10 años atrás
PVO Christine Carson
—Debe tener cuidado, señorita Chris. Su madre está enojada y su padre acaba de entrar a su habitación. Sospecho que algo ha pasado y por eso la llaman.
—Descuida, Leonor. ¿Qué podrían desear de mí en el momento más feliz de sus vidas? En unas horas Sofía se va a casar, será la señora Kingston y yo, al fin, tendré la paz que he deseado todos estos años. ¿No es genial?
Leonor, una de las sirvientas más antiguas, era de las pocas que sabía que yo era la bastarda de los Carson. Ni siquiera llevaba su apellido, pero eso nunca me importó.
—Buenos días, ¿me llamaban? —entré a la habitación de Sofía, donde aún estaba su vestido de novia, pero ella no aparecía por ningún lado.
—Pasa, Christine. Hay algo importante de lo que debemos hablar.
Moví un poco mis anteojos, expectante, pero lo que más me inquietaba era la mirada prejuiciosa de Eva, la esposa de papá.
—Te vas a casar con Emilien Kingston, y no admito quejas. No ahora, que nuestro apellido y reputación penden de un hilo.
¿Pero qué demonios acababa de escuchar?
—No sé, querido —replicó Eva con su veneno habitual—. No sé si Emilien acepte este cambio tan repentino de novia. Además, esta... —me miró con el mismo desprecio de siempre — ...no sé si esté a la altura para un evento como este.
—Descuida, Eva, eso es lo de menos. Hablaré con Emilien y lo convenceré, ya inventaré algo.
—¡Esperen! —alcé la voz al ver que ignoraban mi presencia—. ¿Dijeron que debo casarme con Emilien Kingston? ¿No es ese el novio de Sofía?
—Lo es —respondió papá con la misma frialdad de siempre.
—Entonces no entiendo. ¿Por qué debo casarme yo con el novio de Sofía? ¿Dónde está ella?
El silencio se hizo de nuevo. Todos miraban hacia otro lado, menos a mí.
—Padre, ¿dónde está Sofía? ¡Es ella quien debe casarse, no yo!
—¡Guarda silencio, mocosa horrible! —escupió Eva—. Deberías estar agradecida por el privilegio que te estamos dando.
No, no, esto debe ser una pesadilla.¡¿Privilegio?!
—Christine —intervino mi padre con voz severa—, si te casas con Emilien no será para siempre. Cuando encontremos a Sofía, buscaremos la forma de anular el matrimonio y tú seguirás con tu vida. ¿Doctora, no? Pues eso serás.
Me mordí el labio, confundida, molesta. Sabía que aunque me negara, no me darían opción. Siempre había sido sumisa, siempre aceptaba todo, y esta vez no sería diferente. Ellos lo sabían. Y lo peor es que yo apenas comenzaba mis estudios, así que ni siquiera podía darles la contraria o me votarían de casa y adiós a mi sueño.
—Iré a reunirme con Emilien cuanto antes para explicarle la situación. Eva, encárgate de que Christine se vea decente.
—Haré lo que pueda, querido, pero no esperes un milagro.
Apenas papá se fue, Eva comenzó a hacer llamadas: al estilista, al maquillador, al diseñador que debía ajustar el vestido, en fin. A diferencia de mí, Sofía tenía un cuerpo voluptuoso, pechos grandes y un trasero que yo, en secreto, envidiaba.
—¿Madre, qué está pasando? Papá salió rápido y se subió a su auto. ¿No iban a ir juntos a la boda? ¡Ay, Dios! ¡¿Chris?!
Lucía, mi hermanastra, la única que al menos me consideraba una persona, entra con expresión alarmada. A diferencia de Sofía, ella sí era amable.
—¿P-por qué estás tú con el vestido de Sofía? ¿Y dónde está mi madre?
No respondí. Los gestos de mi cara hablaban por si solos.
—¡Ya está listo! —anunció el diseñador tras casi una hora de ajustes—. Quedó perfecto. Usted sí tiene las medidas ideales para este vestido, no como la… digo…
—Adelante, dígalo, no como la rubia operada de mi hermana —intervino Lucía con tono burlón, cruzándose de brazos—.¿Nos puede dejar a solas?
El diseñador asintió y salió.
—No me preguntes qué pasa, porque ni yo misma lo sé, Lucía. Tu madre solo me dió la orden de casarme con el prometido de Sofía y ya.
—¡¿Qué cosa?!
—Sí. Así estaba yo cuando me lo dijeron, sin anestesia. —Bajé del podio y me miré en el espejo. El vestido era realmente hermoso, ceñido a mis curvas, pero había algo que no encajaba, mi rostro.
Si me casara por amor, con el hombre de mi vida, en este momento sonreiría, pero no era así.
