36 | Samara Anderson El rostro de Gia palideció cuando observó a Michele de pie junto a ella; su respiración se cortó por un momento y él casi pudo escuchar el sonido de su garganta al tragar saliva. Eran más de las ocho treinta. Gia y Lucian habían quedado de verse fuera; sin embargo, ambos terminaron ingresando. Gia cerró los ojos por un breve segundo, comprendiendo que no previó encontrarse con Michele allí, pero ya era tarde: el líder de la mafia estaba frente a ella, escudriñándola con su mirada amedrentadora. —¿Qué demonios haces aquí? —preguntó Michele con gesto serio. Él era dueño de la mitad de ese lugar y, por supuesto, el ingreso de Gia no estaba permitido. Ella sintió que la saliva se atoraba en su garganta; trató de responder, pero las palabras no salían, no porque no p

