2 | Me perteneces
Con un agarre fuerte en la cintura de aquella mujer a la que Kath no conocía, Michele la alejó de su cuerpo para luego volver el rostro hacia Kath cuando dijo:
—Esto debe ser una maldita broma.
Michele limpió las comisuras de sus labios. Su expresión era seria, incluso parecía molesto. Su respiración sonaba agitada y sus ojos parecían arrojar fuego.
Kath arqueó una ceja. Durante los segundos que estuvo frente a él, el hombre no dijo una sola palabra. No hubo una excusa, mucho menos una disculpa.
Kath esbozó una sonrisa cargada de ironía y dio media vuelta para regresar al interior del salón de fiestas con pasos apresurados. No le dolía que ese desconocido tuviera una aventura; sin embargo, se sentía humillada. Llevaba prometida con Michele Brown desde antes de su nacimiento, jamás se había presentado ante ella y, justo en su fiesta de cumpleaños, se mostraba con una mujer, besándola a plena luz del día, en un pasillo donde cualquiera pudo haberlos visto.
A juzgar por su acción, él tampoco deseaba ese matrimonio.
¿Por qué se casaba entonces?
¿Era tan grande su compromiso con el mandato de su padre?
¿O simplemente una esposa no era algo que le importara? Quizá pretendía seguir llevando una vida libertina, como le pareció a Kath.
Kath tomó una copa de champagne una vez que regresó al salón de fiestas. La removió un poco y la bebió por completo. Mientras el líquido recorría su garganta, por su mente pasó la escena de su prometido con otra mujer. No era algo que le importara en ese momento… hasta que pensó que quizá aquello podía ser una salida.
Sin decir una sola palabra a sus padres —que conversaban con su abuelo y con Lucian, sin la mínima idea de lo ocurrido—, Kath avanzó hasta la mesa de obsequios. Suspiró hondo, sintiendo un odio creciente hacia Michele Brown. Perdió algo de tiempo revisando los nombres en las tarjetas de cada regalo, observando las luces tenues que iluminaban el lugar y le daban ese toque sofisticado.
Kath bebió otra copa para calmar la ansiedad de gritarle a Michele Brown que se largara, pero de las tantas cosas que le había enseñado su padre, una de ellas era pensar con la cabeza fría. Kath no ganaría nada con reclamos absurdos; solo lograría mermar la paz de sus padres y, aun así, esa boda se llevaría a cabo, puesto que Michele era un mafioso y no había nada que ella pudiera hacer para cambiar su destino.
—Es hora de cortar el pastel —expresó la madre de Kath, acercándose a ella.
«Por supuesto, un pastel», pensó Kath, disimulando su enojo por lo sucedido.
Amplió una sonrisa forzada y caminó hasta la mesa central acompañada de su madre, donde había un enorme pastel con una vela encendida.
Los invitados comenzaron a rodearla. Los meseros entregaron una copa de champagne a cada persona para brindar por la cumpleañera. Kath no prestó atención a ninguno de ellos hasta que Michele Brown se colocó frente a ella, en compañía de su padre.
Esta vez se tomó el tiempo de detallarlo. Vestía completamente de n***o; su traje lucía impecable, costoso y hecho a la medida. En persona era incluso más apuesto que en las revistas. Michele iba custodiado por cuatro hombres que se mezclaron entre la multitud para pasar inadvertidos, mientras que Michael James observó a su hija y, sin más preámbulo, le presentó oficialmente a su prometido.
—Michele tuvo un imprevisto, por esa razón llegó tarde —expresó el padre de Kath, justificando la ausencia de ese hombre, mientras observaba con atención la expresión de su hija al conocerlo.
Michael James era un hombre de palabra. Le había prometido al antiguo líder de la mafia la mano de su hija; sin embargo, si percibía el más mínimo temor en el rostro de Kath, cancelaría todo y se atendría a las consecuencias.
Kath sonrió a su padre y bufó internamente por el absurdo pretexto de su retraso. No mostró miedo ni nerviosismo; simplemente alzó la mirada para encontrarse con la de él.
«El imprevisto estaba dentro de la boca de esa rubia, supongo», pensó.
—Es un placer verte por primera vez luego de tantos años, Katherine —espetó Michele Brown con cinismo, usando una voz gruesa y un maldito tono altivo, como si Kath no lo hubiese visto besando a aquella rubia.
Kath respiró hondo y mantuvo la compostura. Mostró una sonrisa a su prometido antes de responderle.
—El placer es mío, Michele, después de tanto tiempo, claro está —respondió con ironía.
Michele Brown ladeó una sonrisa ante su respuesta, gesto que irritó a Kath.
—He traído otro presente —avisó el hombre, que superaba el metro noventa y cinco de estatura, y retiró del interior de su saco una caja alargada. Dentro guardaba un collar elegante de oro, del que colgaba una pequeña piedra preciosa: un rubí.
Kath se giró, respiró hondo y retiró su cabello, dejando al descubierto la nuca para que Michele pudiera colocarlo. Él se situó detrás de ella, retiró el broche y ajustó el collar, rozando ligeramente su piel desnuda.