—¿Y Sofía? ¿Dónde está? ¡¿Qué pasó?!
Negué con la cabeza. Lucía se acercó por detrás y observó mi reflejo con ternura.
—¡Santo Dios!, sin lentes y sin ese moño te ves distinta, Chris. Apuesto a que si te pusieras la ropa que usa Sofía te verías más hermosa. Le quitarías a más de un caballero que babea por ella. Eso te lo aseguro.
Pero yo no quería quitarle nada. Solo quería seguir mis estudios y casarme con un hombre al que apenas conocía, era renunciar a todo.
—Así que aquí estás, Lucía. —La bruja mayor entró con su sonrisa torcida.
—Mamá, ¿dónde está Sofía? ¡La que tiene que casarse es Sofía, no Christine!
—Hija, deja de meterte donde no te llaman y vuelve a tu habitación a terminar de arreglarte. En treinta minutos debemos estar subiendo al auto.
—¡Pero mamá! ¿Dónde está Sofía? ¡Respóndeme! —insistió. Yo también lo quería saber, pero si yo pregunto sé que no obtendría respuesta de su parte.
—Qué más quisiera yo saber dónde está esa malagradecida —escupió Eva—. Pero ya verá cuando la encuentre. Haré que pague por lo que nos está obligando a hacer.
—¿Y casar a Chris es lo correcto? ¿Al menos Emilien sabe que Sofía no se va a presentar?
Mi madrastra sonrió, y luego me lanzó su mirada de desprecio.
—Ya lo sabe, y aceptó casarse con Christine.
Lucía me miró incrédula. Yo estaba petrificada por esas palabras que significaba, “Adios estudios"
—Tu padre me lo comunicó hace un momento. Tenemos treinta minutos para llegar a la iglesia. No perdamos tiempo. —Chasqueó los dedos y entró el estilista—. Haga que se vea decente.
—Como ordene, señora Carson.
Lucía salió refunfuñando, con su madre detrás, mientras yo me hundía en un futuro incierto que no quería. Un destino que nunca debí permitir que me impusieran.
No iba a ser solo la esposa de Emilien Kingston hasta que encontraran a Sofía. No. La realidad era otra, muy distinta: Emilien había impuesto un absurdo acuerdo prenupcial para poder casarse conmigo. Callar a los Carson y no perder el orgullo de unir a su familia con la nuestra tenía un precio.
Como siempre, mi opinión no importaba. Yo solo debía asentir. Y ese fue mi mayor error.
---C&E---
Tiempo actual.
—¿Así que estar casada con él por diez años era lo que ese maldito te impuso en el acuerdo prenupcial? Muy caballeroso el hijo de puta, ¿no te parece?
—Mercedes, por favor, ¿a qué viniste a mi apartamento?
—Vine a saber cómo te fue con ese angelito. ¿Vas a poder salvarlo?
—Aún están haciendo los análisis. Es muy temprano para decir algo. ¿A qué más viniste? Porque dudo que esa carpeta tenga que ver con el caso de mi pacientito. ¿O me equivoco?
Su sonrisa la delata, estoy en lo cierto.
—Siempre tan observadora, Chris. Pues no. —Me tendió la carpeta—. Es algo que has querido desde hace mucho y ahora que estamos en Nueva York pensé que podrías cumplir ese deseo. Soy tu amiga, además de abogada. No me des las gracias.
Abro la carpeta y leo el título.
“Acta de divorcio”
No lo creo.
—¿Y bien? ¿Lista para volver a ver a tu apuesto esposo después de diez años, Christine?
—No. La verdad es que no. —Arrojé el folder y me quité el saco—. Siempre creí que él debía anular esa absurda boda, no yo.
—Pues ya han pasado diez años y no lo ha hecho, cielo. Imagínate que encuentres al amor de tu vida y él te pida matrimonio. No vas a poder, Chris. Todo porque sigues unida a ese dios griego que está mejor que mi ex.
—Si quieres te lo presento, a ver si te da la oportunidad. Quién sabe, quizá ya se aburrió de Sofía.
—Ay, no ¿de veras está tan bien usado?
—Eso escuché antes de casarme con él. Supongo que el hábito de mujeriego es algo que no se quita.
Además de frío, cruel y egoísta.
—¡Bah! Bueno, al menos quiero conocerlo en persona, y no solo por revistas.
—¡¿Lo sigues por revistas, Mercedes?! —me hice la ofendida—. Sabes que es mi enemigo.
—Ay, por favor, Chris. Soy abogada. Es mi deber observar a mis posibles clientes, a respetados CEOs de este país.
—Ajá, te creo.—Me crucé de brazos—. ¿Y cuál es tu plan? Porque no creo que solo hayas redactado mi divorcio.
