– Tengo el antídoto para tu herida – me anuncio encuanto cruce el claro. La mire de reojo y después el suelo donde habían extendido una sábana blanca. Encima había una pinza larga del tamaño de mi mano y otra más pequeña. De esas que se usan para extraer cosas pequeñas en una cirugía y abrir una herida, había visto suficientes películas y demasiados cuerpos con el forense para reconocerlas. También había una jeringa grande y varias compresas. Trague saliva. – Ellos son Coab mi maestro y mi teniente, segundo al mando y Carin un esclavo que será tu escolta – no respondi a nada de eso, mire a lo largo del claro, se habían dedicado apartando árboles, hasta dejar un óvalo irregular. Estábamos lo bastante retirados para que un humano no diera con el sitio y muy en el centro del bosque para

