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1381 Palabras
Baile Sensual El sol de la tarde iluminaba los aposentos imperiales mientras Kaelion ajustaba los últimos detalles de su atuendo frente a un espejo de cuerpo entero. Vestía un chaleco n***o bordado con hilos dorados y una capa que caía con elegancia sobre sus hombros, pero su expresión estaba absorta, como si su mente estuviera lejos de los protocolos y la ceremonia que lo esperaban. La puerta se abrió suavemente y Rovik entró, cerrándola detrás de sí. Había algo en su postura, una rigidez que no solía mostrar y eso bastó para captar la atención de Kaelion. - ¿Qué pasa? - preguntó Kaelion sin apartar la vista del espejo, pero con un tono que dejaba claro que esperaba una respuesta inmediata. Rovik avanzó un par de pasos, luego se detuvo, buscando las palabras adecuadas. - Ha habido... un incidente, - comenzó, manteniendo un tono cauteloso. Kaelion se giró lentamente, su mirada fija en Rovik, ahora completamente enfocado en lo que estaba a punto de escuchar. - Habla, Rovik. No tengo paciencia para rodeos. El escolta respiró hondo antes de continuar. - La princesa tuvo un encuentro con Catherine Pardo cerca de la biblioteca. Fue intencionalmente empujada y humillada frente a varios testigos, incluida la condesa Transa y Edward. Catherine se burló de ella y Edward tomó partido por su amante. El cambio en Kaelion fue inmediato. Su rostro, ya marcado por una presencia imponente, se endureció aún más. Sus ojos grises brillaron con una intensidad peligrosa, y sus manos se cerraron en puños a los costados. - ¿Se atrevieron a tocarla? - su voz era baja, pero cada palabra estaba cargada de una furia contenida que prometía consecuencias. - No físicamente, - respondió Rovik, manteniendo la calma, aunque no apartó la mirada de Kaelion - Fue Catherine quien la empujó, pero la princesa manejó la situación con dignidad. Respondió con inteligencia y no permitió que la vieran vulnerable. Kaelion dio un paso hacia Rovik, su voz volviéndose más intensa. - Eso no cambia nada. Catherine y Edward la humillaron. En mi palacio. Frente a testigos. Rovik alzó una mano, su tono firme pero respetuoso. - Kaelion, sé lo que estás pensando, pero escucha. La princesa no es la misma mujer que trajiste aquí. Ha estado preparándose, aprendiendo. Hoy enfrentó esa situación como una emperatriz y no como la joven asustada que llegó hace semanas. Si intervienes ahora, podrías socavar lo que está construyendo. Kaelion lo miró fijamente, su mente procesando las palabras de Rovik. Había una lucha interna en su mirada, un conflicto entre su instinto protector y la lógica que sabía que debía prevalecer. - ¿Confías en ella? - preguntó Kaelion finalmente, su voz aún tensa. Rovik asintió sin dudar. - Sí. Pero ella también necesita saber que confías en ella. Este es su camino tanto como el tuyo y si siempre la proteges, nunca podrá demostrar lo que es capaz de hacer. Kaelion dejó escapar un suspiro lento, pero su furia aún no desaparecía por completo. - Catherine y Edward pagarán por esto, Rovik. No ahora, pero lo harán. - Estoy seguro de ello, - respondió Rovik con una leve sonrisa - Pero dale a la princesa la oportunidad de elegir cómo manejarlo. Te sorprendería lo que puede hacer con un poco de espacio para crecer. Kaelion volvió a girarse hacia el espejo, ajustándose la capa mientras su mente seguía trabajando. Finalmente, habló, su tono más controlado, pero aún cargado de resolución. - Envía un mensaje a los sirvientes: nadie más entra a los jardines o las áreas privadas del palacio sin mi autorización. Todos los nobles sólo llegarán hasta el salón de audiencias, no los quiero deambulando por los corredores, menos a los Transa o esa plebeya. Y asegúrate de que Leocadia esté escoltada en todo momento. Si Catherine o Edward vuelven a cruzarse con ella, quiero saberlo antes de que den el primer paso. Si alguien pregunta, sólo dile que estamos sacando ratas del palacio. Rovik inclinó ligeramente la cabeza. - Así se hará. Kaelion lo miró una vez más, una chispa de orgullo asomándose en su mirada. - Leocadia es más fuerte de lo que pensé. Pero si alguna vez dudan de su fuerza, quiero que recuerden de quién es esposa. Rovik