Izi. Me duele enormemente la cabeza, ¡por Dios! Abro mis ojos lentamente, intento no alterarme y menos gritar porque no sé donde estoy. Respiro profundo, y cierro mis ojos dejándome llevar un poco con el silencio que hay en todo a mi alrededor, luego podré gritar para asegurarme que no me han secuestrado. Quién se atrevería a secuestrar a una pobre diabla como yo. Nadie, es totalmente loco. Uno… Dos… tres… ¡Por Dios! Lo último que recuerdo es que iba a entregar un trabajo. ¿Qué es lo que he hecho? Como pude olvidarlo o quedarme dormida. No puedo estar haciendo este tipo de cosas porque mi padre tendrá cada vez la razón de que fue mala idea venir a este país. —¡Pensé que no despertarías! —me sobresalto al escuchar esa voz. —No, esto es más ni menos que una pesadilla, tú no puedes esta

