Entramos a la oficina de mi padre en total silencio. La invito a que tome asiento y con amabilidad niega con la cabeza mientras juega con sus dedos. —Soy todo oídos —le digo apoyándome en la parte delantera del escritorio—. ¿Por qué tienes esas ojeras? Parpadea varias veces y baja su cabeza avergonzada sin dejar sus dedos en paz. —Lo siento —susurra, frunzo mi ceño—, por lo de Mark —alza la cabeza y sus ojos están cristalizados—. Es mi culpa, si tú no me hubieses defendido, si tú no me hubieses conocido esto no estaría sucediendo. —¿Te arrepientes de haberme conocido? —me mira sorprendida—. ¿Es eso?, ¿te arrepientes de esto que tenemos? —nos señalo a ambos y empiezo a exasperarme. —¡No! —lágrimas de sus ojos empiezan a caer—. Solo que por mi culpa tu estas sufriendo. Si no me hubieses

