Sentimientos
Cuando el emperador terminó, Leocadia le extendió la mano hacia la de su esposo que sostenía el paño, el agua desplazándose ligeramente con su peso. Se acomodó con el rostro cerca del de Kaelion, quien lo observó con curiosidad.
- Tu turno - le dijo ella, tomando el jabón que estaba a su alcance.
Kaelion arqueó una ceja, un destello de humor iluminando sus ojos, pero no dijo nada. Simplemente se inclinó hacia atrás apoyando la espalda en la bañera, permitiéndole a ella tomar la iniciativa.
Leocadia mojó sus manos y comenzó a lavar su cabello, sus dedos masajeando con delicadeza el cuero cabelludo de Kaelion arrodillada frente a él entre sus piernas. Él cerró los ojos, soltando un suspiro largo y relajado. No era algo que hubiera experimentado antes, al menos no con esta intimidad, esta confianza absoluta.
- Estás tensando los hombros - comentó ella en un murmullo, riendo suavemente.
- ¿Cómo no hacerlo, con todo lo que ocurre? - replicó Kaelion, pero el tono de su voz era más liviano que antes.
- Pues deja que yo me ocupe de eso - dijo Leocadia, hundiendo sus dedos más profundamente, moviéndolos con firmeza, pero cuidado.
- ¿Vas a ir a trabajar en mi lugar?
-Si es necesario…- Kael rio – Rovik dice que estoy hablando como tú.
- ¿Y eso que significa?
-Supongo que me estoy volviendo descarada.
-Vaya…- dijo riendo, acercándola a su cuerpo para acariciarla. - Quiero verlo.
El tiempo pareció detenerse mientras compartían aquel momento. La cercanía, la desnudez de sus cuerpos, no era algo carnal en ese instante, sino una muestra de la confianza que había crecido entre ellos. Ninguno de los dos sentía la necesidad de hablar mucho; el sonido del agua y los ocasionales suspiros relajados de Kaelion llenaban el espacio.
Cuando terminó, Kaelion abrió los ojos y tomó la mano de Leocadia, llevándosela a los labios para besarla con suavidad.
- Debería bañarme contigo más seguido - comentó, su tono ligero, pero con un dejo de sinceridad en sus palabras.
- Podrías empezar por no preocuparte tanto - replicó ella, con una sonrisa que desafiaba sus palabras.
Kaelion rio por lo bajo, un sonido que resonó cálido en el baño.
- Lo intentaré… pero no prometo mucho. Te quiero a salvo. - dijo y con un movimiento rápido, la rodeó con sus brazos bajo el agua, sentándola sobre él.
Leocadia no resistió, descansando su frente contra su hombro, mientras el agua los envolvía a ambos. En aquel momento, eran simplemente Kael y Leo, sin tronos, ni intrigas, ni amenazas.
Y con una sonrisa suave, la penetró para demostrar cuanto significaba para él.
Reconociendo Sentimientos
La habitación estaba sumida en una penumbra serena, iluminada solo por el tenue brillo de las brasas en la chimenea. Kaelion abrió los ojos, el sueño abandonándolo rápidamente mientras la sensación de inquietud lo mantenía alerta. El cansancio físico no era suficiente para calmar la tormenta en su mente.
A su lado, Leocadia dormía profundamente, su respiración era un ritmo constante y calmado, como un bálsamo para el caos que él sentía. Kaelion la observó en silencio, notando cómo la luz débil acariciaba las líneas suaves de su rostro, su semblante tranquilo como si nada en el mundo pudiera perturbarla.
Con cuidado, temiendo despertarla, se giró hacia ella, deslizando un brazo alrededor de su cintura para atraerla más cerca. Su cuerpo desnudo respondía al suyo de manera natural, buscando refugio incluso en el sueño. Kaelion apoyó su mentón en la parte superior de su cabeza, dejando que su aliento cálido rozara su cabello.
Depositó un beso suave en su coronilla, el gesto lleno de una ternura que rara vez permitía mostrarse. Sin embargo, en aquella intimidad, no había máscaras ni títulos, solo el hombre y la mujer que compartían la misma cama y el mismo destino.
Pero su mente no estaba en calma. Kaelion, como emperador, estaba acostumbrado a la política, la intriga y a mantener el control sobre cualquier situación. Su vida ha sido una sucesión de batallas físicas, mentales y políticas, lo que lo había moldeado en un hombre fuerte, calculador y con una gran habilidad para leer a las personas y situaciones. Sin embargo, la magia de Leocadia, un poder tan íntimo y visceral, es algo que nunca había experimentado, ni siquiera en su propio círculo cercano, donde la magia es común y, a menudo, temida como su propia aura.
El recuerdo de Leocadia rodeada por aquel resplandor sanador, sus manos brillando mientras lo salvaba, seguía vivo en su memoria. La experiencia compartida de esa magia le recordó que la magia no es algo que pueda controlar completamente y la sensación de que ella es capaz de cosas que ni él mismo comprende podría hacerle cuestionar cuánto control real tiene sobre su destino o el de ella. Nunca había visto algo tan poderoso, tan puro, pero también tan vulnerable. Ella no sabía el alcance de su habilidad, ni el peso de lo que significaba para su linaje y para aquellos que podrían buscar aprovecharlo. La vulnerabilidad que Kaelion sintió al ser salvado por Leocadia se convirtió en una forma de admiración. A pesar de su delicadeza como mujer, es más fuerte de lo que parecía y esto lo atraía a ella aún más, no solo física, sino emocional e intelectualmente, ya que su habilidad se ha revelado como una manifestación de su fuerza interna.