—Ay, no, querida. Ya solicité una reunión con tu esposo para mañana temprano.
Lo sabía. Eso de acompañarme nunca fue sincero del todo.
—Así que ahora vamos a elegir un vestido despampanante que resalte esas curvas de infarto que te manejas, Christine —dijo Mercedes, yendo directo al ropero a revolver entre mis cosas.
—Pierdes tu tiempo. Solo traje un vestido, y fue por si acaso.
—¡Este, este es el indicado, Chris! —exclamó, sacando un vestido que definitivamente no era mío. O al menos eso creía, hasta que lo recordé.
—¿Cómo es que ese vestido está en mi clóset?
—Cielo, sabía que esto pasaría. Así que le pedí a Wilson que alistara tu vestido sección Femme Fatale. Ahora, póntelo.
A veces creo que Meche quiere matarme de un infarto con sus ideas locas. ¿Ir a ver a Emilian después de diez años? No, eso definitivamente no estaba en mis planes.
—No digo yo, tú hiciste un pacto con el diablo para tener ese cuerpo después de dar a luz.
—Dieta, ejercicio, estudiar. Esas cosas.
Mercedes rodó los ojos y se acercó para darme la vuelta. El vestido rojo se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel. Terminaba unos centímetros por encima de la rodilla, con una abertura lateral y un escote que resaltaba mis pechos. Desde el nacimiento de mis pequeños habían crecido, y hasta hoy se mantenían así.
—Y con estos tacones blancos y quitándote este horrible moño. —Me soltó la liga del cabello, dejando que mis mechones lacios cayeran por mi espalda—. ¡Ves! Así sí vas a romper ojos, cielo. Que ese estúpido dios de los Kingston vea lo que se perdió por diez años, por elegir a la bruta hueca de Sofía.
—¿Estúpido dios griego de los Kingston? Esa es nueva.
Mi amiga suelta una carcajada que retumbó por todo el apartamento.
—Ay, vamos, mi chiquita. Al menos, si vas a ver por última vez a tu esposo, que te vea como una diosa del Olimpo.
—Creo que ya entendí tu punto, Meche, pero no, no iré a verlo. Esperaré a que él envíe los papeles.
—Ya venció el acuerdo y nada de nada. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir casada, atada a él, eh? ¿Un año más?
Tenía razón. Quizá no volviera a estar en Nueva York nunca más. Pero la idea de verlo feliz con Sofía me revolvía el estómago.
¿Y si no le doy el divorcio? ¡No estúpida! ¿Que estás pensando?
—De acuerdo —cedí—Pero será algo rápido. Tú, como mi abogada, harás que firme. Yo solo iré a decirle adiós. Aunque no debería ir.
—Tranquila, será en su despacho. Así no verás a tu hermanastra. —Lo dijo con burla—. Tú solo encárgate de ponerte linda, mi ciela. Ahora, a dormir.
Y eso hice. Pero a pesar de los años, aún me era imposible sacarme a Emilian de la cabeza: su imponente presencia, su mirada fría pero penetrante, ese cuerpo… El único que me había tocado, el único que me hizo ver las estrellas.
Me gustaría odiarte, Emilian. Pero no sé qué sentiré al verte después de tanto tiempo.
La mañana llegó y con ella la pesadilla. Meche y yo estábamos frente al imponente edificio del conglomerado Kingston. En nuestro auto, no iba a salir así, hacia mucho frío.
—No, mejor entra tú. Es tu idea, y no es necesario que yo esté presente. Solo di que vienes de mi parte y ya, Mercedes. —Me crucé de brazos, negándome a bajar.
—Ni lo sueñes, Chris. Te conseguí el acta de divorcio que tanto deseabas desde hace años. Vamos, no seas cobarde.
Y como siempre, fui débil. Permití que me jalara del auto.
—Parezco lista para una fiesta, no para una reunión de divorcio.
—Es lo prudente, Chris. Y si quieres mi opinión, Wilson eligió el vestido perfecto.
—Ajá, claro.
Avanzamos. Yo temblando de nervios, ella campante. Mientras hablaba en recepción, yo aproveché para mirar alrededor. Solo había venido una vez, y eso, porque me ví obligada. Ah, y fue también aquí donde obtuve la primera prueba de su infidelidad. Irónico: también sería la última vez que lo vería.
—Disculpe —una voz masculina me llamó. Giré y encontré una sonrisa varonil, hombros anchos, ojos verdes profundos, tan familiares.-¿Hay algo en lo que pueda ayudarle bella dama?
—¿Dogan? ¿E-eres tú?
Él me analizó de arriba abajo, sin borrar su sonrisa.
—¿La conozco?
