La pareja subía en el Jeep de Daniels por la rústica y empinada carretera de arena y piedras. Todo a su alrededor era vegetación y montaña. Por muy despacio que el rubio condujera los cuerpos de los pasajeros no dejaban de saltar. —¡Detén el coche Daniels! Pide Amanda. Este frena en el acto preocupado de que su mujer se sintiera mal por tanto rebote. —¿Qué pasó? ¿Te duele algo? —No. Ella se gira hacia el sonriendo. —Ya no soporto más. —¿De qué hablas? La castaña monto su cuerpo sobre el de un rubio desconcertado. Colocándose a horcajadas sobre su regazo manteniéndolo prisionero. —¡Oye preciosa! Sonríe apoderándose de sus nalgas. —¿Sabes que estamos en medio de la vía? —Nadie nos viene a visitar, ¿Acaso tienes miedo? Este le sonríe de forma pícara con un brillo ardiente y oscuro en s

