Ahora sí que pude huir. Pague por el chocolate que se me antojaba y me voy de aquel lugar. Sin embargo, antes de poder continuar caminando, dos hombres me sujetan con fuerza y me suben a un auto. Fue imposible gritar y pedir ayuda. Trato de forcejear para que me suelten, pero con mi enorme vientre era difícil. —¡Déjenme ir! ¡Auxilio! Gritar no servía de nada, porque nos alejamos muy rápido. Me asustaba al pensar por un instante que el auto podía volcarse en cualquier momento por la velocidad en la que íbamos. —Ya cállate si no quieres que te mate aquí mismo. Su voz sonaba tranquila, pero era demasiado fría y tenebrosa, por ello me callo e intento dialogar con ellos. —Por favor, déjenme ir y no diré nada. —No puedo. —Estoy embarazada, por favor... Los tres hombres que estaban en e

