Las puertas de la clínica privado se abrieron con un leve zumbido automático. El aire frío del interior se mezcló con el dolor que Isabella cargaba desde que había recibido la llamada. Caminaba apretando los labios, tomada de la mano de Camila, quien la acompañaba en silencio, sin soltarla ni un segundo. El pasillo hacia la unidad de cuidados intensivos estaba lleno de rostros conocidos: personal de confianza de la familia Del Monte, guardaespaldas, asistentes, y secretarios que murmuraban entre sí. El ambiente era tenso. Silencioso. Gris. Junto a la puerta, de pie, con la espalda recta pero el rostro visiblemente descompuesto por el llanto, estaba Renata Del Monte. En cuanto las vio acercarse, su cuerpo se tensó. Isabella soltó a Camila con suavidad y se adelantó hacia su madre. —¿Mam