Y entonces, estaba lo otro. La confesión de sus sentimientos, dicho en un momento de desesperación y deseo. No podía negar que algo en él había cambiado profundamente. No era solo deseo, ni simple lealtad. Era algo más visceral, algo que lo aterraba tanto como lo fortalecía.
Kaelion se apartó ligeramente para mirarla de nuevo, una línea de preocupación surcando su rostro. Leocadia no era simplemente su esposa por alianza; se había convertido en el centro de su mundo de una forma que él jamás había permitido a nadie. La intensidad de esa conexión lo desbordaba, pero no podía dar marcha atrás.
Acarició con cuidado un mechón de cabello que había caído sobre su rostro, apartándolo con delicadeza.
- No permitiré que nadie te toque, Leo… nadie, - susurró en voz baja, como una promesa que solo ella, en su sueño, podía escuchar.
Se recostó de nuevo, abrazándola con fuerza contra su pecho, buscando refugio en su calor mientras su mente seguía trabajando, trazando estrategias para protegerla. Aunque Kaelion era un hombre acostumbrado a manejar la incertidumbre y el peligro, aquella noche no podía deshacerse del nudo en su pecho.
Quizá era porque, por primera vez en mucho tiempo, no solo tenía algo que perder… tenía algo que realmente deseaba mantener a su lado.
Kaelion cerró los ojos, pero el sueño no volvía a él. El suave ritmo de la respiración de Leocadia a su lado lo anclaba, pero su mente no dejaba de girar en círculos alrededor de una sola pregunta: ¿Qué significa esto entre nosotros?
La relación con su esposa se estaba profundizando de maneras que él no había anticipado ni planeado. La conexión entre ellos ya no era simplemente política o estratégica; era algo más, algo que había empezado como respeto y atracción, pero que ahora desbordaba esos límites con una intensidad que lo perturbaba.
El recuerdo de Leocadia cabalgando hacia él, sin pensar en su propia seguridad, era como un eco insistente en su mente. Ella había arriesgado todo por él, desobedeciendo cualquier orden, ignorando cualquier peligro. Y luego, su poder… Esa habilidad sanadora tan pura y ancestral había despertado no por casualidad, sino por el miedo a perderlo.
Kaelion no podía negar lo que eso significaba. No era indiferente para ella, y eso lo inquietaba más de lo que quería admitir.
Se removió ligeramente en la cama, apoyando su frente contra la suave curva de su cabello. La intensidad de su cercanía era casi dolorosa en su profundidad. ¿Pero era amor? Pensar en esa palabra hacía que su mente se rebelara. Sabía que la deseaba, eso era innegable. La quería con una fuerza que iba más allá de lo físico, pero el amor… ¿Era eso lo que estaba sintiendo?
Ella nunca lo había dicho con palabras. Sus acciones hablaban por sí mismas, pero nunca había pronunciado esas palabras que podrían cambiarlo todo.
Y entonces estaba él. ¿Podría siquiera permitirse amar a alguien como ella? Su vida estaba tejida con intrigas, deberes y traiciones, un campo de batalla donde el amor no tenía cabida. Pero ahí estaba ella, rompiendo cada barrera que él había levantado con cuidado a lo largo de los años.
Un suspiro pesado escapó de sus labios mientras la abrazaba más fuerte, como si pudiera encontrar respuestas en el calor de su cuerpo contra el suyo.
- Leo… - susurró, su voz cargada de una mezcla de ternura y confusión.
Ella murmuró algo inaudible en sueños y se acurrucó más cerca de él, como si su instinto le dijera que él la necesitaba en ese momento más que nunca.
Kaelion sabía que tendría que enfrentar lo que sentía, que no podría esconderse de ello para siempre, pero no era un hombre que tomara decisiones a la ligera, especialmente cuando algo tan crucial estaba en juego. Si era amor lo que sentía, tendría que meditarlo. Porque amar a Leocadia significaba más que desearla o protegerla; significaba entregar una parte de sí mismo que nunca había dado a nadie.
Si le expresaba lo que sentía, el trato que le había ofrecido perdería validez. El le dijo que no quería nada a cambio de ayudarla en su venganza, pero cada día que había pasado con ella y luego, cuando la hizo suya, el deber y el deseo se mezclaron en una línea difusa. Quería ayudarla a lograr su venganza, así como también la deseaba y la quería a su lado ¿Sería capaz de dejarla ir si ella decidía marcharse después de que todo terminara? Con el corazón, no. No podría y no quería. Ella se había metido en sus pensamientos, en sus palabras y en su cuerpo tanto como el aire para poder vivir.
No quería ser como su padre, usando a su esposa solo para producir un heredero, pero sin considerarla su igual. El daño que le provocó fue tan profundo que en cuanto su madre supo que lo esperaba, se mudó a un palacio externo y jamás volvió a pisar el palacio principal ni hablar con su esposo después del parto. Una vez que él nació, ambos, que antes solo se trataban por aspectos políticos se convirtieron en extraños ¿Podría hacerle eso a la mujer que dormía entre sus brazos? Definitivamente no y menos a un hijo de ambos.
Pero qué hacer, no podía retractarse de sus palabras y menos mentir. Por ahora, no tenía las respuestas, pero mientras ella estuviera en sus brazos, él se permitiría unos instantes más para cuestionar, para sentir, para intentar comprender lo que su relación significaba realmente.
Iba a dejar avanzar la relación y confiar en su esposa.