sonrió, aunque sabía que el mensaje no era para él, sino para todos los que osaran subestimar a la princesa. Luego salió de la habitación, dejando a Kaelion con sus pensamientos y una nueva determinación para apoyar a Leocadia en su camino, incluso si eso significaba contenerse por ahora. Presentando a la Emperatriz El salón del trono estaba lleno. Nobles de todas las provincias del Imperio se habían reunido para la recepción previa a la coronación, un evento cargado de protocolo, política y, sobre todo, rivalidades cuidadosamente ocultas. La sala resplandecía con candelabros de cristal y decoraciones doradas, mientras los asistentes se movían en círculos, susurrando y observando con atención cada entrada y movimiento. Las enormes puertas de madera tallada se abrieron con un estruendo y Kaelion Verithar, el emperador, entró con paso decidido, su capa negra ondeando detrás de él. A su lado, Leocadia, vestida con un majestuoso vestido de tonos dorados y blanco perlado, caminaba con la cabeza en alto, una imagen de elegancia y autoridad. La sala quedó en completo silencio mientras ambos avanzaban hacia el centro. Kaelion no se detuvo ni una sola vez, su mirada fría recorriendo a los presentes como si evaluara sus lealtades y debilidades con un simple vistazo. Cuando llegaron a la plataforma donde se encontraba el trono, Kaelion se giró hacia la multitud. Su sonrisa era apenas perceptible, pero estaba cargada de descaro. - Espero que estén disfrutando de la hospitalidad imperial, - dijo, su voz resonando en cada rincón del salón - Pero antes de que la noche avance, hay algo que quiero dejar claro. Los murmullos se reanudaron brevemente, pero Kaelion alzó una mano, silenciándolos de inmediato. - Frente a ustedes está mi esposa, la princesa de Glen, emperatriz del Imperio Celeste. El anuncio, aunque esperado, todavía provocó reacciones divididas. Algunos nobles inclinaron la cabeza en señal de respeto, mientras otros intercambiaron miradas de duda o desprecio apenas disimulado. Kaelion lo notó todo y su sonrisa se amplió ligeramente. - Sé que hay rumores - continuó, su tono tomando un matiz de burla - Rumores sobre su pasado, sobre su lugar aquí. Algunos incluso cuestionan mi decisión de traerla al palacio. Sus ojos se posaron deliberadamente sobre Edward Transa y Catherine Pardo, quienes estaban en una esquina del salón, intentando mantenerse fuera del foco de atención. - Permítanme disipar esas dudas - dijo Kaelion, avanzando un paso y extendiendo una mano hacia Leocadia, quien se mantuvo firme a su lado. - Leocadia no solo es mi consorte. Es mi aliada, mi igual y la futura madre de mi linaje. El silencio se volvió aún más pesado y algunos nobles no pudieron ocultar su sorpresa. Catherine, especialmente, frunció el ceño, mientras Edward apretaba los labios, claramente conteniendo su rabia. Kaelion, notando las reacciones, añadió con descaro: - Así que, si alguno de ustedes tiene algo que decir sobre su lugar aquí, los invito a hacerlo ahora, pero les advierto: cuestionarla es cuestionarme a mí. El desafío en su voz era innegable y nadie se atrevió a aceptar su invitación. Después de unos segundos de tensión, Kaelion esbozó una sonrisa satisfecha. - Perfecto. Entonces, brindemos por el Imperio y por la emperatriz que, les aseguro, será una fuerza que todos aprenderán a respetar. Un aplauso forzado recorrió la sala mientras los sirvientes comenzaban a repartir copas de vino. Kaelion se inclinó hacia Leocadia, su voz un murmullo que solo ella pudo escuchar. - ¿Demasiado descarado? Leocadia, aún manteniendo su expresión serena, respondió en un tono igualmente bajo: - Bastante. Pero efectivo. Kaelion sonrió con un destello de diversión en sus ojos antes de volverse nuevamente hacia los nobles. - Ahora, disfruten de la velada, pero recuerden: siempre estoy observando. Con esas palabras, Kaelion tomó la mano de Leocadia y la condujo hacia el centro del salón, asegurándose de que cada mirada estuviera fija en ellos mientras comenzaba oficialmente la recepción. La pareja imperial había dejado claro que no había espacio para cuestionamientos y el mensaje resonaba en cada rincón del salón.
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