La mirada del hombre vacilaba en aquella habitación con paredes blancas y muebles negros, los ventanales eran enormes, las cortinas largas en pocas palabras era un buen lugar para refugiarse, mejor que cualquier celda, nadie entraba y salía por si solo, era una jaula disfrazada de refugio para aquella mujer de cuerpo delgado. Volvían hacer ambos, ella y él. Él no parecía ansioso o preocupado, al contrario se mostraba calmado, disfrutando de aquella tarde que apenas comenzaba. —Debes alimentarte— insistió al dejar aquella bandeja de comida instantánea frente a ella, era una pasta, su favorita. El ambiente en aquel lugar era uno tenso, ella pensaba miles de situaciones y en todas estas su triunfo no llegaba, muerta en sus manos, muerta en las manos de aquellos hombres, muerta en las manos.