Una corriente eléctrica recorrió la espina dorsal de Kath y de inmediato se dio la vuelta, quedando nuevamente frente a él.
Los orbes grises de Kath se clavaron en los color esmeralda de ese hombre, sin inmutarse, sin sonrojarse. Simplemente lo observó, atenta, sin decir una palabra.
—¡Feliz cumpleaños! —gritaron los presentes entre aplausos, provocando que ambos desviaran la mirada.
Katherine recibió las felicitaciones, abrió algunos de los obsequios y conversó durante varios minutos con distintos invitados.
Michele, mientras tanto, se mostró serio. Parecía analizar el lugar al tiempo que la analizaba a ella. Los cuatro hombres que lo acompañaban permanecían alertas ante cada movimiento; algunos se mezclaban entre los invitados, dos vigilaban la puerta principal y otros tantos, la trasera.
Kath logró escapar del bullicio de la gente. Caminó hasta el balcón que brindaba una hermosa vista a otro de los grandes jardines y apoyó ambas manos sobre la baranda de concreto para inhalar el aire fresco.
—Pensé que jamás te soltarían —esbozó esa voz que había quedado grabada en la mente de Kath desde la llamada a su celular.
Kath se dio la vuelta y elevó el mentón para encontrarse con los ojos de Michele Brown. Era apuesto, demasiado, con una barba sutil, ligera y recortada, tan negra como su cabello, y una mirada gélida. Ese hombre era malditamente hermoso y también un completo cretino.
—¿Vienes a disculparte por lo que ocurrió en ese pasillo? —cuestionó Kath, mientras Michele mantenía aquel gesto serio.
—No tengo por qué disculparme. Lo que viste no es lo que parece —respondió Michele con simpleza, intentando conservar la compostura. Incluso Kath dudó de que ese hombre conociera el significado de la palabra disculpa.
—¿Estás diciendo que fui víctima de algún espejismo y que la lengua de esa mujer no estaba dentro de tu boca? —preguntó con ironía.
Las fosas nasales de Michele Brown se expandieron, igual que las de un toro furioso.
—Me refiero al contexto de ese beso —respondió, siendo interrumpido de inmediato por Kath.
—Da igual. No tienes que excusarte. Sé lo que vi y, en realidad, no me importa —manifestó, sin darle espacio para explicarse.
El ceño de Michele se frunció al escucharla, y lo hizo aún más cuando Kath le dejó claro que lo que él hiciera no era de su incumbencia.
—No hablas en serio —espetó Michele con incredulidad, convencido de que debía estar demasiado dolida para reaccionar de ese modo. Una mujer jamás actuaría así, menos tratándose de su prometido.
Kath lo observó sin parpadear ni balbucear. Estaba diciendo exactamente lo que pensaba.
—Ninguno siente algo por el otro. La única razón por la que estamos teniendo esta conversación es porque estamos cumpliendo el capricho de tu padre. Así que, si decides llevar una vida promiscua durante nuestro matrimonio, no me opondré. Pero a cambio, yo seré libre de hacer lo que me plazca y mantendrás a tus mujerzuelas lejos de donde yo esté —manifestó con seguridad, como si no estuviera hablando con el líder de la mafia.
Los puños de Michele se cerraron ante lo que consideró incoherencias, y, por supuesto, no tomó bien las palabras de su prometida.
—¿Deseas que nos casemos y que cada uno viva por su cuenta? —cuestionó con ironía.
Katherine asintió.
—Lo que dices no suena mal —espetó él, dando un paso hacia Kath. No estaba contemplando seriamente aquella posibilidad; simplemente se divertía con los disparates de su prometida—. Una esposa que haga la vista gorda mientras disfruto de la compañía de distintas mujeres —agregó, avanzando un paso más.
La arrinconó contra la gruesa baranda de concreto del balcón y colocó ambas manos a sus costados, convencido incluso de que Kath se había vuelto loca.
Katherine sintió el cuerpo de Michele demasiado cerca. Aspiró el aroma de su colonia; era un hombre enorme en comparación con ella, grande e imponente. Michele se inclinó ligeramente sobre la pequeña mujer que seguía pronunciando lo que él consideraba incoherencias.
Kath no se retractó; al contrario, sostuvo cada una de sus palabras. Para ella no sonaba descabellado permitir que el otro hiciera lo que quisiera. Era mejor que ser infelices en un matrimonio impuesto.
Michele sonrió de lado. Era un hombre territorial y posesivo, alguien que protegía lo que consideraba suyo, y para él Kath James le pertenecía desde el momento en que su padre impuso ese matrimonio.
Soltó una breve risa burlona. Kath había expuesto su punto, proponiendo una especie de acuerdo en el que no existiera una relación marital. Para cualquiera aquello podía sonar tentador, aunque para Michele no lo era.
—Pero te estás olvidando de un pequeño detalle, Kath —expresó, retirando una mano de la baranda para sujetarle la mandíbula, sin ejercer presión; solo quería que lo mirara a los ojos.
Acercó su rostro hasta quedar peligrosamente cerca. Kath sintió su respiración mezclarse con la suya; la sangre le hirvió ante esa cercanía, una ira contenida combinada con algo que no supo nombrar.
—Tú me perteneces.