirme veo unas luces titilando a lo lejos, justo donde parece comenzar una carretera.
Tal vez sea una gasolinera o una tienda de paso.
Por fin.
Me obligo a seguir adelante, arrastrando los pies adoloridos y casi sin fuerza.
Estoy a mitad del parking cuando dos hombres, con pintas de camioneros, me ven. Uno de ellos silba con burla, el otro se adelanta y me bloquea el paso.
—¿A dónde vas con tanta prisa, preciosa?
Retrocedo un paso, porque algo me dice que estos dos no son buenas personas.
Me giro para salir corriendo para rodear la tienda y meterme dentro.
Pero justo en ese instante, Duke emerge de las sombras y, en un abrir y cerrar de ojos, lo tengo delante.
El primero de los hombres ni siquiera ve venir el golpe que lo lanza al suelo, el crujido de un hueso resuena en la noche.
El segundo, abre mucho los ojos sorprendido y alcanza a decir, entre dientes:
—Maldito chinito…
Crack
Duke le rompe la nariz de un puñetazo seco, sin pestañear. El tipo cae de rodillas, sangrando y gimiendo. Le propina un segundo golpe brutal que lo deja fuera de combate al instante. Posiblemente este muerto.
Duke sacude la mano, molesto, y luego me mira como si todo eso hubiera sido solo una interrupción en su día.
—¿De verdad creías que podías escapar de mí, ratoncita?