Pasó una semana completa antes que volviéramos a saber de mi familia. No habían atacado a nadie, tampoco habían hecho acto de presencia ante nosotros, incluso a sabiendas de que estábamos allí. ―¿Qué haremos? ―pregunté una tarde al grupo―. No aparecen, nadie sabe nada, ni siquiera sabemos dónde está su refugio. ―Tendremos que esperar ―respondió Max. ―No ―intervino Manuel―, ya ha pasado demasiado tiempo, no podemos seguir esperando. ―Entonces, ¿qué propones? ―interrogó Ray. ―Debemos buscarlos, si ellos no aparecen, lo haremos nosotros. ―¿Dónde? ―En su última dirección conocida. ―¿Qué? ―Me sorprendí, sé que no fui el único. ―Ellos vivían en la selva, a unos cuarenta kilómetros de aquí, por eso nos enviaron a este lugar. ―¿Más al interior? ―inquirí, ¿cómo era que vivían tan le

