—¡Idiota! Deja de decirme enana gruñona. —Alexa dio un paso atrás, cruzándose de brazos, sus ojos centelleando con una mezcla de frustración y diversión—. Y si quieres un puto baile, págale a una prostituta para que te lo haga. Henry, sin perder la sonrisa, se acercó un paso más, disfrutando de la chispa que había encendido en ella. —Oh, Alexa, fíjate que no me interesa buscar en otra persona lo que tengo en casa. Eres la persona más sexy y hermosa que he visto en mi vida. ¿Para qué buscar una de esas mujeres cuando tengo a mi sensual esposa que me la pone dura con solo mirarla? La lujuria en su voz era palpable, y aunque Alexa intentó mantener la compostura, el calor le subió a las mejillas. Aún así, hizo lo posible por no dejarse llevar. Se mordió el labio, desafiándolo con la mirada.