—¡Por supuesto! No puedo creer que no me reconozcas, Dogan. ¿Acaso cambié tanto en diez años? —Su sonrisa se va desvaneciendo—. Soy yo, Chris. Tu cuñada, bueno, tu futura ex cuñada.
—¿C-Chris? ¡No puede ser! —me recorrió incrédulo, con la boca entreabierta.
—Esa misma soy.
—Chris, chiquita, ya está listo. Tu esposo nos aguarda —la voz de Mercedes interrumpió. Se detuvo al notar a Dogan—. ¿Y quién es?
—Es cierto, Mercedes. Él es Dogan Kingston, mi cuñado. Dogan, ella es Mercedes, mi abogada. Vinimos a ver a Emilian.
—¡Ah! ¡¿A Emilian?! ¿Estás bromeando cierto?
—No, cielo —intervino Mercedes con apuro—. Como ya se saludaron, nosotras nos retiramos. Vamos, Christine.
Mi amiga me arrastra hasta el ascensor sin ni siquiera despedirme, momento que Dogan reacciona e intenta alcanzarme pero fue tarde; las puertas se cerraron y ahora vamos al último piso, dónde está mi esposo.
—Miénteme diciendo que ese papacito no es hermano del desgraciado de tu esposo.
—Lo es, pero es todo lo contrario a Emilian, él si es amable y gentil.
—¡Te dije que me mintieras!.-Dios, esta mujer.-¡Ese chico es guapísimo!. Si así está el hermano, no quiero imaginar al líder de la familia.
—Mercedes, por Dios, eres mi abogada.
—Y tu amiga. Ya es hora de que te liberes de ese hombre que te ató diez años a la soledad. Por cierto, ¿por qué puso esa condición si te odiaba? No tiene sentido.
—Ni me lo digas. Al principio estaba tan sorprendida como tú, pero después de analizarlo ví que tenía muchos beneficios, entre ellos, me daba la oportunidad de estudiar con todos los gastos pagados.
—Claro, buen punto. Ser doctora no es barato. Él te ofreció tu futuro en bandeja de plata, lejos de las arpías Carson.
El ascensor se abrió, y el miedo comenzó a hacerse presente. No estaba lista para volver a verlo.
—Buenos días, tenemos reunión con el señor Kingston. Dígale que la señorita Christine está aquí.
—¿Christine? —la recepcionista me miró raro. Él no me conocía con mi apellido actual.
—Solo dígale que vino a verlo su esposa. Él entenderá.
—¿E-esposa? —Mercedes rodó los ojos.
—Sí, señorita. Su esposa está aquí. ¿Por qué? ¿Acaso no es normal que una esposa visite a su marido?
—B-bueno, es que hace un momento vino otra mujer diciendo ser su esposa y el señor Kingston no permitió su ingreso.
Mercedes me miró arqueando una ceja. ¿Cuántas más tenía este mujeriego?
—Pues dígale que la verdadera está aquí.
La secretaria tragó saliva y llamó. Yo traté de huir de puntillas.
—¿A dónde crees que vas? —Mercedes me atrapó del brazo.
—Tengo turno en una hora en el hospital. No debería estar aquí, y menos vestida así.
—Pues te aguantas.
—Señorita Christine, el señor desea que pase. Pero solo usted.
—¡¿Qué?! Fue mi abogada quien pidió la cita, así que debo entrar con ella.
—Jijiji.-Esa risita no me gusta.-Bueno, no exactamente. Él en verdad solo espera la visita de su esposita.
—¡¿Mercedes Salazar?! ¡¿Usaste mi nombre para conseguir una cita con mi marido?!
—Jiji…
De nuevo esa risita. Ya no sé porque ni me molesto. Me llevo una mano a la sien y la masajeo ¿Y ahora qué hago? Ya he llegado muy lejos, el vestido me incomoda, no va con mi estilo y unos tacones que me apretaba hasta el alma, apuesto que ya debo tener al menos un callo.
_Dame eso -Le quito el folder de las manos a Mercedes y camino decidida hacia la oficina de Emilien Kingston.
Conozco el despacho, el mismo aire imponente y colores que van con su personalidad.Una vez estuve aquí y no creo que haya cambiado la ubicación de su escritorio, más le vale.
Abro la puerta, entro con la espalda erguida y mi caminar seguro, aunque por dentro temblaba como gelatina en terremoto.
Ahí estaba. Levanta su hermoso rostro y me observa en silencio pero con detenimiento. Yo por supuesto, no detengo mi andar.
—¿Quién eres? —preguntó con desdén. Y encima grosero.
Llego hasta su escritorio y le lanzo el folder frente a él.
—Quiero el divorcio, Emilian Kingston. Y lo quiero ahora.